Ambigüedades, contrastes, realidades solapadas, mundos que se reflejan en sus opuestos. Caracas es una ciudad en la que conviven realidades distantes, una al lado de la otra, negándose a verse. Universos en los que los modos, las costumbres, las maneras, al carecer de elementos comunes, niegan la posibilidad de la comunicación, de la convivencia. Este  texto habla sobre ese asunto desde diversas aristas. La protagonista, una muchacha que se va a vivir a casa de su abuela por razones de estudio, tiene las dos vistas que proporcionan esas realidades solapadas: La Urbina y Petare. A partir de allí nos cuenta una ciudad fragmentada. Luisana Balbi, su autora, estudia Comunicación Social en la UCAB. Héctor Torres

La Urbina es una urbanización de Caracas en donde viví por tres años (desde los 17 hasta los 20). En este tiempo conviví con mi abuela, quien es la dueña del apartamento. Tuve que mudarme de Maracay, porque pertenezco a ese porcentaje de la población venezolana que necesita migrar para poder gozar de una educación universitaria que se adapte a mis necesidades. Esta zona es muy distinta al lugar de donde provengo: el ritmo acelerado de sus habitantes, el anonimato y el tráfico son solo algunas de las características que las diferencian.

El apartamento era un lugar bastante amplio para tres personas (mi hermana, mi abuela y yo), pues el número de habitaciones superaba al de las habitantes. Como cualquier casa de abuelos, el mobiliario era antiguo y desgastado por las generaciones que le dieron uso, las lámparas, llamativas e inútiles, apenas brindaban una luz tenue y cálida, y los escaparates, y cualquier superficie plana, estaban atiborrados de adornos que podrían quebrarse de un simple tropiezo, lo que me llevó a concluir que, en un futuro, mi casa tendría un estilo totalmente minimalista.

Apenas cruzaba el umbral de la puerta y daba mis primeros pasos al interior del lugar, sentía que el concepto de hogar que tenía grabado en mi memoria iba desapareciendo a medida que avanzaba. Independientemente de las comodidades que me brindara el espacio y la sonrisa gentil con la que me recibía mi abuela, algo no parecía encajar del todo en mi interior. Sabía que las cosas no se mantendrían por mucho tiempo en ese paraíso que aparentaba ser al entrar, porque mi abuela no suele ser personaje muy amigable a pesar de llevar el nombre de Delicia Amable.

Mi abuela, valiéndose de su arsenal de tintes de cabello y sus cremas antiarrugas, siempre ha estado preparada para el momento en que la vejez tocó su puerta: las canas y los surcos alrededor de sus ojos los combatía con sus herramientas de belleza. Como dueña de su hogar, ella tenía establecidas unas reglas. Dependiendo de su humor al levantarse iba improvisando, a lo largo del día, las demás que quisiera agregar. El ambiente era de incertidumbre cada vez que se despertaba o llegaba de vuelta a casa luego de una rutina de ejercicios con sus amigas. No se podía saber con exactitud cuál de sus versiones iba a desempeñar ese día, la mayoría de las veces eran múltiples versiones continuas con cambios abruptos entre sí. Era como si el entorno siguiese una perfecta coreografía en conjunto con su estado de ánimo.

Los dos ventanales que tenía el apartamento ofrecían distintas versiones de la misma zona: el del lado izquierdo, tenía una vista integrada por grandes árboles, pájaros que hacían nidos en sus troncos y otros edificios; del lado derecho, que era el más ajetreado, estaba la autopista Francisco Fajardo, un campo de sóftbol, el cabletrén bolivariano y un imponente cerro completamente cubierto de viviendas rurales. Al caer la noche, el cerro se transformaba en un enorme bloque negro envuelto en un manto de pequeñas luces brillantes separadas milimétricamente unas de otras.

Entre estas dos versiones de la zona, la que me parecía más interesante era la del ventanal derecho. Podía pasar largos ratos contemplando todo lo que ocurría en ese momento de ese lado de La Urbina, donde se dejaban ver las costuras. Desde el piso nueve, podía hacer un reporte del tráfico de ese tramo de la autopista, disfrutar de un juego de sóftbol desde su comienzo (si me asomaba en el instante indicado), observar en qué momento estaba armado el mercado municipal en el puente 5 de Julio (brecha que separa a La Urbina de Petare)… Todas estas actividades desde un simple lugar.

Al aburrirme del balcón, iba a mi habitación.  En el camino tenía que cruzar la cocina, la sala, el cuarto de mi abuela que era un espacio prácticamente prohibido, por más sigilosa que fuese la visita ella siempre notaba cuando alguien ajeno había entrado (aunque en algunos momentos lograba entrar y prender la televisión sin dejar rastro, porque era el único lugar donde había una). Seguía caminando y continuaba un pasillo extenso que comunicaba las cuatro habitaciones y al fondo estaba el mío. En ese espacio pasaba la mayor parte de mi tiempo.

Mi cuarto era muy amplio. Antes de establecerme, el espacio le pertenecía a mi abuelo (que ya había fallecido), así que de vez en cuando curioseaba entre las pocas cosas que quedaban allí de él, para descubrir un poco más al personaje que alguna vez conocí, respeté y quise. Sí, mis abuelos dormían en cuartos separados (agradezco que haya sido así, porque reducía los encuentros que generalmente terminaban en discusiones). Como leer no fue uno de mis hábitos de entretenimiento, me conformaba con la débil intensidad de la señal de Wifi que podía captar mi laptop desde la esquina de la cama.

Las noches siempre fueron inesperadas. Los sábados y domingos eran decretados días de fiesta por las personas del barrio, pues, hasta la madrugada compartían su música (salsa, vallenato, champeta…) con todos los habitantes de las urbanizaciones aledañas. A veces, podía presentarse una celebración inesperada para algún día de la semana, ¿por qué no? Pero siempre con la gentileza de que sus cercanos estuviesen enterados de sus gustos musicales. La melodía podía traspasar las ventanas y superar el sonido de los carros y motos a alta velocidad pasando por la autopista, sin perder nitidez.

El descanso nocturno generalmente era interrumpido por algún factor externo: accidentes de tránsito, competencias de motos de alto cilindraje a las 3:00 de la mañana, sonidos de disparos… Al principio era insoportable, pero luego de varias semanas era posible acostumbrarse y hasta desarrollar una habilidad para distinguir entre un tubo de escape averiado y un disparo. Mi adaptación a este lugar nunca estuvo completa, porque era intolerante a la cercanía de los escenarios de inseguridad que en algún momento tocaban la puerta de algún vecino, para llevarse alguna de sus pertenencias, o su vida.

Cuando amanecía, ya las pequeñas luces del bloque negro volvían a ser casas construidas de manera inexplicable en toda la montaña, cesaba la música de los vecinos del barrio y los sonidos de las detonaciones. Todo parecía volver a su justo lugar en ese momento, lo cual no me podía apresurar a definir como normalidad, pero al menos se reducía la expectativa de los sucesos. Lo único que restaba sobrellevar en ese momento de la mañana el coctel de personalidades de Delicia y disfrutar del hemisferio utópico que representaba el ventanal del lado izquierdo.

Originally posted 2016-07-13 09:30:58.

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