¿Quién es el protagonista de la muerte de mi tía Mariela?, por Isabella Reimi

¿Quién es el protagonista de la muerte de mi tía Mariela?, por Isabella Reimi

La muerte es de esos temas que siempre acompañarán nuestro tránsito por la vida. Se trata del único viaje del que no volvemos y el único que no podemos hacer en compañía de nadie. La muerte nos recuerda, ocurra cuando sea que ocurra, que vinimos solos a la aventura de la vida y que, por tanto, solo debemos cruzar ese umbral. He allí la fascinación que produce. Es algo que signa nuestra existencia y que tarde o temprano hará su aparición. Por eso, todos algún día pasaremos por la circunstancia de despedir a un ser querido. Esa experiencia nunca nos deja indiferentes y sí, en cambio, llenos de preguntas. Es el caso de este emotivo texto de Isabella Reimi, quien es estudiante de Comunicación Social en la UCAB. Héctor Torres.

La mejor amiga de mi mamá, mi tía Mariela, se enfermó de cáncer. Su tumor cerebral “benigno” avanzó sigiloso como serpiente, hasta que en la semana de su muerte había mordisqueado todo su cuerpo. Tenía metástasis en el hígado y un tumor sangrando. Su condición era terminal.

Mi mamá vivó todo el avance de la enfermedad y nos mantuvo siempre al tanto. En sus últimos días la visitaba junto con su otra amiga buena, Gaby. Iban a inyectarla, bañarla y llevarle las medicinas que se consiguieran, siempre despidiéndose “por si acaso”. Pero finalmente mi tía tuvo que ser llevada por última vez a la clínica, y al día siguiente de su ingreso, mi mamá me llevó a despedirme.

Cuando la vi, tenía muchos deseos de llorar, pero forcé en mi mente una represa para mis ojos. Era la primera vez que se me permitía confrontar una situación similar. Mi tía estaba muy hinchada por la melatonina, llena de morados, con el pelo cortiquito y casi irreconocible, hasta pensé en una primera impresión que era mi tío Alirio. Yo estaba tímida ante la situación y solo la miraba mientras mamá la atendía, ella tomó la iniciativa:

-Hola -me dijo.

-Vine a visitarte…- le respondí rápido yo.

-Gracias, mi amor -me contestó con su voz temblando.

-Tú fuiste a visitarme también…- le dije ya con los ojos aguados.

Esperaba que se recordara de cuando tuve un accidente en el que me atropelló un carro, y ella me llevó ponquecitos a la clínica. Aunque también me refería a que me fue a visitar cuando me hospitalizaron veintiún días por una neumonía a mis tres años. Y hasta cuando nací prematura, y era tan chiquita que a mi mamá le daba pavor inyectarme, y fue mi tía quien lo hizo todas las veces. Continué:

-…Así que en verdad a lo que vine fue a darte las gracias a ti.

Esperé una respuesta, pero ella solo se tocó los labios intentando arrancárselos, y mi mamá comprendió que los tenía resecos. Yo tenía un humector de labios y se lo di a mi mamá, mi mamá se lo puso y me regresó ese tesoro que usaría una vez más en otro momento. Yo lo guardé, pues quería conservarlo de recuerdo, pero al final opté por botarlo… simplemente para evitar ponérmelo en un despiste, olvidando que lo usó mi tía Mariela en su lecho de muerte.

Así que me senté a solo verlas mientras mi mamá la acariciaba suavemente y le decía cuánto la amaba. Ella le respondía solo a mi mamá y hasta le preguntaba cosas de vez en cuando, preguntaba qué estaba haciendo, por ejemplo, cuando mi mamá se alejaba de la camilla.

Mi mamá la entretenía contándole historias, recuerdo bien una de un loco que se había metido a la clínica mientras mi tía estaba en emergencias, mi mamá se lo contaba como cualquier otro chisme de cualquier otro día, me pregunto si sabría que sería el último.

Recuerdo también el tema con el nebulizador que mi tía Mariela se quería quitar, y mi mamá la detenía.

-No, Mariela, no te lo puedes quitar, mi niña. Te lo quitará el médico cuando venga -decía con mucha ternura y preocupación, como si estuviera evitando que lo indetenible pasara.

Siempre me intrigó ese acto de amor

Ese día vi muchas caras desconocidas que se acumulaban poco a poco. La suegra de su sobrina fue a verla, y Jaime, el simpatiquísimo ex esposo de Gaby y la cuñada con su esposo. En algún momento la habitación se llenó de familiares indirectos, tal vez sustituyendo a los hijos que Mariela nunca tuvo. Por su parte, mi tío Alirio fue a saludar con un abrazo a todos que ahí estábamos, aguantando el llanto y sin mirar a la camilla, y encontrándose náufrago entre nuestras lágrimas, se fue de nuevo a ahogarse en un café.

Llegó un médico alegre unos diez minutos después, y para examinarla nos pidió que nos retirásemos:

– ¿Quién es su familiar más directo acá? -preguntó.

-Yo -contestó sin vacilar mi mamá.

– ¿Quién es usted, la hija? -preguntó.

-No. Soy como la hermana -sentenció, mientras los otros salíamos.

-Es mi hermana -le oí a mi tía contestar antes de que cerrara la puerta.

Cuando el doctor se fue, entré a la habitación acompañada de un grupo nuevo de extraños.

-Mira quién está aquí -dijo mi mamá.

 Se refería al conserje del edificio de mi tía, que trajo con ella unos tres amigos, que luego concluí venían de una iglesia cristiana. Una mujer se le acercó y gritando comenzó a contar la historia de su vida, y su relación con el Señor, un soliloquio sobre la Palabra y la escatología. Mientras mi mamá tragaba sus prejuicios, terminó la doña con una oración ruidosa, muy ruidosa, acompañada de los rezos a muchas voces de los demás del grupo.

-Está muy cansada -le dijo mi mamá a la pintoresca cristiana.

– ¿Estás cansada, Mariela? -le preguntó en un alto volumen.

-Sí -tradujo mi mamá.

Entonces se despidió la cofradía y se fue. En ese momento empecé a escribir esto en las notas de mi teléfono, mientras era juzgada por chatear en tan solemne ocasión, irrespetando la pérdida de todos, mientras mi tía cerraba sus ojos.

Su otra hermana, la biológica, llegó de último, y mi mamá le contó lo que había dicho el médico. Yo seguí escribiendo, y cuando me di cuenta estaba sola con la hermana biológica. Entonces me fui para dejarle tener con Mariela un último momento a solas, como lo había tenido con mi mamá. Rato después mi mamá volvió a entrar. Estuvo unos diez minutos, y salió con mi cartera, pero yo me devolví con urgencia a despedirme, asegurándome un último momento especial con mi tía, esperando un grand finale. Le di un beso y le dije que la amaba, le di las gracias por todo, ella solo dijo chao.

Ese no fue el día de su muerte. Para mí sí, claro, porque ya me había dicho su última palabra. Para mi mamá, no: a la mañana siguiente volvió a despedirse una vez más, dejándola viva, y aquella noche Mariela murió. Alguna vez me quejé de que murió sola, pero hoy no me cabe duda de lo que se llevó consigo.

 

Comentarios

Comentarios

Close Menu

Roda Saab Ganam. Empresario parte del entramado de Samantha Gray.
Highfrancys Herrera. Empresaria parte del entramado de Smanatha Gray y Candidata a la Asamblea Nacional por el PSUV.
Mary Luz Gianetti. Empresaria parte del entramado de Samanta Gray.
Samantha GRay en la portada de la revista Caracas dónde confirmaba su relación con Graterón.

Comentarios

Comentarios