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[pullquote]La avenida Baralt es una constelación de asombros, locuras y extravagancias envuelta en una nebulosa de humo y ruido que sabe esconderse de quien no esté dispuesto a hurgar con verdadera curiosidad entre sus recovecos y rincones. Entre el mundo del hampa y el de las infinitas mercaderías está, rozándose y buscando acomodo, el de la venta de soluciones del más allá para problemas del más acá. Esta muy bien lograda crónica nos conduce hasta el pequeño rincón que sirve de consultorio a La China, una de las protagonistas de ese mundo oculto, enclavado en ese desconcertante universo que va de la Cota Mil hasta Quinta Crespo. Gaby Mesones Rojo, su autora, es narradora. Héctor Torres [/pullquote]

[L]a China es famosa en la Baralt. En una tienda de especias, rodeada de sábila e incienso, me dicen que hace sus consultas en el estacionamiento de la siguiente cuadra. Es un estacionamiento sí, pero también es el lugar de trabajo de casi 15 brujas y brujos. En la bajada al estacionamiento oscuro, fuman tabaco y escuchan música llanera. Venden discos de Tirso Ávila, Joseíto Hernández, Gregorio Oquendo, toda la discografía de Billy Joel.

Me habían dicho que la China trabajaba en un Centro Comercial de santería, pero realmente trabaja en una conglomeración de cubículos rodeados de  motos, carros y de la cola de los que esperan conocer su fortuna. Frente a la China está el negocio de la Guajira, la que posiblemente sea su mayor y más directa competencia laboral. Las paredes de sus locales diminutos no tienen un solo espacio libre. Cada centímetro está ocupado por estatuillas, tabaco, rosarios, botellas llenas de color, estampitas, hierbas. Al final del estacionamiento hay otro local, en el que trabaja una señora, que a pesar del bullicio del estacionamiento, de la Baralt, de las peleas de los perros, de la gente que llora y de la música llanera, está rodeada de soledad, con cara de paciencia. No tiene nada para vender, al igual que no tiene ningún cliente.

El consultorio particular de la China tiene espacio únicamente para dos personas. Paredes turquesa y un pequeño altar iluminado de velas donde quema hierbas envueltas por ella misma con hilo blanco. En el altar está el Negro Felipe, Ganesha, la Virgencita del Cobre. La China está sentada en su trono, sofocada de humo y calor, echándose aire en sus descomunales tetas.

Me habla de su infancia, que contó con antepasados astrólogos, místicos, chamanes, espiritistas, alquimistas; todos con una historia estrechamente ligada a la locura que le recriminaban los demás, en colegios crueles con amigos despiadados. Siempre tuvo la noción de que la demencia era una cosa distinta a lo que ella era, y aunque no lo fuera, siempre prefirió rezarle a su locura.

Su primer amor, y primer esposo, fue un moreno corpulento diestro en las artes de la adivinación. Con su nuevo esposo ha compartido los últimos 25 años, hablando de los miedos que viven dentro de las personas que acuden a ellos. Al miedo lo llaman Presencia, porque el mal siempre viene de afuera. En la noche, cuando el miedo viene a ella y le habla a través de sueños llenos de tortura, prende las velas y agarra su rosario.

Vuelve a quemar las hierbas en la vela y me habla de la maldad, de cómo María Lionza no resguarda el bien y rechaza el mal, sino que lo abraza todo. Como buena diosa de los desprotegidos, de las minorías vencidas, de los raros, de los incomprendidos, de los solitarios, de los distintos, acepta todo y te ayuda a entenderlo todo. Me habla de la corte Kalé, la corte malandra, y de la bondad que marca la vida de estos delincuentes. Entender la maldad a partir del contexto. Aun así, me habla de los brujos negros, de los brujos rojos, de los brujos blancos. Unos se dedican al bien y otros al mal. A veces pensamos en matices y a veces no.

Se ha sentido siempre amparada por su poder y su visión infalible del futuro, excepto cuando murieron sus padres. No vio nada, no sintió nada y lo consideró como una traición fatal. Negó por muchos años de la bondad de Dios. Le gusta el poder que le da su visión y las experiencias humanas la alejan de la fe.

La China tiene un sueño recurrente que no ha cambiado con el pasar de los años. Se encuentra atrapada en una casa grande, llena de habitaciones vacías. Teme que esta casa lúgubre y desierta sea su vida. Confiesa que la esterilidad sería su peor castigo.

Me cuenta de su vida con la oratoria de un político que no quiere decirte la verdad. Ha hecho muchas entrevistas antes. Quizás por influencia de Artaud, conoce el elemento mágico del gesto. Ser complaciente siempre es importante.

Le digo que necesito su ayuda para saber algo vital. Algo que creo que corre por la sangre de las mujeres de mi familia. La China me agarra la mano con los ojos cerrados y empieza a recitar: larga vida, tratamiento médico a seguir, eres una persona noble, sensible, susceptible, romántica, tímida. Habla pero no me dice nada.

Me despido y al abrir la puerta veo a una mujer semidesnuda, arrodillada en el piso aceitoso, con las manos atadas a su espalda. Llora desconsolada y tiembla mientras  tres brujos vestidos de rojo le lanzan humo espeso de tabaco en la cara. Alrededor las motos salen y entran, y nadie pareciera percatarse de la desesperación de la mujer desnuda. No se puede respirar. Los brujos empiezan a rezar con la mirada fija en los pezones rosados. Afuera los perros pelean. De repente solo hay tristeza.

La China dice que muchas cosas en la vida no son ver para creer, sino creer para ver.

Quizás.

 

Originally posted 2015-06-29 06:30:48.

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