[pullquote]La contaminación ambiental no es un tópico dramático de ambientalistas y grupos afines. Es un hecho tangible que incide en la salud y en la calidad de vida de la gente. No es poco el daño que pueden hacer, por ejemplo, más de un millón de carros diarios expulsando humo en un pequeño valle como Caracas. Bien visto, suena parecido a los suicidios en garages. No en vano, cada vez más ciudades, principalmente en Europa, llevan a cabo nuevas campañas para reducir su uso y estimular, en cambio, el de la bicicleta. La traductora Gabriela Aguilar aprovecha una anécdota real para demostrar que un cambio de hábitos es posible y que cada pequeño gesto contribuye con ese cambio. Héctor Torres[/pullquote]

 

Cansado luego de pasar más de una hora entre San Bernardino y Santa Mónica en carro (es decir, de vivir atrapado en el tráfico de Caracas a diario), el señor Eudes siempre dejaba a sus hijos Diana, de once años, David, de ocho, y Daniela, de seis, en la acera de la entrada del colegio para ir a ganarse la vida desde su encierro sobre cuatro ruedas. El señor Eudes trabaja como taxista, prefiriendo cazar a sus clientes cerca del Terminal La Bandera. Antes vivía prácticamente aplastado en el asiento del piloto de su taxi entre corneteos, olores, calores y mentadas de madre que se filtraban del mundo exterior a su burbuja.

Así pasaban casi todos sus días antes de intentar cambiar un poco su realidad. En la tarde buscaba a los niños para luego hacer sus últimas carreras. La rutina: que él pegara dos silbidos, que ellos salieran corriendito directo al carro, y que todos vieran la ciudad camino a casa solo de un punto A a un punto B, casi en línea recta, a través de los vidrios ahumados del carro. Avenidas congestionadas de punta a punta, un pedacito de Ávila, otros carros con uno o dos pasajeros buscando cómo evitar la cola, edificios altos y sin gracia, el ruido… Esa era la Caracas que el señor Eudes ya estaba acostumbrado a ver por creer que no le quedaba de otra; la ciudad que les estaba enseñando a sus hijos, que ya creían que así y solo así era Caracas.

Y cansada también de haber escuchado ya varias veces esos silbidos, un día la profe Virginia salió a indagar de dónde venían. Al ver que era uno de los representantes quien llamaba a sus hijos silbando, no dio el permiso para que los niños salieran hasta que él los llamara por sus nombres. Molesto, el señor Eudes preguntó: “¿Por qué no salen los muchachos? ¡Yo tengo que ir a trabajar!” La profe le respondió: “¿Quién se llama “fuii uí, fuii uí”? Yo no conozco a ningún niño que se llame así”. Al señor Eudes le pareció que la profe quería dárselas de graciosa, a lo que le siguió la respectiva demostración de “yo soy su papá, yo los llamo así y tienen que venir”, pero ella dejó claro que los niños no saldrían hasta que los llamara como debía. A regañadientes, el señor Eudes los llamaba por sus nombres a partir de entonces. Ese día, ellos se montaron en el carro y él se fue refunfuñando, quién sabe si todo el camino y hasta en la casa.

La mañana siguiente al encontronazo y todos los días escolares de esas semanas, la entrada del colegio se convirtió en un campo de batalla por el poder, entre miradas retadoras y “buenos días” entre dientes, con la sangre siempre hirviendo. Él, el papá; ella, la maestra.

Parecía que la profe pasara todo el dia preparando las armas que le daban ser la coordinadora del colegio para usarlas contra el cavernícola del representante, esperando la hora de la salida. Por su lado, parecía que el señor Eudes pasara todo el día acumulando su estrés tóxico al ser un conductor para descargárselo todo a la acidita de la profe al recoger a los chamos.

Esa mañana de mayo la profe hacía guardia para recibir a todos los niños. No eran ni las siete y media cuando quedó ahí, congelada, estupefacta al ver lo que vio: el señor Eudes ganando la subida… sonriendo… en bicicleta. Con Daniela montada en el cuadro de la bici y, un poquito más atrás cual pollitos detrás de su mamá gallina, Diana y David. En bici también, claro. Al señor Eudes se le ocurrió aprovechar el regalo que les trajo el Niño Jesús el año pasado más que solo para pasar el rato en el Paseo Los Próceres o que para ejercitarse un poco un domingo en la Cota Mil. Después de descubrir que se sentía libre cuando iba en bici por las calles de Caracas, él no quiso negarles esa posibilidad a Diana, a David y a Daniela, y mostrarles otras caras de la ciudad mientras hacían una actividad física, compartían, se divertían y además se trasladaban.

