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[pullquote]La memoria posee un misterioso mecanismo de selección de los recuerdos, como si fuera un caprichoso director que edita la película que vemos cuando evocamos nuestra propia vida. No sé si esa película de nuestra historia oficial tiene una estrecha relación con nuestra propia naturaleza o si, por el contrario, termina moldeándola. Lo cierto es que el resultado de ese caprichoso proceso de edición puede dar como resultado películas tristes y dolorosas, o amables y dulces. De este último lote es este pasaje extraído de una lejana infancia en Florencia por parte de Deanna Albano, su autora, quien es egresada de la escuela de psicología de la UCV. Héctor Torres[/pullquote]

Cada vez que le  piden  contar algo de su infancia la  ponen en aprietos. Se sonroja, balbucea, no le salen las palabras. No tiene muchos recuerdos de su niñez. Ni siquiera de la maleta que utilizaron tantas veces. No puede evocar su primer día de clases. Tampoco cómo era  su primera maestra. Mucho menos se puede acordar de la casa o las casas  en las que vivieron,  ya que fueron tantas las mudanzas.

Sin embargo, una imagen viene a su mente, cierra los ojos y la ve muy clara: es una  canal que se desprende de una pequeña ventana que está en el techo. Por fuera es de color gris, el piso y  las paredes  cubiertos de blanco,  parece nieve. Un polvillo se eleva hacia el techo.

No  tiene memoria de cómo era el local, solo sabe que está allí con su tío Giovanni  y su primita Teresa.

A una hora determinada, la pequeña ventana se abre y sale una  bola amarilla, se desliza lentamente por la canal y va cambiando de color hacia el blanco. Al final hay una bandeja, donde van cayendo esas formas redondas. Es una masa de harina que se va impregnando de azúcar y llega hasta la niña, que con ansiedad espera que llegue y  la devora.

Espera la siguiente, y allí viene ella, redondita, esponjosa,  suave, tibia, rociada de azúcar, con esa deliciosa crema pastelera que se sale de los lados. Luego  se chupará los dedos.

El  tío la observaba con cariño y orgullo, mientras la pequeña devoraba dos o quizás tres bombas rellenas. Tenía tres años. Como todos los niños era muy necia con la comida. No  le  gustaban los tomates, la mantequilla, las tortas y muchas  otras cosas. Pero las bombas siempre fueron su dulce predilecto.

Cuando viajó a Italia, al volver a  su  ciudad natal, Florencia, paseando con su prima, cerca del Ponte Vecchio, casi escondida, allí estaba la pastelería de sus recuerdos.

Al entrar, vio  la canal tal como la recordaba y  los dulces  deslizándose suavemente.

Originally posted 2015-10-12 15:22:56.

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