Nunca se habrán contado suficientes historias de amor, así como nunca dejarán de sucederse historias acerca de los apremios y las desventuras del amor. Ese momento en que dos desconocidos cruzan miradas, abre las puertas de un infinito catálogo de sensaciones y situaciones que, por más que sólo prometan anhelos e ilusiones, no están a salvo de las desventuras. Por una mudanza, una historia de esas que corren de boca en boca entre los miembros de una familia, cuenta en tono de leyenda con final de estampa, una historia ocurrida en el Chacao de los años cincuenta, pero podría ocurrir en cualquier momento. Deanna Albano, su autora, es psicólogo. Héctor Torres.

Hace sesenta  años Chacao era una bucólica urbanización de la ciudad de Caracas, apacible territorio  que se había convertido en productiva zona cafetalera de gran importancia en la época colonial. Sin embargo, por su ubicación privilegiada, las haciendas, poco a poco fueron sustituidas por edificaciones, cada vez con mayor frecuencia. En esos tiempos casi todos los vecinos se conocían  y estaban pendientes de los recién llegados.

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Una tibia  tarde,  del mes de mayo del año  mil novecientos cincuenta y cuatro, en una esquina, un  joven uniformado observaba un camión del cual  dos hombres bajaron una mesa grande, unas sillas, dos camas y varios enseres que  le hizo suponer que  tendría nuevos vecinos.

Advirtió cuando una jovencita  cargaba, con mucho esfuerzo, una caja.

—Señorita, ¿me permite ayudarla?

Ella tímidamente alzó la vista y se encontró con unos ojos negros, tan negros que parecían dos abismos, de largas pestañas, con un brillo extraordinario, ojos que se clavaban en su rostro con una expresión romántica, grave, risueña.

— Si, por favor —contestó la chica, con voz tenue.

— Me llamo Jesús.

— Yo, Luisa.

En la noche, la muchacha apoyada en el marco de la ventana y observando las estrellas, se acordaba de esa mirada, en una cara cetrina. Por su parte Jesús, cadete de la Marina Mercante, de diecisiete años, evocaba la grácil figura de pelo rojizo, y sus ojos color avellana, con pequeñas manchas doradas.

Luisa vivía con su madre bastante enferma, y esa había sido la causa de la mudanza, vivir en un primer piso, ya que la señora no podía subir escaleras, y por ser un lugar mucho más céntrico que el apartado pueblo de La Guaira, de donde venían.

La  joven, de diecisiete años, se dedicaba a la costura, ya que se vio obligada a abandonar los estudios para solventar problemas económicos, sin contar con familiares cercanos. Su única diversión consistía en hacer las compras necesarias.

El siguiente fin de semana Jesús se apostó en la esquina, y cuando Luisa lo vio desde la ventana, bajó precipitadamente pero, al llegar a la puerta se detuvo, el corazón enloquecido, las manos sudadas, se arregló el cabello, se alisó el vestido, se sintió a punto de desfallecer.

Para los  adolescentes, la semana se hacía eterna, las horas lentas pausadas. Ahora Luisa solo realizaba las compras los fines de semana, a menos que hubiese alguna emergencia de su mamá.

La  pequeña plaza  fue testigo de sus encuentros furtivos. A la sombra del hermoso mijao, el idilio creció sano y fuerte. La miel del amor se confundió en sus labios de adolescentes con la miel del jugoso mango. Los besos clandestinos, roces de mano, ya no eran suficientes y la necesidad de estar juntos fue un imperativo. Cuatro años fueron bastante para tomar una decisión: casarse, asumir una familia, ya que ambos eran mayores de edad.

Sin embargo Jesús necesitaba un permiso de su superior. Era un excelente estudiante, obtenía notas sobresalientes, pero el permiso fue denegado.

Tendrían que esperar un año, para cuando el muchacho se graduara. ¡Imposible!

Los enamorados decidieron desposarse de todas maneras. Jesús planificó cuidadosamente todos los detalles. Desertaría por cuatro días.

El primero, la boda por civil; el segundo, la boda por la iglesia y el tercero y cuarto la soñada luna de miel. Él se entregaría al quinto día. El solo imaginar que al fin permanecería junto a su amada  lo llenaba de felicidad, aunque fuese por pocas horas.

Por su parte Luisa, mientras cosía su traje, con ágiles puntadas, matizaba los realces en blanco, bordando con menudas perlas, pequeñas flores con media hoja en relieve y media en sombra, cavilaba, con cierta aprensión, sobre esa primera noche que  vivirían  juntos.

El día de la boda llegó un mensaje. “La policía militar va a detenerte a las siete de la noche”. De toda carrera, hablaron con el cura, quien apresuradamente los casó dos horas antes. Al salir de la iglesia seis guardias conminaron a Jesús a acompañarlos y lo subieron a una jaula.

Los habitantes de Chacao se sorprendieron al ver una joven con traje de  novia y un lindo sombrero correr detrás de la camioneta, llorando, con las manos extendidas.

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Originally posted 2016-04-04 10:57:22.

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