Los días de la infancia nos traen recuerdos llenos de complejas sensaciones, como si viniesen de otra vida o de otro mundo. Distintas eran las medidas, distintas las distancias. Había un brillo especial en todo cuanto nos resultaba desconocido. Buena parte de nuestras percepciones sobre el mundo vienen de esa época tan lejana a lo que ahora somos, dejándonos la certeza de que la vida no es sólo lo que ahora vemos, sino lo que entonces creímos. Saber aprovechar esa maravilla paga la melancolía de saber que más nunca volveremos a esos parajes con esa mirada. De eso va esta hermosa historia sobre una visita a una discotienda. Natalia Gan, su autora, es licenciada en Estudios Liberales con maestría en Relaciones Internacionales. Héctor Torres.

—Ocho, nueve, diez… ¡once!
Estaba aprendiendo a contar y no dejaba pasar ninguna oportunidad para practicar. En este caso, estaba subiendo unas escaleras. Tenía agarrada la mano de mi papá, cuyo apoyo me ayudó a saltar el último escalón. Alcé la cabeza muy alto, encontré su mirada y sonreí. Me encantaba acompañarlo adonde necesitara ir.
Entramos. El lugar era inmenso. Los únicos muebles eran unos estantes que iban del piso al techo y estaban saturados de unas cajitas bien apretadas. No tenía muy claro qué eran y por qué las personas que ahí estaban, las sacaban y miraban en silencio.
Mi papá hablaba con un señor que parecía saber más sobre las cajas que los demás. Lo llevaba de estante a estante y le mostraba una, dos, tres, cuatro cajas. Mi papá las inspeccionaba y pensaba.
Asintió con la cabeza, tomó una y se la dio al señor que sabía. Éste caminó hacia un aparato negro y luego abrió la caja. Sacó con los dedos un círculo plateado que brillaba como un arcoíris. El señor, con un dedo, empujó el círculo en un hueco del aparato negro y luego desapareció.
Sin advertencia, un sonido fuerte, tan profundo como un pozo sin fondo, bravo inclusive, estremeció todo el lugar. Me quedé inmóvil. No tenía miedo, simplemente no sabía lo que era. Nunca había escuchado nada así. Abrí los ojos lo más que pude para mirar nada en particular. Creo que observaba mis pensamientos. Me paré en puntillas, haciendo equilibrio con las manos. No quería poner al sonido más bravo de lo que estaba.
—¿Qué es eso?

—¿Lo que suena? Música.

—Es una música grande.
Me pareció que la música se hinchaba y crecía hasta alcanzar el techo. Llenaba el lugar inmenso sin dejar ningún rincón vacío. No satisfecha con invadirlo todo, salió por las ventanas y siguió elevándose hacia el sol.
Al rato la música se puso más amable, casi como si estuviera riendo. Subía, bajaba, iba más rápido y luego más lento. Me la imaginaba caminando cuesta arriba en una montaña para luego correr hacia abajo.
Los sonidos hablaban entre sí: se hacían preguntas y respondían. Quise ser parte de la conversación. Uno, dos, tres, cuatro. Empecé a mover mis pies. Cerré los ojos. Uno, dos, tres, cuatro. Mi torso se unió. Me movía hacia la derecha y a la izquierda. Uno, dos, tres, cuatro. Mis brazos flotaban en el aire y hacía círculos con las manos.
Yo también me elevaba.
De pronto, silencio. Abrí los ojos. En cámara lenta vi cómo todo regresaba a la normalidad. Una, dos, tres, cuatro personas me observaban desde las alturas con sonrisas en sus rostros. Aplaudían.
Corrí hacia mi papá y abracé su pierna con fuerza. Su risa lo hacía temblar. Me cargó y hundí mi cabeza en su hombro.
—La niña necesita la música para seguir bailando. Me llevo el disco.
Miré alrededor. Salíamos por la puerta y empezábamos a bajar las escaleras.
—Uno, dos, tres, cuatro…

Originally posted 2016-08-09 11:25:30.

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