Esa expresión que afirma que todo tiempo pasado fue mejor es un cliché que, en tiempos de crisis, se convierte en un refugio, en una tentación y hasta en una amarga certeza. Los testigos de la Venezuela saudita vivieron una época de esplendor sin haberse percatado la magnitud de lo vivido hasta que tocó vivir la dura época de las vacas flacas. Un viaje a Barquisimeto es el disparador y la puesta en escena para que, a través de los taxistas, que son los historiadores naturales de la calle, el protagonista de este relato ponga en perspectiva una de las aristas de nuestra actual crisis: la cartelera musical de los setenta. Su autor, César Contreras, es psicólogo. Héctor Torres.

 

Han sido unos días movidos en Barquisimeto. El trabajo es ajetreado. Por efecto del sol inclemente, el trabajo es picoso y se empegosta en la piel, ayudado por el sudor. Las horas discurren entre traslados por calles desconocidas. Las cuadras se me pierden entre parpadeos prolongados por la modorra.

Han sido unos cuantos taxis. Pude haber anotado el número telefónico de uno o dos y llamarlos durante la semana cada vez que lo requiriese, pero esa idea no me agradó tanto. Cuando les mencionaba que era de Caracas, a algunos les brillaban los ojos. “A ustedes les dan viáticos”, decían, intentando contagiarme de esa sensación de “esa plata no es tuya, vamos a cobrarte lo que sea”. Han sido unos cuantos taxis, unas cuantas historias, unos cuantos temperamentos.

El último fue el señor Álvaro. Me rescató de una calle que hervía bajo el sol de mediodía y respetó mi silencio mientras me terminaba un granizado de coco. Cuando lo consideró prudente, me preguntó de dónde era. Después preguntó en qué zona de Caracas vivía y me dijo que la conocía, que había vivido un tiempo en la capital. Una salsa brava llena nuestros silencios. Nunca se me ha dado la charla casual. Soy el terror de los taxistas; o el cliente ideal, si hablan tanto como los conductores barquisimetanos.

Álvaro me comenta, mitad pregunta mitad afirmación, que los caraqueños son salseros. “Sí señor”, contesto, “esa es la música con la que crecí”. Me dice que aprendió a escuchar salsa en Caracas, que fue lo único bueno que se trajo de la capital. “Bueno, eso y mi hija que nació allá”, añade.

Me pregunta si me gusta la salsa. Contesto lo mismo de siempre: “No es lo que más escucho, pero no me molesta para nada. De hecho me agrada bastante y la puedo disfrutar”. Álvaro se toma unos segundos para analizar. Recalcula, triangula variables, busca similitudes. Sentencia: “Te gusta el rock, ¿verdad?”. Sonrío y asiento. Me arrellano un poco en mi puesto, intento robarle un poco de brisa al exterior. El clima sofoca, pero la charla promete.

Ya habíamos hablado un poco de los conciertos de salsa en Caracas. “A conciertos de rock también fui bastante”, dice, “no olvidaré cuando vi al Queen”. Y es ahí cuando entiendo la clase de señor que me está trasladando. Me habla de lo impresionado que quedó por la puesta en escena “pero lo principal, la música… arrechísima”, aclara. Se ríe de lo que pagó por esa entrada. Todo barato.

También vio a Joe Cocker, a BB King y sigue nombrando leyendas del rock. “Para que estés más cómodo”, dice antes de cambiar la carpeta del reproductor MP3. Aretha Franklin hace acto de presencia para animarnos el trayecto en el roído Fiat rojo.

Hace poco me lamentaba por todo lo que nos estamos perdiendo a nivel musical. Amigos fuera de nuestras fronteras están viendo a mis bandas favoritas en vivo, mientras yo sigo repasando los mismos videos de Youtube una y otra vez. Siempre critico a quienes graban en los conciertos, viviendo el momento a través de sus pantallas en lugar de apreciarlo de primera fuente. Pero al mismo tiempo les agradezco, porque funcionan como mis ventanas hacia el mundo real. Quería pasar mis veinte de concierto en concierto. Todavía queda tiempo, todavía varios de mis artistas favoritos están activos. Con eso me consuelo. Álvaro me dice que todo eso fue en los setenta, cuando vivió en Caracas unos cinco años. “Una época buena”, le digo. “Una época muy buena”, contesta él, con la nostalgia del que supo vivir.

Caracas está llena de casas y edificios de los cincuenta, que se erigen como osarios de una época de bonanza. En Barquisimeto, me encontré con las ruinas de los setenta andando por ahí, paseando en las memorias no solo de Álvaro, sino de otros taxistas que también recordaban sus años mozos con ojos brillantes por la añoranza. Los verdaderos fantasmas de este país vagan a plena luz del día, trayéndonos el eco de épocas que ya fueron, épocas de las que nunca más hemos emulado los aciertos, pero insistimos en copiar los errores.

Originally posted 2016-01-25 09:33:55.

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