Que la música produce felicidad nadie lo pone en duda. Que tiene una enorme capacidad de traernos recuerdos, tampoco. O Ni que tiene poderosos efectos terapéuticos. Pero esta sabrosa historia nos cuenta acerca de cómo la música puede salvarnos de una forma inesperada a partir de su enorme capacidad no ya de traernos recuerdos y sentimientos para con seres queridos, sino de conectar con los de otras personas. Una excelente y amena crónica basada en una historia real, contada con mucha eficacia y con el buen ritmo de los recuerdos imborrables. Adriana Ponte Guía, su autora, desarrolla proyectos sociales y actualmente reside en Panamá. Héctor Torres.

Cuando tenía 7 años solía ir en la parte trasera de una camioneta Ford Caprice que tenía mi tía Cruz Elena, quien gracias a sus 4 hijos y su perro Ástor, necesitó de un transporte amplio y cómodo para llevar a ese arsenal de voces tormentosas de un lugar a otro, muchas veces junto a mi hermano mayor, Julián, mi hermana Mercedita y yo. No en vano, aquella espaciosa camioneta se ha usado tradicionalmente en Caracas, sin ninguna regulación, como transporte escolar de muchos niños: allí jugamos, cantábamos, contábamos chistes, nos pasábamos alegremente del asiento trasero a la maleta y nos volvíamos a pasar durante viajes a la playa o colas infinitas.

Una tarde, en esa camioneta,  justo frente a lo que otrora fue Maraven en Los Chaguaramos,  un motorizado tocó el vidrio trasero donde yo iba sentada. Voltee sorprendida y mi tía con absoluta tranquilidad me pidió que bajara el vidrio.  Rompiendo el dogma de “no hables con extraños”, Cruz Elena le preguntó al hombre qué pasaba y éste en un extraño murmullo dijo: “La puerta está abierta” y de un tirón abrió y cerró la puerta, yéndose sin esperar siquiera las gracias. Mi tía me pidió que subiera el vidrio y siguió conversando serenamente con mi mamá.  Recuerdo indeleble es este evento que me resultó curioso en aquél momento pero que hoy en día ha cobrado una significancia sin precedentes: cualquier venezolano que haya sido asaltado en una cola, entiende por qué.

En Venezuela y muy especialmente en Caracas, que un motorizado te toque el vidrio del carro significa en un 99% de los casos el gesto preliminar a la frase “dame el teléfono” o de su variante menos simpática “dame la cartera”.

Hace una semana estaba llevando a mis perros Freud, Ágatha y Jung al veterinario en esa camioneta Caprice enorme que mi tía me deja usar cuando llevo los perros a algún lugar y por casualidad, buscando algo de música en la radio —gracias a la ausencia absoluta de mi ipod y mis CD en aquél carro extraño— sintonicé una emisora donde tenían un especial de “salsa brava”.  De pronto, apareció un tema de Ismael Rivera llamado “El incomprendido” que escuchaba mi padre los domingos en la tarde, cuando pasaba la resaca sentado en la sala escuchando “sus discos” con una cerveza en la mano, mientras mi mamá con la cara apretada de rabia contra él, nos vestía para ir a misa de 6 o para salir a “dar una vuelta” con mi tía.

En ambos casos estas salidas parecían tener por objeto la diversión, pero en realidad eran la terapia de mi madre que drenaba con las vecinas o con mi tía Cruz Elena las miserias de dormir con un hombre que de lunes a jueves era un “buen marido y padre ejemplar”, pero que al llegar el viernes se transformaba en un vagabundo, borracho sin remedio,  gobernado por la  parranda que lo hacía llegar de madrugada silbando o carcajeándose.

