La vida puede ser un susto suspendido, una llamada rompiendo la rutina de una mañana, encapotando nuestro propio cielo. La vida puede ser una angustia, un camino que requiere tomar aire para atravesarlo sin desfallecer. La vida puede ser una despedida que no fue, una frase que se atoró en la garganta. La vida puede estar llena de pasajes truncos, de parcialidades rotas, pero siempre estarán al fondo los afectos, esa suma favorable que nos ofrece consuelo ante lo que no comprendemos. Este hermoso texto habla de una despedida que no fue, pero también de la paz de la gratitud ante lo vivido. Susana González Rico, su autora, es profesora del Instituto de Medicina Tropical de la UCV

 

Aquel parecía ser el amanecer de un día cualquiera. Terminaba enero y la casa se acostumbraba de nuevo a la rutina matinal. Los niños se cepillaban los dientes, mientras mi esposo se vestía y yo preparaba las loncheras. Olía a café y a mañana. El sonido del teléfono me sobresaltó. Las llamadas a tan tempranas horas son siempre un mal augurio, porque las buenas nuevas pueden esperar hasta las ocho. Pensé que se trataba de la señora del transporte, que había tenido algún percance y mientras me acercaba al teléfono empecé a coordinar en mi mente el plan alternativo para llevar a los niños a la escuela.

Me sorprendió escuchar la voz de mi mamá al otro lado de la línea. Intentaba en vano parecer tranquila, pero su voz tenía gusto a lágrimas contenidas.

-Hola nena. ¿Cómo estás?

-¿Qué pasó? —pregunté alarmada sin dar respuesta a su pregunta.

-¿Ya mandaste a los niños al colegio?

-Estamos en eso. Dime, ¿qué pasó?

-Es que tu papi no se siente muy bien. Creo que deberíamos llevarlo a la clínica. ¿Tú puedes venir a buscarnos?

Mi corazón dio un brinco. Muy mal se debía sentir mi papá si había accedido a ir a la emergencia de una clínica.

-Claro mami. ¿Pero cómo que se siente mal? ¿Qué tiene? ¿La tensión?

-No, no es la tensión. Está muy débil y pasó mal la noche.

-¿Tiene fiebre? ¿Le duele algo?

-No, nada.

-Bueno, quédate tranquila. Mando a los niños al colegio, me visto y voy a buscarlos. Váyanse preparando.

Colgué y le comenté a mi esposo mi preocupación, que él también compartió, ofreciéndose de inmediato a acompañarme.

Mil pensamientos cruzaban mi cabeza acerca de lo que podía estar pasándole a mi papá. Lo había visto la semana anterior, y parecía estar muy bien. Mi padre siempre ha sido muy fuerte. Sobrevivió a dos cánceres distintos, y en años recientes, a un accidente donde una moto que circulaba en sentido contrario lo atropelló cuando cruzaba la calle. Para aquel momento tenía ochenta y un años e iba todos los días al gimnasio en transporte público. En el accidente se golpeó la cabeza con la acera, pero no se rompió ni un hueso. Cuando lo ingresaron al Hospital de Clínicas Caracas, los médicos de la emergencia me dijeron que nos preparásemos para lo peor, porque a su edad era poco probable que sobreviviera a un golpe como ese. Veinte por ciento de probabilidades, me dijeron. Aquel accidente dejó sus huellas: lo envejeció y lo debilito. Afectó su carácter alegre y activo. Perdió la confianza, y andaba asustado de todo. Pero sobrevivió y luego de más de un mes hospitalizado volvió a casa por sus propios medios, recuperando sus disciplinadas rutinas de yoga y caligrafía.

Por eso me costaba entender qué podía haberlo enfermado tan de repente, y trataba de imaginar los posibles escenarios. Un infarto, un ACV, una crisis hipertensiva. Pero lo que me encontré al llegar al viejo apartamento de La Candelaria me hundió el corazón. Mi padre, demasiado débil se había desplomado en el pasillo cuando regresaba del baño a la habitación, y mi madre, incapaz de levantarlo, intentaba en vano  arrodillada a su lado subirle el pantalón. Él estaba muy pálido. Ella lloraba. Entre todos, logramos levantarlo y sentarlo en una silla para poder terminar de vestirlo y moverlo. Él estaba consciente y me decía “Qué bueno que viniste”.

Para completar el cuadro, el ascensor que atiende el piso donde está el apartamento no funcionaba y había que bajar al piso inferior por unas estrechas escaleras de caracol. Tuvimos que pedir ayuda a un vecino, pues no podíamos entre dos personas con su peso. Yo iba diciéndole todo el tiempo que no se preocupara, que todo iba a estar bien, pero creo que me lo decía a mí misma más que a él. Estaba asustada. Bajamos en el ascensor y lo montamos en la parte de atrás del carro, con mi madre a su lado, dirigiéndonos al Hospital más cercano, que está a unos diez minutos. Mi madre iba hablándole todo el tiempo, y acariciándole el rostro, mientras al tiempo intentaba contarnos cómo el día anterior él había estado bien, aunque se había quejado de sentirse algo cansado, y cómo a lo largo de la noche se había deteriorado rápidamente.

Llegamos a la emergencia y en un instante desapareció en una silla de ruedas, a través de unas puertas de cristal, atendido con diligencia por un ejército de médicos y enfermeras.
Esa fue la última vez que ví a mi padre consciente. Nunca imaginé que al día siguiente sostendría su mano mientras respiraba por última vez. Una infección lo devoró en menos de cuarenta y ocho horas y no hubo forma de detenerla. De haber sabido ¿qué le hubiera dicho? ¿Qué hubiera sido distinto? ¿Cómo habría podido despedirme de él? A menudo en las noches me despierto con la imagen de aquellas puertas de vidrio que se cierran, y pienso en como todo puede cambiar frente a nosotros en un instante. Pienso en la impotencia que nos causa la muerte. Entonces busco consuelo en la idea de que todo fue rápido, que no sufrió, y que nosotros sufrimos su ausencia, pero no su agonía. Y entonces agradezco a la vida el inmenso privilegio de haber sido su hija hasta el último instante.

Originally posted 2015-11-23 14:55:43.

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