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[pullquote]Alguien dijo en una ocasión que todas las historias se podrían reducir a las aventuras y desventuras de un individuo en pos de alcanzar sus metas, de las cuales está separado por el hondo abismo de unos obstáculos. Y esos abismos, cuya secreta misión consiste en revestirnos de la coraza que nos permitirá sobrevivir en el azaroso camino de la vida, adquieren las más impensadas formas. Oscuros maestros en un complicado arte que debemos ejecutar con elegancia: crecer. Al enfrentar uno de esos obstáculos, al protagonista de esta agridulce historia le tocaría entender que lo punk, más que un movimiento, es un modo de ir por la vida. Su autor es el periodista Johann Starchevich. Héctor Torres[/pullquote]

 

Tal vez se asustó cuando logró entrar al círculo. Sintió en sus entrañas una fuerza oculta que disparó su adrenalina en segundos. Todo lo que veía era nuevo. Chicos y chicas que rozaban sus cuerpos pegajosos por el sudor, la saliva y algo de sangre le dieron la bienvenida. Los golpes y los empujones que lo catapultaban de un extremo a otro del salón, vinieron luego. Le impactó cómo las niñas de 14 años jadeaban tras chocar violentamente sus cuerpos. Era imposible escucharlas por el ruido que envolvía el lugar. Guillermo obedeció a su instinto: gritó, lanzó patadas y golpes al aire, pero todo fue en vano. Comprendió que lo mejor era entregarse al entorno. Y es que tener doce años, y bailar slam en su primer concierto de punk, fue para Memo el momento más divertido y memorable de su vida.

Pero parémonos aquí para entender que es lo que acabamos de decir:

El slam es un baile (en realidad no lo es) que consiste en saltar y chocar los  unos contra otros, al ritmo de la música alrededor de un círculo formado espontáneamente en los conciertos de rock. En Venezuela se conoce esto como olla. Parece  tener sus inicios en la música punk, y su invención se atribuye a Sid Vicious, bajista de los Sex Pistols (es como si Carlos Gardel hubiese  sido el primero en bailar tango, Oscar D’  León  salsa o Daddy Yankke  reguetón). A pesar de su naturaleza violenta, el slam no tiene la intención de agredir y tiene una máxima: si estás dentro de la olla, descarga toda la energía que tienes por dentro.

Y precisamente eso fue que hizo Guillermo para sobrevivir en la olla. En tres oportunidades se coló en esa zona cero dominada por unos tipos poseídos en esa suerte de mal de sambito colectivo. Cada una llegó a ser una experiencia astral. Religiosa, me corregiría con el tiempo, al comparar esa “primera vez” con los sacramentos de la iniciación católica que lo obligaban a estudiar en el colegio.

 

Memo recuerda la primera entrada de la olla como la Bautismal. Allí recibió los respectivos flujos corporales de sus compañeros entre brincos y empujones. La segunda dice que fue la Comunión, la más rápida y violenta. Al momento de colarse en la tángana, recibió la patada de un gigantón que se estrelló en su riñón izquierdo. El impacto lo llevó al suelo, pero como buen preadolescente raquítico,  sacó las fuerzas de sus huesos para pararse y decidirse a ejecutar su tercer y último intento. Este lo llama la Confirmación. Vuelve a ingresar lanzando patadas al aire. Allí choca con el mismo gigantón que lo empuja y lo lleva de un tirón al  sitio desde donde inició su andanada.  Memo no retorna de pie sino que pega el cachete con el suelo. Ahí observa unas lustradas botas vinotinto. Unas Doctor Marteen’s para ser exactos.  Siguiendo la lógica, el chico esperaba que una patada le destrozara la nariz. Pero no fue así. Lo toman fuertemente del brazo y se levanta. Creía que era su primo que le servía de chaperón en el concierto, pero se volvió a equivocar. Totalmente aturdido vio que su salvador resultó ser una chica, quizás dos años mayor que él. Sintió que se le paró el reloj. Vio  a la mujer con el cabello más rubio de todos, con los ojos más grandes y más azules que todos, con unas pecas que parecían colocadas cuidadosamente en su rostro y con una dentadura tan imperfecta, que al final enternecía. “¿Estás bien?”, entendió en medio del ruido. Memo logró asentar la cabeza sin soltar palabra, aunque en  su mente se le disparó una ráfaga:

ClaroquesímividaSalgamosdeaquiCasémonosViajemosaChoroníyvivamosjuntosparasiemprefrentealmar.

