La Venezuela de estos días se dibuja en algunas escenas, recurrentes e intensas, conocidas pero inagotables en cada nueva ocasión. En medio de los dramas mayúsculos que dejan estos días, se esconden aquellos otros que no por más discretos, no encierran el atenazante peso de lo irrevocable. Como las despedidas. Y las decisiones que llevan a una familia a disolver ese núcleo que había funcionado durante tantos años. Como la historia de una chica que decide quedarse a seguir haciendo la vida que tiene en esta locura y despide a su familia en el aeropuerto, sin mirar atrás. Eso cuenta este hermoso texto de Gabriela La Rosa, egresada de Letras en la UCAB. Héctor Torres.

Sé que el lenguaje es objeto, y como cosa ajena, me permite reducir las cosas que parecen grandes. En el lenguaje las acciones se miden por verbos. Esta historia se reduce a dos verbos, dos acciones diferentes, solamente.

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Ayer dejamos el apartamento. Vivimos once años ahí (el mayor tiempo que he pasado con una misma dirección). Tras dos meses de recoger, regalar o desechar, quedó vacío, y me di cuenta de que volvía a verse grande, como la primera vez que lo visitamos.

Ahora estamos en casa de mi tía, una de las hermanas de mi papá, en El Hatillo. Celebramos que una de mis primas hizo su confirmación. Mi papá hace los mismos chistes de siempre en la mesa, trajo una Coca-Cola para fastidiar a mi tía que prefiere y siempre compra Pepsi, como una forma de apoyo a la empresa donde trabaja. Con la panza llena nos sentamos todos en la sala, como cualquier otro domingo, rememoramos otras visitas, idas a la playa, y nos reímos de mi prima que casi se cae en la iglesia mientras llevaba las ofrendas. Apenas son las cuatro, de las maletas no se sacó nada, las mudas para esos días las llevábamos en un bolso, todo vuelve al carro. Apenas son las cuatro y ya es hora de despedirse, mi papá se abraza con sus hermanas brevemente, bromea porque a él no le gusta ponerse sentimental, pero le veo los ojos aguados. Veo la escena desde afuera, aún no tiene nada que ver conmigo. Mientras vamos en el carro, hacia Los Símbolos, escucho música, trato de pensar que es la última vez, en cómo se estarán sintiendo, pero como no puedo adivinar, dejo que el pensamiento se vaya.

En Santa Mónica, nos reunimos con la familia de mi mamá. Allí donde ahora viven varios de mis tíos, viví yo también. Recuerdo el techo de enredadera que había en el patio y aquella vez en que a mi hermano se le voló un zapato mientras jugábamos fútbol. Hay música a todo volumen, y cocinan a la parrilla, las cervezas van y vienen. Mis tíos por parte de mamá son más sueltos con el llanto, hablan de recuerdos, sí, pero también de la nueva distancia que va a haber entre ellos. Uno de los hermanos de mi mamá la abraza llorando y un poco entonado le dice que ahora que se va no la puede cuidar.

El día pasa lento como cuando estamos esperando algo. Todas las cosas antes de ese algo, parecen sobrar, estar de más. Yo espero la madrugada, y cuando llega, me siento, casi, aburrida. Nos montamos en el carro y en el camino pienso que el día ha estado lleno de conversaciones casuales, como evitando el hecho que estamos a punto de presenciar, y aunque ha habido llanto a mi alrededor, no logro conectarme con lo que pasa. Parece un trámite del que quiero salir pronto.
En Maiquetía se hace el chequeo de forma veloz. Aun se puede esperar otro rato para atravesar la puerta de ingreso, así que nos sentamos en un rincón del aeropuerto. Yo reviso mi teléfono, entro a whatssap y converso con un amigo sobre el muchacho con el que estoy saliendo. Como le digo que estoy aburrida en el aeropuerto hace chiste de alguna cosa y río en voz alta. El vuelo sale a las cinco de la mañana, son las cuatro y consideran que es tiempo de cruzar la puerta. Me levanto del suelo, ahora me toca a mí.

El momento me cae encima, aunque es lo único que he tenido seguro desde que desperté ayer. Se hace tangible lo que hemos hablado desde hace meses. Entiendo que el núcleo de cuatro que hemos sido siempre está a punto de quebrarse. Recuerdo el momento inicial en que deciden irse y me dejan elegir, las discusiones porque elijo quedarme aquí, los cuestionamientos que me hacen los demás, los cuestionamientos que yo misma me hago y no comparto. Mi papá me abraza y se burla —pero, ¿tú no estabas ahí, riéndote, pues?—, niego con la cabeza, llorando. Luego abrazo a mi hermano, en medio de su llanto me pide que me cuide, aunque es el menor, su tono se oye grande. El abrazo con mamá es largo. Cuando nos soltamos me toma un mechón de cabello y lo huele.

—Ay, hija quisiera llevarme un pedacito—, dice con la voz quebrada. Sé que habla de mi cabello, de mi olor, y de mí, pero en ese momento me parece una locura y me hace gracia. Se voltean para caminar hacia la puerta y yo les doy la espalda. Respiro hondo, no los veo irse, como para que no me quede esa imagen de que se fueron.

Ellos se quedan esperando al avión y yo vuelvo a subir a Caracas. En el camino vemos un par de motos veloces y unos pocos autos, hay silencio, en este lugar que siempre parece peligro y temor, hay silencio. Me doy cuenta mientras veo las montañas, las casitas con sus luces precarias, mientras escucho la radio que acaba de encender mi tío, que no me quedan ganas de llorar, que acepto y entiendo. Pero, también me doy cuenta, de que me alejo, a medida que llegamos a casa de mi tía, de que me separo de una parte de mí, que no son ellos, y de que mi mamá, mi papá y mi hermano también se separan de algún pedazo de sí mismos, que no soy yo. Así como si se quedara en ese momento, suspendido, lo que fuimos juntos, en este país. Se fueron. Yo me quedé. Sólo eso. Dos acciones diferentes. Nada más.

Originally posted 2016-06-27 19:21:00.

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