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[pullquote]El hombre acuña expresiones que pretenden explicar el asombro que le produce saber que, en la vastedad de las grandes ciudades, el Destino suele entrecruzar desconocidos a su capricho. Usualmente, tras esos asombros, no hay sino la constatación de su incapacidad para leer esos códigos. Entonces asoma teorías, como la de los Seis grados de separación. Esa es la atmósfera que subyace en esta historia demasiado cotidiana de violencia y fugaces encuentros que urde con mucho tino Yimmi Castillo, quien es Comunicador Social. Héctor Torres[/pullquote]

[U]na moto atraviesa la ciudad varias veces al día. En su recorrido siempre lleva dos pasajeros. La moto es manejada por Mayker, de oficio mototaxista. Todas las mañanas se levanta temprano, se pone su chaleco naranja, se toma su café, se despide de su hermano mayor, le da un beso a su hermana menor, a su mamá y sale a patear a la calle sobre sus dos ruedas. Esa mañana su hermano le dijo que leyó en Twitter que el Metro tenía un retraso. Eso significa más pasajeros y mejores carreras para él.

La prensa de la mañana titula la muerte de una reconocida actriz de televisión, además ex Miss Venezuela como para aliñar más la comidilla de la gente. El Twitter está a reventar entre el retraso del Metro y esa noticia. Jaime, de oficio publicista, va en una camionetica leyendo la nota desde su teléfono, siempre con ese mal sabor, con esa angustia que lo lleva a pensar “¿Cuándo me tocará a mi?”. A Jaime la violencia de la ciudad le ha llegado de cerca: le mataron a un amigo hace muchos años cuando vivía en La Vega, a su esposa le asesinaron un primo en un secuestro que, fuera de toda estadística, terminó con los culpables presos gracias a un cómplice delator, y todos los días lee en Facebook cuántos celulares le han robado a sus amigos. Casi lleva la cuenta, tanto como para saber que el indicador en los últimos meses ha aumentado: “Cada vez hay más probabilidad de que me toque”, piensa.

La hija de Jaime, Alicia, tiene diez años y habla mucho con sus amigas en el colegio acerca de política. Demasiado, quizás, para su edad. Normalmente sus conversaciones son reflejo de lo que se dice en sus casas, pero edulcoradas con la inocencia infantil, y más aún con la suavidad femenina. Su repertorio, sin embargo, no excluye las series de Disney, los grupos musicales y las bromas infantiles.

Esta vez la conversación en el colegio con sus amigas fue particularmente triste, una de sus compañeras no fue y la maestra dijo que a su hermano lo habían matado para robarlo. En el recreo, los amiguitos conversaron largamente acerca de inseguridad. También los niños tienen sus cuentos de miedo. Al llegar a casa Alicia se lo dijo a su papá, y Jaime no pudo descansar bien esa noche: “¿Cuándo me tocará a mi?”, se repitió en su medio-dormir.

***

Jaime ha estado llevando a su hija al colegio en las últimas semanas. Esa mañana se pararon tarde de la cama, se tomó su café muy rápido y salió casi corriendo con Alicia tomada de la mano. Después de dejarla en el colegio decidió agarrar una moto-taxi. Cuando leyó en Twitter sobre el retraso en el Metro y vio la noticia de la actriz asesinada, sintió más cerca el riesgo de llegar tarde que el de ser la próxima víctima del hampa.

– ¿Cuánto hasta Chacaíto, mi pana?

– 180, rey

– ¡Plomo, pues!

Jaime ya estaba acostumbrado a las motos. No tiene una porque su esposa dice que el riesgo es muy grande. A veces piensa, medio en broma, medio en serio, que debería comprarse al menos su propio casco.

A diferencia de los taxis, en las motos el pasajero casi nunca habla con el chofer. Pero este motorizado era de los parlanchines:

– El mundo es un pañuelo, mi pana.

– ¿Ah?

– Que el mundo es un pañuelo… yo te he visto a ti dejando a tu hija en el colegio. En ese colegio estudia mi hermanita.

– ¿Ah, sí? A lo mejor se conocen… ¿Sabes que dicen que todos estamos separados por seis grados?

– ¿Y cómo es esa vaina?

– Fácil, para llegar a cualquier persona en el mundo solo hacen falta seis personas en el medio. Las redes sociales funcionan con esa teoría.

– Ah coño sí, esa vaina del Facebook es bandera, mi pana. Yo me he encontrado con gente que no veía desde hace tiempo y resulta que tenemos amigos en común que ni pendiente.

– ¡Exacto! ¿Ves? De hecho, en Facebook la vaina es más cerrada.

– Irga que fino eso mi pana, todos los días uno aprende una vaina nueva.

Llegaron al destino, Jaime le dio la mano al motorizado y le preguntó su nombre: “Mayker mi pana, cualquier vaina me buscas ahí en la parada de la línea”.