Ella sonrió, él se ruborizó, aunque la oscuridad no delató esa señal. Por suerte, se enteró que ella estaba en un grupo de conocidos. Entre canción y canción, su primo Daniel le explicó que era holandesa, que estaba en Caracas de intercambio estudiantil y (…¡Zaz!…), estaba viviendo en su casa. Desde que fue salvado por la niña rubia, Guillermo no se separó. Todo canto y brinco de él, se ejecutó a menos de 50 centímetros de ella. Sus  movimientos parecían partículas libres en un gas. Aunque fue por dos horas, todos los asistentes a esa la sala estuvieron más fuertes, vivos y despreocupados que nunca. Todos terminaron amoratados y felices. Tal vez  la ciudad y la vida no eran tan aburridas como cada uno de ellos pensaba.

II

Memo siempre estuvo atraído por todo ese rollo punk. Pudo ser  la marcada influencia (para bien y para mal) que ejerció Daniel explicó ese interés por la música, los piercings, las crestas engominadas, los vicios tempranos y una actitud bien plantada ante todo lo que significada la autoridad. Pero había algo que le impedía convertirse oficialmente en un outsider: la edad.

El concierto matiné anunciado por la radio en octubre de 1991 de Sentimiento Muerto en la Asociación Cultural Humboldt de San Bernardino se convirtió para Guillermo en una vía de escape de dos canales: por una buscaba despedirse de una infancia no muy feliz y, por la otra, dar la bienvenida a  la adolescencia por la puerta grande. ¿Y quién dijo que tener doce años era fácil?

Memo maquinó todo un plan para ir ese día. Jugó todas sus cartas. La mentira y la persuasión fueron dos de ellas. Su objetivo era, en realidad, dar inicio formal a una nueva vida. Y para ello, tuvo que convencer a Daniel para que se convirtiera en su salvoconducto para que lo dejaran ir solo al concierto. Solo por tener tres años más que él, su primo se convirtió en una necesidad para la ocasión. La compra del ticket fue otro ítem negociado con la familia. El plan estaba perfectamente diseñado, pero siempre (siempre) hay algo que falla. Y para Guillermo el hilo que no movió por falta de información, terminó siendo una jugada para olvidar.

El toque abrió para Memo una nueva oportunidad que no estaba en sus planes y que no podía desaprovechar. Daniel y sus amigos pensaban ir luego a una casa, en la que obviamente iba a estar la niña holandesa. Cerveza, música y cigarros estaban incluidos en el paquete. Su primera noche punk estaba a punto de arrancar. Sin embargo, una voz lo abortó todo. Una que sonaba tan familiar y a la vez tan inoportuna que cerró de un trancazo la anhelada puerta de Memo para renacer.

-¡Memo, Memo, sube mi amor!…. se oyó desde la ventana del conductor de un Malibú blanco a su tía Chela. Ella estaba estacionada en toda la salida del auditorio, esperando la salida de su único sobrino. Su voz chillona era inconfundible y su afro color lava también. En medio de esa pelambre, sobresalía otra blanca. Era la de la perra Cotufa. Una poddle que jadeaba y salivaba tanto como una orgía en una película porno. El impacto de la escena no evitó que Memo divisara al copiloto: era su mamá.

Ni en su peor pesadilla, pensó. Cuando escuchó las carcajadas de los amigos de Daniel y de todos los gigantones de la olla, Guillermo supo que no podía voltear. Sabía que detrás de él estaba la holandesa y en medio del tumulto, su primo. Siempre estuvo convencido de que la rubia se estaba riendo a carcajadas de cómo este aspirante a punk era buscado por su mamá, su tía y una mascota para llevarlo a casa.

-Ahhhhh, sóltó el niño hundido en la resignación. En ese momento, Guillermo se dividió en dos. Uno que entró cabizbajo a la puerta trasera del carro y, otro, que se diluyó por una alcantarilla junto a su vergüenza.

-Como no sabíamos cómo te ibas a venir, pasamos. Daniel me había pedido que te buscara, explicó Chela con su pelo encendido.

Respiró y no soltó palabra. Guillermo maldijo mil quinientas veces a su chaperón. Bajó la mirada y la subió después de asegurarse de haber salido de San Bernardino.

-¿Conociste la novia de Daniel? ¿A la holandesa? Se está quedando en casa.

El otro comentario significó para Memo un golpe más duro del que sintió en la olla. Ahora es que pudo atar cabos… ¡Hijo de puta!..

 

Tal vez por ese don de captar esas señales invisibles que muestran los hijos, la mamá de Memo le preguntó desde el retrovisor.

 

-¿Todo bien?

 

Guillermo subió la mirada y la enfocó al retrovisor. Allí, vio a su madre e hizo un gesto que, sin saberlo, terminó siendo realmente punk.

 

Sonrió mientras lloraba por dentro.

Originally posted 2015-08-03 06:34:13.

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