La adolescencia es como un segundo nacimiento, pero esta vez a lo que sería la futura vida adulta del individuo. Es un proceso tan importante que el individuo vive escondido de la vida, enterrado en su larva imaginaria, hasta que las circunstancias lo obligan a emerger de ella. Es una etapa compleja y complicada que parece tener todo condensado, amplificado, con una intensidad que algún día echaremos de menos. Una intensidad, paradójicamente, disfrazada de desdén y desinterés por todo. Este relato de Estefani Riera, estudiante de Física en la UCV, retrata con gracia y sencilla claridad una historia en la que la protagonista se encuentra con un nuevo amor. Héctor Torres.

Si mi memoria no me falla, estábamos a mediados del 2008. Ya eran vacaciones del colegio y por las noches mamá tomaba clases de bailoterapia en una pintoresca urbanización de tantas que hay en Guarenas. La acompañaba porque varios de mis compañeros de clase también eran arrastrados a ver aquel espectáculo, siendo obligados a evitar poner los ojos en blanco y torcer los labios en señal de protesta. Nos reuníamos en el parque de al lado a jugar o hablar como cualquier grupo de preadolescentes.

A mis 12 años de edad, la frase “qué ladilla” era mi mantra. Para mí, lo interesante de la vida se reducía a pasar horas en la computadora perdiendo el tiempo o estudiando con desgano y de memoria las materias del colegio, quizás más por obtener la aprobación de los adultos que por aspiraciones a futuro. Encontraba la paz del universo en los enormes auriculares que me aislaban del mundo, incluyendo las llamadas de mamá a la hora de comer.

Gabriel era un muchacho tres años mayor, moreno, no muy alto y con el rostro burlesco de un adolescente sabihondo. Se identificaba a sí mismo como poeta, melómano incurable y gótico.

Me saludó, le devolví el saludo presentándome y no volví a dirigir la mirada hacia él en las dos horas que duró la clase de bailoterapia. Las dos horas más largas de mi vida, hasta ese momento. Sentía el hormigueo en el estómago que se siente cuando quedas flechado por primera vez.

Volví a encontrarme con Gabriel los siguientes días y, cada vez que era posible, me hablaba sobre sus lecturas y la música que escuchaba. Me llevaba hojas con sus mejores poemas y yo sentía cada vez más que había vivido doce años dentro de una lata de atún. ¿Cómo era posible que yo no conociera nada parecido?, ¿cómo fui capaz de no tomar un libro de tantos que tenía papá en su biblioteca? ¡Qué vergüenza no poder opinar sobre esas cosas con mi nuevo amigo!

Gabriel había descubierto recientemente a la escritora de las Crónicas Vampíricas, Anne Rice. Y me hablaba de ella muy a menudo. Supo describir perfectamente a Louis, Lestat, Armand, Claudia… Todos fascinantes personajes de las crónicas pero yo no terminaba de encantarme con el asunto de pasar horas moviendo los ojos de un lado al otro frente a una colección de hojas, en silencio absoluto. Hasta que para mi suerte, un día pasé con papá por una librería y encontré un ejemplar de “Lestat el Vampiro” en una de sus vitrinas, pidiéndole que lo lleváramos a casa antes de que algún otro lector lo tomase.

A mi corta edad habían sido muchas las veces en las que empezaba algo y no lo concluía. Juguetes tirados, películas a medio terminar, tareas del colegio incompletas… Pero mi éxtasis con ese libro fue tal que no dejaba de leer en clase, en casa y en cualquier lugar aunque no fuera cómodo ni apropiado. Leía incluso a la hora de la cena sintiendo la mirada inquieta de mis padres, quienes del otro lado de la mesa seguramente estarían pensando que sonaría ridículo decirle a su hija en voz alta: “suelta ese libro”. Y no niego que era divertido ver cómo se debatían entre mostrar autoridad como padres y deleitarse al verme leer con tantas ganas.

Quedé prendada de las páginas amarillentas y de un olor indescriptible, de la historia llena de pasión y terror como nunca lo había percibido y de la narrativa lírica de Anne Rice. La grata sensación de pasear mi vista por las palabras imaginando cada detalle, escuchando cada frase y temiendo por el futuro de mis nuevos amigos, esos personajes; fue una experiencia única en la vida. La experiencia de leer un libro por primera vez.

Al principio creí que me sentía atraída por Gabriel. Pero luego entendí que mi adoración no fue el chico gótico, sino Lestat. Mi primer amor, en realidad, fue el libro.

Originally posted 2016-03-28 08:16:39.

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