***

Tocó una mañana cómoda en la que Jaime pudo dejar a su hija a tiempo en el colegio y le quedó chance para llegar a su trabajo temprano. Pero esa mañana volvería a sentir la inquietud del peligro. Venía dormido con su hija recostada en su hombro mientras llegaban al colegio en la camionetica. De pronto un sonido lo despertó. Eran tres disparos. El chofer de la camioneta probablemente sintió la presión del miedo de los pasajeros y redujo la velocidad. Jaime escuchó luego otros cinco disparos más, pausados, efectuados con parsimonia, acto seguido, un muchacho joven con la cara tapada con un pañuelo y una pistola en la mano corría, más bien trotaba, hacia un callejón. La camioneta avanzó poco a poco, los pasajeros se asomaron con miedo por las ventanas. Allí en la calle, cerca de la acera, estaba la víctima en el piso, boca abajo. No había gente cerca, era muy temprano. La víctima tenía un casco de motorizado, y yacía al lado de la que posiblemente era su moto. Jaime no quiso despertar a su hija que no escuchó nada. Pero al llegar el momento de bajarse, Alicia le notó preocupación en su rostro:

-¿Que pasó, papi?

-Mataron a un chamo pero tú estabas dormida, hija. Mejor no hablemos de eso.

Más tarde vería en Twitter una foto del hecho en la que se veía al hermano de la víctima llorando sentado en el piso. Al menos eso era lo que decía la leyenda de la foto de la página de noticias.

Esa noche Alicia abrazó a su papá muy fuerte cuando llegó a la casa. Jaime sintió algo extraño en aquel abrazo. Cuando estaban a punto de irse a dormir le preguntó si había sucedido algo en el colegio. Alicia le contó que su amiguita Carolina no había ido al colegio porque le había pasado algo muy feo:

– Mataron a su hermano para robarlo… lo extraño es que no le quitaron la moto.

– ¿Moto?

– Sí, el hermano de Caro era mototaxista, trabaja en la línea que está cerca del cole.

Jaime sintió algo feo en el estómago, como un vacío que se llenaba de vértigo y que casi lo mareó.

***

“Al que madruga, Dios lo ayuda”, pensó Mayker esa mañana. Aprovechó que se despertó antes que el reloj de su celular y se preparó él mismo el café, solo su hermano estaba despierto, se despidió rápidamente y se fue sin despertar a su Mamá y su hermana. Llegó primero que nadie a la parada de su línea de mototaxistas.

Ya habían pasado muchos años desde que Mayker había dejado la mala vida y decidió ponerse a trabajar de manera limpia. “Legal”, decía él. Cuando se trata de hampa y de barrio, los problemas no prescriben, las cuentas de la calle se arreglan con pena de muerte, dice alguna letanía callejera cuyo autor se desconoce.

Mayker esperaba algún pasajero madrugador como él mientras pensaba en la conversación con el pana que llevó hasta Chacaíto el día anterior: “Coño, que de pinga eso de los seis grados…”. De pronto tuvo un presentimiento. Sin saber por qué recordó ese episodio de su vida que desde hace algún tiempo ha querido borrar: Aquel secuestro que salió mal y que lo llevó a la cárcel durante una pequeña temporada. Recordó su libertad con beneficios porque delató al resto de la banda. Recordó la amenaza que le lanzó Carlitos con la mirada aquel día que llegó de los tribunales. No sabe cómo Carlitos se enteró, pero sabía que no se iba a quedar con esa. El escalofrío le paró los pelos y se le hizo la piel de gallina, se ajustó su chaqueta y quiso pensar que era el frío de la madrugada: “Tengo que dejar de pensar en güebonadas”, se dijo.

De pronto el frío se hizo muy intenso y se le incrustó en la espalda, casi no escuchó la detonación. El golpe lo aturdió y lo tumbó al piso, volvió a pensar en Carlitos, pensó en la cara del niño del secuestro que quería olvidar, en la emboscada que los llevó a la cárcel, en las peleas a cuchillo dentro del penal. Pensó en luces de semáforo, en carros, en volantes, se vio él mismo chocando un carro en el que iba Carlitos de chofer. Duró toda una eternidad viendo sus recuerdos en una pantalla flotante frente a él mientras vino otro frío, otro golpe, luego nada, luego silencio. Pensó en su hermano y en su mamá. Pensó en su hermanita y en la hija del tipo del otro día. Pensó de nuevo en aquello de los seis grados, y dejó de pensar, y de respirar, y de existir. No supo de los otros seis disparos.

***

Jaime abraza a su hija con un nudo en la garganta, y sin querer saber la respuesta le pregunta:

-¿Cómo se llamaba el hermano de Carolina?

– Mayker.

Entonces la lágrima, rebelde, se asomó y se dejó caer por su mejilla.

“El mundo es un pañuelo, amor”, le dijo Jaime a su esposa cuando se acostó a su lado. “Pero ¿cuántos grados de separación tenemos del hampa?”.

Foto de Gustav's https://www.flickr.com/photos/gustavm/2610538043/
Foto en Flickr de Gustav’s

 

Originally posted 2015-05-11 17:20:19.

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