El síndrome de “lo paso como me llegó”

El síndrome de “lo paso como me llegó”

En una ocasión caminaba con un par de amigas y, atravesando la plaza Bolívar de Chacao, vimos a un niño intentando subir una rampa en una bicicleta haciendo un esfuerzo que lo superaba. Cada vez que, tras tortuosos avances, quedaba sin aliento a mitad de rampa, la bicicleta retrocedía lo poco que había avanzado, lo cual lo desesperaba y hacía que renovara su empeño. Ese loop sin sentido en el que estaba inmerso producía, hay que decirlo, un efecto gracioso. Una de mis amigas comentó que si hubiese sido hijo de ella, lo hubiese grabado y subido a Youtube y ya estuviese ganando dinero.

Era una broma, claro, pero una broma que tiene, como suele suceder, su fondo serio. La instantaneidad de las comunicaciones, la avidez por pasar el tiempo con espectáculos que exijan un mínimo de esfuerzo y la obsesión (y la facilidad para ello) por alcanzar la notoriedad, así sea efímera, impulsa a millones de personas a invadir youtube con videos personales que no deberían tener un interés que supere al ámbito privado. Pero, lo curioso es que siempre consiguen espectadores.
Pensemos en una nación bajo un poder totalitario y corrupto que, por un lado, ha concentrado sus esfuerzos represivos en impedir que se difundan las noticias, y por otro lado, ese poder se ha vuelto carente de todo sentido de autoridad. Para potenciar todo esto, pongamos como marco una sociedad global frívola y ávida de curiosidades. El resultado es que ese afán por consumir imágenes y videos que obsesiona al mundo, encuentra entre los habitantes de esa nación antes mencionada (es decir, nosotros) cotas enfermizas y de alto morbo en eso de consumir imágenes terribles. “Verdades que no quieren que sepamos”. Nos prohíben informarnos y, entonces, en respuesta, decidimos inundarnos de información, sin filtro ni criterio.
Los venezolanos, que con toda razón desconfiamos del poder, vivimos obsesionados con la idea de conocer “la verdad”, de “romper el bloqueo informativo”, de “denunciar”. Y esta obsesión no se limita a buscar y consumir información de forma compulsiva, sino que viene acompañada del deber de divulgarla. Nos parece que hacerlo es parte de la lucha contra el poder corrupto y totalitario. Lo consideramos, de buena fe, una acción ciudadana.
De esa manera, la gente copa todos los canales de los que dispone, para ejercer ese “acto de resistencia”: whatsapp, twitter, facebook y hasta los tradicionales correos electrónicos y mensajes de texto, son los caminos que usa el ciudadano común para luchar contra el silencio, sintiendo que cada vez que lo hace está abriendo un hueco a la pesada cortina que pretenden ponerle para que no esté informado.
Informado, en estos tiempos en este país, es sinónimo de activado. Y activado, es lo contrario de pasivo. Y aquí está la trampa. Se vuelve un deber. Pero un deber cómodo y, lo que es peor, que puede volverse pernicioso. Por estar activados, sin filtro de ningún tipo, es que la gente, muchas veces de buena fe (sin contar los manejos interesados y oscuros), pone a rodar imágenes y videos fuera de contexto, falsos o que no corresponden con la noticia que contribuyen a difundir. Muchas veces, incluso, lo hacen considerando que es mejor informar, así sea falso, que callar. Estos son los que están convencidos de que mantener viva la rabia, la indignación y el ofuscamiento, encenderá la llama que, ellos suponen, hace falta para ayudar a caer lo que se tambalea.
Pero eso no toma en cuenta la salud mental del ciudadano común que, en su buena intención y, en buena medida, por sentirse aislado por un gobierno perverso, consume toda la información que circula por los caminos verdes, convencido de que es menester estar informado.
