De restaurantes y guerras

De restaurantes y guerras

 

La nota apareció, o al menos ahí la leí, en un portal español. Según esto, un restaurant de Israel, el Humus Bar, ofrece un 50% de descuento a aquellos árabes y judíos que estén dispuestos a compartir la misma mesa. “¿Te asustan los árabes? ¿Te asustan los judíos? Con nosotros no hay árabes ni judíos, sino personas. Y un excelente hummus y falafel, seas árabe, judío, cristiano o indio”, señala la promoción de su página web, que acota que la oferta es válida de domingo a jueves.

Además de un bonito gesto, el asunto tiene su toque pragmático: la guerra no es buen negocio. Con la guerra nadie sale a gastar su dinero en paz como mejor le parezca. O, mejor maticemos: la guerra no es buen negocio para “casi” nadie.

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Hará poco menos de una semana, estábamos en la barra de un restaurant chino, aguardando que nos despacharan nuestra cena para llevar, acompañando la espera con una cerveza tan helada como es fama que lo son en los restaurantes chinos.

De pronto, una pareja de uniformados de verde y vinotinto, cada uno con un fusil guindando a un costado, se abrió paso entre las mesas del local. Llegaron frente a la barra y aguardaron unos segundos mientras, supongo, se ponían de acuerdo con respecto a cuál diría qué al chino que estaba en la caja. Al rato, uno de los dos se acerca y le susurra algo en voz baja. La fría mirada del chino lo había visto todo antes de que abriera la boca. De hecho, lo había visto todo desde que los vio atravesar la puerta, al lado de la cual pende un letrero (de obligatorio uso) que prohíbe el uso de armas de fuego dentro del local (prueba inequívoca de que nadie lee los carteles ubicados dentro de los locales).

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El chino lo dejó terminar por cautelosa cortesía, pero luego le dijo, usando un tono de voz un poco más alto que el empleado por su interlocutor, al que convenía la discreción, que “ya atiendo dos grupos”. Los hombres de verde y vinotinto, que entendieron en esa respuesta una negativa, se acordaron entonces de que tenían puesto sus uniformes y que unos intimidantes artefactos colgaban de sus hombros, por lo que pasaron a un tono de voz que expresaba mayor confianza en sí mismos. El que había hablado en tono confidencial dijo entonces, convencido de que a mayor volumen mayor persuasión: “¿Y qué tiene? Es lo mismo”, y el otro, para no quedar como que no contribuyó con la gestión, añadió con el mismo volumen y alzando los hombros con elocuencia, imitando al compañero, un “¡Claro!”.

Pero el chino, que es hijo de una cultura milenaria, sabía que dos es dos y tres es tres, por lo cual, con una serenidad no exenta de firmeza les respondió, en síntesis: “no es lo mismo”, y dio por finalizado el asunto.

A continuación, el asunto pasó a un juego de pulsos. El chino siguió despachando comandas y los hombres de verde y vinotinto permanecían frente a la caja, en silencio, dejando que la vista de sus uniformes se encargaran de la siguiente etapa de la negociación.

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El chino apeló a la estrategia de involucrar a los clientes que estaban cerca, buscando despertar la indignación de quienes sí estaban pagando por su consumo: “Primero llegó un grupo, y está bien, porque cuidan la zona. Luego eran dos grupos. ¿Pero tres?”, se preguntó con gesto indignado mirando a los que esperábamos en la barra, y negó enérgicamente con la cabeza, como respondiendo su propia pregunta.

Luego de haber agotado la estrategia de jugar con el silencio, los hombres de verde y vinotinto salieron en dirección a la puerta, serpenteando entre las mesas atestadas de gente que, ajenas al hecho, conversaban de forma animada. De inmediato recordé aquella fábula del zorro que despertó una mañana con el sol a su espalda y, viendo la larga silueta de su sombra proyectada en la arena, dijo: “Esta mañana me comeré un elefante”, y luego de vagar por todo el desierto, vio su sombra al mediodía, casi pegada a sus pies, y musitó, resignado: “Con un ratón me conformaría”.

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El gobierno justificó la presencia de efectivos de cuerpos castrenses en la calle, bajo el argumento de que no se trataba de combatir al hampa llana y silvestre, sino que en Venezuela operaban bandas paramilitares. Y no es esa la única guerra de la que nos alertan: hay guerra económica y una invisible guerra contra el Imperio. Aludir a la guerra, como se ve, es buen negocio. Su lógica es otra distinta a la de la paz y ofrece ventajas para el que “nos defiende” a la hora de negociar.

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He ahí una muestra del “casi” con el que cierra el segundo párrafo. La guerra no es buen negocio para el que trabaja, porque no puede gastar su dinero, ni ofrecer opciones para ello, como mejor le parezca. Pero a los interesados en asustar con ella, es sin duda un buen negocio, porque le permite gastar el dinero de los demás, precisamente, como mejor le parezca.

Dotar aviones de guerra en lugar de universidades, por ejemplo.

Cuando íbamos camino a casa, pasamos frente a otro “chino”, que está más abajito. No había que ser clarividente para ver a los de verde y vinotinto frente a la caja, repitiendo la escena. De seguro se sienten “empoderados” con sus uniformes y vistosos artefactos de guerra. Pero los chinos tendrían muchos más motivos para sentirse empoderados. Y no porque vengan de una cultura milenaria. Basta que lean, en la sección de economía de los diarios, con qué país estamos endeudados durante varias generaciones.

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Héctor Torres

Narrador y promotor literario. Autor de los libros de cuentos El amor en tres platos (2007) y El regalo de Pandora (2011), de la novela La huella del bisonte (2008) -finalista de la Bienal Adriano González León 2006-, del libro de crónicas Caracas muerde (PuntoCero, 2012) y de Objetos no declarados (PuntoCero 2014). Fundador y ex-editor del portal www.ficcionbreve.org.
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Roda Saab Ganam. Empresario parte del entramado de Samantha Gray.
Highfrancys Herrera. Empresaria parte del entramado de Smanatha Gray y Candidata a la Asamblea Nacional por el PSUV.
Mary Luz Gianetti. Empresaria parte del entramado de Samanta Gray.
Samantha GRay en la portada de la revista Caracas dónde confirmaba su relación con Graterón.

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