A la profe Virginia se le infló el pecho a carga máxima. No lo podía creer, perdió el habla, el aliento. Llenó de emoción a su compañera de guardia esa mañana, la profe Anabel, la testigo principal del milagro cósmico. El señor Eudes no cabía en su sorpresa, pero no tardó en unirse a la inesperada algarabía con una sonrisota. Sin duda, había motivos para celebrar. Primero, el señor Eudes había renunciado, empezando ese día, a las comodidades del carro para llevar a los niños al colegio. Y no es que las subidas de Santa Mónica sean cosa fácil, implican un reto para todo el que quiera conquistarlas en bicicleta, más si las consecuencias de la sedentariedad hacen la cosa más cuesta arriba, literalmente. Segundo, no solo se había librado de la tortura de estar metido en una cola de máquinas generadoras de humo y mal humor, sino que también les había dado ese regalo a sus hijos. Y tercero: estaba derribando el mito que dice que en Caracas es imposible trasladarse en bicicleta, ese mito que la misma profe Virginia había empezado a derribar también cuando salía con su hermana a recorrer Caracas en las rodadas de las Bicimamis o en cada Masa Crítica el último miércoles de cada mes. El señor Eudes se atrevió a hacer algo diferente y positivo, no solo para él y sus chamos, sino también para la ciudad.

Entre risas y casi lágrimas de emoción, el representante y la profe compartieron en un momento cuentos sobre sus experiencias en bici, sobre cómo veían a la ciudad y sobre cómo se sentían física y emocionalmente desde que se transportaban pedaleando. La profe antes no la pasaba muy bien a causa del miedo a la calle, que no la dejaba salir con tranquilidad el noventa por ciento de las veces, o por sus propias limitaciones: “Ay, no, no puedo ir para allá porque imagínate, yo no tengo carro”, o “¡Noooo, qué va, eso es muy lejos! Además, tengo que agarrar como tres camioneticas para llegar, y con este calor que está haciendo…” Tampoco se puede decir que el señor Eudes supiese lo que significaba “calidad de vida” porque, aunque hacía y dejaba de hacer de todo para descansar de tanto trabajar, para compartir con su familia y para sentirse bien, nunca era suficiente. El tiempo que el tráfico les roba a los caraqueños es inversamente proporcional a las energías que les deja.

Ya no hay duelos, la lucha por el poder se terminó. Con la bici, esa guerra y los males del tráfico desaparecieron. La profe Virginia sale todos los días con su mejor sonrisa a recibir a Diana, a David y a Daniela, quienes ahora descansan un poquito después de completar la última subida, piden permiso para estacionar las bicis en el patio y se cambian la ropa rapidito en los baños del colegio antes de hacer la fila para cantar el Himno Nacional; y al señor Eudes, quien se emociona echándole sus cuentos del día a la profe, cuentos de lo que ve en el camino, de lo que le dice la gente impresionada, y de las ideas que tiene para que otros se animen también a usar la bici.

Con el tiempo que ya no pierde en tanta cola, el señor Eudes ahora puede compartir más con sus hijos. Les da el mejor ejemplo ciudadano y humano que puede y a la vez es su orientador, su guía y protector en las calzadas caraqueñas, uno que lo que suda es esperanza cuando los ve celebrar cada pendiente subida, cada autobús sobrepasado con éxito, cuando ve las sonrisas que generan en la calle y en sus compañeros de clase al llegar a su destino. La nueva amistad que nació entre los antiguos enemigos no solo propicia el tiempo y el espacio para que ellos se encuentren y se den la mano, sino que ahora también se involucra mucho más en el desempeño escolar de sus muchachos y en cómo puede participar en las actividades del colegio. Ya se acostumbró a dejar el carro en casa cuando no sea necesario sacarlo. Cuando va a la panadería o al mercado, por ejemplo, que va a pie, y cuando visita a los amigos, que va en bicicleta.

El próximo paso será enseñarle a Daniela a rodar solita para que se olvide del cuadro de la bici de su papá y enseñarle a la mamá, quien también anda emocionada con la idea de aprender en la Bici Escuela Urbana que hacen voluntariamente cada dos sábados en la UCV. Y que otros papás se emocionen y también hagan algo. Pedaleando, cada vez son más los que de verdad se mueven en el tráfico, los que están haciendo parte del cambio un carro menos a la vez.

Originally posted 2015-11-16 22:48:31.

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