Así caemos en el más perverso de todos esos “consumos noticiosos”: la violencia en tiempo real, sin edición de ningún tipo, y sin precisiones acerca de su contenido. De esta manera, fotos de los cadáveres de asesinos famosos circulan y se masifican (con el esfuerzo colectivo), junto a linchamientos de malandros y peleas en el metro, filmados por espontáneos, y atracos y asesinatos registrados por las cámaras de seguridad.
¿En qué contribuye con la lucha por un país mejor, hacer circular una imagen de un linchamiento? ¿Qué denuncia esa acción, si está desconectada de cualquier documentación seria de un problema social? ¿Qué propuesta acompaña la difusión masiva de videos que nos recuerdan que nuestras calles son un festín de sangre y violencia?
¿Acaso no sabemos ya el estado de descomposición al que hemos llegado?
El último video del que tuve noticias hablaba de un asalto dentro de un carro. Una variante más de los tantos que circulan en las redes. Este, sin embargo, tenía una peculiaridad. Según el asunto, había sido filmado por el mismo atracador. Esto agrega al morbo que se ha convertido en el deporte de estos tiempos de difusión instantánea, el narcicismo producto del síndrome del selfie, que empuja a todo el mundo a buscar una celebridad instantánea y efímera. Y en el ámbito de su actuación.
No sé hasta qué punto no se estará volviendo en nuestra contra pasar el día consumiendo en twitter imágenes de colas larguísimas por un paquete de Harina Pan, fotos de personas ensangrentadas sobre el pavimento y videos de atracos en un autobús. Eso sin contar el deporte tuitero por excelencia: contribuir a amplificar los sistemáticos insultos y vejaciones que los que ahora están en el poder, profieren soez y cobardemente contra la población que, en su legítimo derecho, los adversa.
Nada que no sepamos. Los que deben ver los males del país, porque pueden cambiar ese estado de cosas, se niegan a verlo. Acaso les interesa que las cosas permanezcan de esa manera. Acaso les conviene destruir la esperanza y las ganas de prosperar y el gusto por la belleza, que debe tener cualquier persona sana y equilibrada. Ese “ejercicio de resistencia” es tan cómodo que es sospechoso. Cualquiera da un RT sin verificar. Cualquier comparte o reenvía un “como me llegó”.
La sociedad en resistencia está haciendo cosas un poco más complejas. Organizadas. Ofreciendo su apoyo al prójimo para hacer menos dura su existencia, por ejemplo, o documentando seria y sistemáticamente los abusos y los delitos, para que sirvan de pruebas para enjuiciar, cuando las circunstancias lo permitan, a los que hoy se creen intocables. O recuerda nuestros derechos y deberes ciudadanos. O ayuda a los presos políticos. O simplemente genera espacios de encuentro para que la barbarie no siga creciendo.

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 Cada uno ve cómo canaliza sus propios miedos. Pero luchar por un país mejor, superar la barbarie y el caudillismo, contribuir a adecentar el ejercicio de la administración pública, aligerar el dolor de los más necesitados, promover la ciudadanía y el respeto por el otro, son ejercicios que requieren de acciones más complejas que sumarse a la cadena del “lo paso como me llegó”.

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Héctor Torres

Narrador y promotor literario. Autor de los libros de cuentos El amor en tres platos (2007) y El regalo de Pandora (2011), de la novela La huella del bisonte (2008) -finalista de la Bienal Adriano González León 2006-, del libro de crónicas Caracas muerde (PuntoCero, 2012) y de Objetos no declarados (PuntoCero 2014). Fundador y ex-editor del portal www.ficcionbreve.org.
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Roda Saab Ganam. Empresario parte del entramado de Samantha Gray.
Highfrancys Herrera. Empresaria parte del entramado de Smanatha Gray y Candidata a la Asamblea Nacional por el PSUV.
Mary Luz Gianetti. Empresaria parte del entramado de Samanta Gray.
Samantha GRay en la portada de la revista Caracas dónde confirmaba su relación con Graterón.

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