El caótico día a día de nuestras ciudades requiera altas dosis de paciencia y serenidad para no sucumbir a la locura. Los venezolanos estamos poniendo a prueba nuestra salud mental con una realidad atosigante que no da tregua. Tendrá que pasar mucho tiempo para que podamos ver, en la distancia, la dura prueba a la que fue sometido nuestro sentido de normalidad. Este breve y sencillo texto ilustra cómo nuestra psique va asimilando el caos para adaptarse a convivir en este torbellino de violencia, tumulto y paranoia. Su autora, Francis Peña, es estudiante de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello

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Eran las 12 del mediodía y María tenía que ir a un banco a cobrar su quincena. Ella sabía que ir a cualquier banco sin importar la hora suele ser una tragedia en donde la única solución termina siendo una muestra de burocracia interna o simplemente un “llame al número que aparece detrás de su tarjeta y marque las opciones que se le indiquen”.
— Bueno pero no importa. María, uste’ sea paciente que cuando toca hacer las cosas, pues toca —se decía a sí misma para calmar el impulso de inventarse una excusa y saltarse la diligencia.
Ella era uno más de siete millones que sabían que con una simple quincena alcanzaba para el pan y el queso de una semana y después habría que encontrar una manera de llevar la comida a casa; pero nuevamente “cuando toca hacer las cosas, pues toca”. Se deja de pensar tonterías y decide hacer a lo que va.

La primera impresión que recibe es la cantidad de gente parada discutiendo con un hombre, aparentemente de edad madura. Entre los gritos escucha un “Viejo del coño, usted cree que nosotros estamos aquí de gratis”.

María siempre ha sido una mujer sensible y no pudo evitar sentir pena por aquel hombre al que tanto insultaban, pero cuando decide interceder para calmar los ánimos, le llega un golpe a la cabeza y al ver a su agresor solo se percata de un color rojo brillante: era un bolso. Por intentar ayudar terminó metida en un caos que no le correspondía.
— Como si ya no fuese suficiente —, se dijo.
María se arrastró como pudo en el piso del banco hasta levantarse, agarró su número de turno y casualmente, fue el que llamaron. Los banqueros indolentes y con experiencia en ignorar lo que pasa frente a sus narices, la atendieron como si nada pasara. Ya tenía su quincena y no vio más al señor que atacaban ni al bolso rojo; es más, el ambiente parecía civilizado, decente y sin un antecedente de la violencia de hace cinco minutos atrás. Todo aparentaba normalidad.
— ¿No será que me lo imagine? —preguntó en voz alta, y la única respuesta que obtuvo fue la que vino de sí. “Lo que pasa, mariíta, es que como el caos se te hizo costumbre, necesitas inventártelo para sentir que sigues en casa”.

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Originally posted 2016-04-18 14:04:38.

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