El que sale cada mañana rumbo al trabajo nunca volverá a casa indiferente, ya que la calle siempre le venderá una historia que se cobrará del menguado saldo de la tranquilidad. Así se vive en nuestras ciudades. Así se vive en nuestros tiempos. Y el arte, que es una antena de la época que le toca vivir, no puede hacer otra cosa que poner imagen y sonido a eso que todo el mundo siente pero que no todo el mundo sabría expresar. La protagonista de este relato atraviesa su rutinario camino al trabajo escuchando Por estas calles, sin saber que será la banda sonora perfecta para el momento que le depara esa mañana. Su autora, Lennis Rojas, dirige el Premio de la Crítica en Venezuela

. Héctor Torres.

Salgo de la estación a las ocho de la mañana. Me recibe el ruido de la gente y la calle, un poco más vacía al empezar la temporada navideña.

A veces me gusta creer que puedo mirar todo desde lejos, como quien se distancia un poco del cuadro para tener una mejor perspectiva de dónde pondrá la próxima pincelada. Entonces me pongo audífonos y escucho música mientras camino por calles que, de tan andadas, son parte del paisaje cotidiano. Es así como al salir de la estación busqué el teléfono, los audífonos y después de dudar entre Demon days, de Damon Albarn,  y La quema, de Famasloop, opté por el que mejor cuadraba con mi ánimo de la mañana o, quizá, con el que he estado pegada después del concierto de la semana pasada.

Suena Luciérnaga. La escucho mientras cruzo la avenida Rómulo Gallegos desde el Centro Comercial Milenium hacia la panadería y reitero lo mucho que me gustan sus arreglos. Una canción para escuchar sin perder detalle. Subiendo por las primera cuadras de la avenida Sucre noto que el tráfico ha bajado en apenas un día que llevamos de vacaciones. Vuelvo a Luciérnaga y luego a los primeros acordes de Choro dance. Me sumerjo en lo poderosa que es esa canción. Famasloop recoge el espíritu de estos tiempos y estos son tiempos violentos. La calle, el discurso gubernamental, son cosas que se reflejan bien en sus discos. Creo que cuando se escuche La quema dentro de diez años, se podrá entender cómo era este momento: creativo pero muy violento.

Atravieso Centro Parque Boyacá cada mañana para ir hacia el trabajo. Son los caminos verdes de todos los días. Me permite ganar un par de minutos en mi caminata. Allí, cuando voy atravesándolo, comienza a sonar la versión de Por estas calles. ¿A quién se le ocurrió hacer esa mezcla entre tecno y merengue para la hermosa canción de Yordano y, que en el camino, no perdiera nada de su belleza? Recuerdo a Alaín bailando  con el público en el pasado concierto mientras cruzo la transversal que me lleva a la calle Los Mangos. Por estas calles es un producto sin fecha de vencimiento.

Camino de prisa, quiero estar en la oficina antes de que termine la canción.
En la vuelta en U que hay unos metros más adelante veo retornar al motorizado que acaba de pasar a mi lado. El frío que me sube desde la cadera hasta la nuca me dice que es conmigo, y ese tipo de intuición nunca falla. Lo veo venir. Entonces contemplo la calle: sola y no como esa animada fiesta que suena en mi cabeza. No, no estoy en el concierto y Alaín no baila a pocos metros de mí. Sino que la puerta del edificio al que voy está a escasos metros de donde el motorizado de suéter gris y guantes rojos me intercepta. Dice algo que no escucho y, un poco para alargar el trámite que se avecina, me quito uno de los auriculares y le respondo “¿cómo dices?”. “Pégate para allá”, repite con la llaneza del que se sabe en control, mientras continua sentado sobre su moto. “Dame el teléfono”, agrega.

Mi teléfono está dañado. Mi teléfono está en casa y no sé si tenga reparación. El que cargo es un préstamo. ¿Cómo le digo a quien me lo prestó que me robaron su teléfono? ¿Cómo voy a hacerle seguimiento algunas cosas sin este teléfono? ¿Cuánto me va a costar  un teléfono nuevo? Le digo entonces como quien se conduele del esfuerzo perdido de alguien “Ay, chamo… Este es un pobre Samsung” abriendo el bolsillo de mi cartera y mostrándole el modelo pocket que tengo en préstamo en estos días.

Se lo extiendo, después de quitarle los audífonos. Lo mira y me pregunta “qué más tienes ahí”. Nada, le digo con honestidad, pensando que acaso tendré trescientos bolívares en efectivo. Una puerta se abre en la acera de enfrente y el motorizado me dice “guárdalo, dale” mostrando, con una leve inflexión en la voz, que casi está ofendido. Se va. Yo apresuro los pocos metros que quedan y toco el intercomunicador que se abre de inmediato. Entro sin terminar de creer mi suerte.

Una vez en la oficina siento ganas de llorar. Mis manos parecen ajenas en su temblor. Me asusté. Pero también tengo rabia cuando comento el incidente a mis compañeros y ellos llaman a otros que aún no han llegado, para alertarlos. Mientras intento calmarme, me doy cuenta de que en mi cabeza suena “Por eso cuídate de las esquinas, no te distraigas cuando caminas, que pa’ cuidarte yo sólo tengo esta vida mía” en el tono guapachoso de Famasloop. Río nerviosamente y todos me miran preguntando sin hablar. Enciendo el teléfono y, levantándolo frente a mí, les muestro. Esto era lo que sonaba, les digo.
Y la ciudad nos da la razón. A Yordano, a Famasloop y a mí.

Originally posted 2015-12-23 13:10:06.

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