La muerte de un familiar siempre dispara recuerdos. Con la noticia de la muerte de esos tíos, abuelos, primos, que en algún momento representaron escenas cotidianas de nuestra infancia, vienen a nuestra memoria vívidas escenas de entonces, como una manera que encuentra la vida de despedirnos de ellos, de recordarnos quiénes fueron en nuestras propias historias personales. Es como si la vida, con esas noticias, nos pusiera a pensar en el sentido de nuestras existencias. Esto nos lo recuerda, con la precisión de una foto, este sentido relato. Su autor, Lizandro Samuel, escribe crónicas y textos sobre fútbol para varios medios. Héctor Torres.

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El pan de queso se me deshace en la boca. No siempre es pan de queso, a veces es de guayaba, otras azucarado, algunas veces es acemita. Vivo en el mismo edificio que mi abuela materna, un piso por encima, con mi hermanita y mi mami. Soy un niño, llegaré si acaso a los diez años aunque las crónicas de mis sueños me llevan a pavonearme por todo el colegio autoproclamándome escritor. Me gusta el pan de queso, de guayaba, azucarado y las acemitas; por eso disfruto tanto cuando mi tío Antonio va a visitar a su hermana, mi abuela, porque siempre llega con uno de esos manjares bajo el brazo. Dos minutos luego de que mi mamá me informe de la llegada de mi tío, estaré dando mordiscos en la casa de mi abuela. Bajar las escaleras de mi apartamento al suyo es cuestión de segundos.

Cuestión de segundos es la vida, el tiempo pasa rápido. Te das cuenta cuando te detienes a pensar. Ya no soy un niño, ahora soy un hombre. Ya no espero algún exótico pan, espero un plato de comida bien resuelto, y no en la casa de mi abuela sino en un bien decorado restaurante de El Paraíso. “Tráiganle leche al niño”, suenan carcajadas. No estoy cerca de mi tío Antonio, de mi abuela, mi abuelo, mi mamá u algún otro familiar, como era costumbre en mi niñez; estoy rodeado de compañeros de clase quienes elaboran creativos adjetivos para resaltar la sexualidad de alguna mesonera que se contonea por todo el restaurante. Es ella quien nos atiende.

“Tráiganle leche al niño”, Diego se burla de El Enano, como si fuese culpa de este no alcanzar el 1,50 m. de estatura.

El Enano no es ningún niño, es quien más alaba las dotes de la mesonera, y quien ha forjado el mejor currículo en menor tiempo: arrancó su carrera de entrenador a los 11 años y hasta la fecha puede decir que trabajó, incluso, con el cuerpo técnico de Chita Sanvicente cuando este era DT del Caracas F.C. La mesonera ríe. Termina de anotar. Se va. “¿Cómo tú vas a decir eso?, ¿tú eres loco?”, responde El Enano. Yo espero un número, una llamada. Víctor a mi izquierda, Diego a mi derecha y El Enano de frente. Sigo esperando un número, una llamada; una palanca para impulsar mi desazonado presente. Diego prometió ayudarme, El Enano tiene contactos, Víctor está en las mismas que yo. Diego está esperando para cuadrar el número y llamar. Mi teléfono suena. Un número, una llamada. Pero no es lo esperado. Me preocupo.

—Hijo, ya se murió mi tío.

Pocas cosas generan mayor impotencia que el llanto de una madre. “Hijo, ya se murió mi tío”, “se murió mi tío”, “mi tío se murió”, hijoyasemuriomitío. Las palabras me revuelven el estómago. El silencio me acaricia. “Se acaba de morir mi tío”, digo en voz alta. Dos segundos silentes nos acompañan en la mesa. Escucho algunos pésames sueltos. Introspección. En la lejanía vuelve a llegar el chalequeo hacia El Enano y la lujuria hacia la mesonera.

Ya no soy un niño. Pero recuerdo cuando lo era. En esas reuniones familiares, a las cuales dejé de asistir con el paso del tiempo, destacaba la voz de mi tío; guitarra en mano. Era un artista. Para sus sobrinas, mi mamá incluida, era algo así como un rock star de la música venezolana, pues las hacía sentir las vocalistas más deseadas cuando las invitaba a calibrar su voz.

“Yo no quiero leche. Lo que quiero es chuparle esas tetas”, ahora es El Enano el que se ríe. Caigo en cuenta de que nos acaban de dejar los platos de comida sobre la mesa. Una taza de sopa, un vaso de jugo, y un plato con arroz, chuleta y ensalada. Busco con la vista algún pedazo de pan. No hay.

Nací triste, ¿para qué negarlo? Me prohibí llorar siendo muy niño. Puedes prohibir el llanto pero no la tristeza: aprendí a llorar en estornudos, en alergias; así fue hasta reconciliarme con las lágrimas. Mi mamá se queja de cualquier cosa, nadie sabe dónde será el velorio. Mi mamá se queja para no llorar. Debo ser firme, debo ser firme, debo ser firme. “Achí”, estornudo. Estas noticias nunca llegan cuando tu vida está ordenada. Tomo mi antidepresivo favorito: Loratadina. Salimos al velorio.

El tiempo ha pasado, hay familiares que entiendo me presentaron cuando me gustaba el pan de queso y que hoy no reconozco. No es una fiesta, nadie me presenta a nadie; acaso alcanzo a dar el pésame, al margen de aquellos a los que sí conozco, a quienes veo que se acercan al ataúd. Yo lo veo de soslayo. Me da pena, pudor, dolor, acercarme. Tengo la Loratadina lejos. Al fin me asomo: uno, dos, tres, cuatro segundos son suficientes; me refugio en la conversación con una prima a quien, según ella, no veía desde su cumpleaños número ocho. Hoy tiene diez años más.

Hay llanto por todos lados. Una viuda llora al borde del desmayo la pérdida de su compañero. Aquello parece verdadero amor, es casi como el final de una de esas películas que inevitablemente transmiten el llanto. O en mi caso estornudos. Pobre. Mi abuela no luce muy entera, sus dos hermanos tampoco. Alí, el hijo adoptivo de mi tío Antonio, pasea por toda la funeraria con sombras muy oscuras bordeando sus hinchados ojos. Yo lo conocí ese día.

El resto de la noche se diluye en conversaciones banales. “¿Qué estás haciendo?”, me pongo al día con algunos primos; otros me preguntan por la Vinotinto. Yo mantengo en mi cabeza la imagen de mi tío en su ataúd. Estaba pálido, muy pálido, parecía un maniquí. ¿Cómo alguien quien alguna vez cantó con tanto amor ahora se muestra como un cuerpo inerte?, ¿es justo? Una lección de humildad para mi arrogante y vanidosa familia, incluyéndome. Mi tío vestía un traje negro y sus ojos lucían perfectamente cerrados. Si se obviara el detalle de la falta de vitalidad sería la apología de uno de esos tenores europeos que deleitan al más selecto público. Un Pavarotti venezolano vestido para entonar su última canción.

Versos de humildad, se llamaría.

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Originally posted 2016-04-11 09:19:19.

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