[pullquote] La infancia es un campo fértil al que siempre podremos acudir en busca de historias qué contar. Como en el de los sueños, el universo de los niños obedece a una peculiar y honesta lógica cuyas claves se quedan del otro lado de algo que atravesamos, obligándonos a un diálogo desde el impreciso idioma del recuerdo. Esos inocentes tanteos por entender las reglas del juego, esas imágenes visibles sólo por momentos, producen piezas como La zanja, una simpática y bonita historia que, acudiendo a descripciones nítidas y muy vivas, nos traslada a un país que parecía no haber perdido del todo la inocencia. Su autora, Ana Cristina Frías, está en proceso de culminar sus estudios de Letras. Héctor Torres [/pullquote]

El Curiepe de los años sesenta era un pueblo de calles angostas. Las cunetas entre las aceras eran anchas, tanto que, cuando mi papá era niño, dice que corría mucha agua y jugaba con barquitos de papel que navegaban hasta la parte baja del pueblo. Las tardes eran silentes, el sol brillaba con fuerza y al morir el día una brisa fresca recorría las calles para dar la bienvenida a los campesinos que regresaban a sus casas después de una larga jornada de trabajo. Hombres y mujeres llegaban cargando majestuosos cestos con frutas frescas y semillas de cacao. Esas semillas eran extendidas sobre las aceras para que el sol las tostara, formando preciosos mandalas de color ámbar y aroma exquisito. Curiepe era un pueblo alegre que se llenaba de fiesta en junio en los días dedicados a San Juan Bautista y en diciembre para la celebración de la Pascua.

Mi papá estaba en la edad de la inocencia y el ingenio. En la calle donde vivía apenas había dos televisores, por lo que sus  tardes transcurrían inventando travesuras con mi tío Goyito. En ese entonces su felicidad se hallaba en la compañía de su hermanito morocho y en los dulces de la tía Vidalina.

Venezuela se encontraba en plena campaña electoral para elegir a un nuevo presidente de la República. Luis Beltrán Prieto Figueroa, en una fricción con Acción Democrática, fundó su partido Movimiento Electoral del Pueblo y se lanzó como candidato a las presidenciales. Mi papá aún lo recuerda: era alto, flaco, orejón y narizón. Lo que tenía de feo lo tenía de inteligente, dice con gracia. En Curiepe perifonearon por todo el pueblo la visita del candidato. Ese día los juegos y los barquitos de papel fueron sustituidos por largas horas de espera.

De todas partes del pueblo se acercaron personas a la entrada de Curiepe. El sol implacable dibujó espesas gotas de sudor en los cuerpos de hombres, mujeres y niños. Al grito inesperado que anunciaba la llegada de El Orejón, como solían decirle a Prieto, se producían estrepitosas carreras desde los recovecos de Curiepe hasta la entrada. Pero nada, no llegaba. Y entonces volvía el fastidio y el calor pegostoso. Los pañuelos rojos, que en otro momento bailaron los ¡eah! Del Mina, fueron usados para secarse el sudor y ahuyentar el calor que no mostraba clemencia.

Con cada “¡Ahí viene Prieto!” mi papá y mi tío Goyito corrían entre la multitud tomados de las manos para no perderse. Pero nada. Y otra vez se escuchó: “¡Llegó Prieto!”. Entonces decidieron cortar camino atravesando algunas casas, bordeando la carretera y rozando el monte. Las manos seguían juntas pero poco a poco los dedos se fueron desprendiendo. Quizás por culpa del sudor. De pronto la mano de mi tío desapareció y mi papá cayó en una zanja de agua sucia que atravesaba Curiepe desde Birongo, pasando por lo que llaman El Ojo Vicioso, hasta la salida del pueblo. Mi tío siguió corriendo entre la masa y a lo lejos, escuchó una voz: “¡Aquí toy manito, aquí toy!”

La multitud se detuvo y entre varios sacaron a mi papá bañado en lágrimas y agua putrefacta. Y Prieto nada que llegaba. Un silencio se apoderó de Curiepe y entonces alguien encontró en ese muchachito llorón un escape a tanta espera inútil. “Ahí está Prieto” dijo la voz, señalándolo. El pueblo estalló en gritos, risas y vivas. Cargaron a mi papá como a un campeón y lo pasearon por todas las calles, desordenando las semillas de cacao que descansaban sobre las aceras.

“¡Aquí va Prieto, aquí va Prieto!”.

De las ventanas de las casas y las bodegas, la gente se iba asomando esperando ver a un hombre flaco, alto y orejón y lo que encontraban era un muchachito llorón, bañado en agua sucia.

Vidalina también salió de su casa para encontrarse con la multitud y, al percatarse de que su niño José Rafael era el motivo de las risas y las burlas, entró en cólera. Repartió coscorrones y espantó a la turba chacotera. Tomó al muchachito en brazos, tibió agua, lo bañó y lo limpió con alcohol y Bayrum. “Eso les pasa por andar en la calle”, gritó el abuelo José Bernardo desde el zaguán.

La llegada del verdadero Prieto no generó la euforia de  su improvisado sustituto. El tiempo pasó y atrás quedaron los juegos y los dulces de la infancia. En una oportunidad, y debido al encuentro con una vieja amiga, mi papá recordó el episodio. Resulta que aquella mujer durante años fue muy amiga de Luis Beltrán Prieto Figueroa. Admiraba al personaje y le guardaba especial afecto. Supuso que esa anécdota le hubiese encantado al Orejón y defendía la idea de que mi papá, ese mismo día después de que lo limpiaron con Bayrum, debió haber conocido a Prieto, pues, recorrió por completo y en su nombre, las calles de Curiepe.

Originally posted 2015-07-20 07:30:59.

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