Los domingos tenían entonces ese sabor agrio de mi madre sirviendo el desayuno o el almuerzo, con gestos tapizados de calma pero que escondían una inmensa rabia, una agresividad pasiva que se dejaba sentir en cada movimiento: al poner el plato, al servir el café, al hablarnos con inmensa dulzura, en contraste con los bufidos que emitía para responder las preguntas que hacía mi padre, sin sentido alguno y que ahora entiendo que se trataban de plantear cuestiones sin trascendencia para tantear los ánimos de mi mamá:

— ¿Pagaste el colegio de los niños?

— Ujum.

— Qué raro. No me llamaron para conformar el cheque.

— Mamá ¡Ponle bastante mantequilla a mi arepa como la de Mercedes!

— Sí mi amor, ya voy. Mercedes se sirvió sola su arepita, mi cielo.

Y de repente, ásperamente decía:

— No te parece que si no te han llamado para confirmarlo es que no lo cobraron.

— Si, supongo —decía mi papá con voz bajita, derrochando en cada vocablo una culpa inmensa que tapiaba el sentido real de sus palabras— pero como la otra vez…

— Ujum.

Así se pasaban los domingos. Viendo crecer un abismo entre los seres que más quería.  En medio de aquella tensión mis hermanos y yo, jugábamos y nos reíamos. Mi padre era “papá” de lunes a jueves pero los fines de semana, desaparecía. Salir con él y mi mamá juntos era solamente un asunto de eventos familiares de gran envergadura, como bautizos o bodas, en los cuales invariablemente mi papá terminaba borracho, mi mamá temblaba de vergüenza y nosotros repartidos en distintos carros (o casas) para volver sanos al hogar, o amanecer vivos en camas de familiares y amigos. Sólo años después esto se convirtió en una pena compartida y explica por qué mi hermano Julián aprendió a manejar a los 16 años, odia el alcohol y es un asceta irreductible. No permite ni una cerveza dentro de su casa.

Escuchando aquél tema, me llegaron todos aquellos recuerdos de mi padre. Subí el volumen al máximo y lo vi sentado en aquél sofá vinotinto, con el cuerpo ladeado, el pico de la botella de cerveza sujetado entre el índice, el medio y el pulgar,  tarareando con pasión “El incomprendido”. A veces la repetía: se paraba lentamente y movía con torpeza la aguja del picó al principio, buscaba otra cerveza y se sentaba a cantar, muy bajito, con la voz ronca y la mirada en quién sabe dónde:

— Papá ¿qué haces? —le decía.

— Oigo música.

— Pero es que esa ya la escuchaste.

— No importa, escúchala. La música salva.

— ¿La música salva a quién?

— Chao papá, nos vamos a misa. Vente Ana —interrumpía Julián.

— Dios los bendiga…

***

Ese día, en medio de aquella cola, acompañada por 3 perros que jadeaban sin cesar,  tuve la revelación de que mi padre era un incomprendido: un hombre dado al disfrute, al gozo, a las mujeres, a la parranda y a la música en alto volumen, que se había casado con una buena mujer, cristiana, bondadosa, con un claro sentido del padecimiento y de sus deberes conyugales, para quien todo el desorden de mi padre era una afrenta al matrimonio, pero que callaba estoicamente porque “a mí y a mis hijos nunca nos faltó nada”. Aun hoy esa frase se dice en la casa de mi madre, a quien la viudez no le trajo sino liberación y calma.

Sumida en aquellos recuerdos, distraída como estaba con las manos en el volante, sin padecer la cola y casi disfrutándola,  llegó un toque en la ventana: Tac- Tac. La moto, el rostro, la pistola y el gesto que te obliga a bajar el vidrio, que en mi caso ya estaba a medio bajar porque la camioneta Caprice tiene el aire acondicionado malo “y no se consigue el repuesto”. Una vez hecho esto, con las manos temblorosas, esperaba la sentencia irreductible del motorizado y me adelanté a buscar el aparato para entregárselo sin demora. El hombre dijo con una voz inesperadamente aguda:

— ¡Eeeeey chama! Esa canción era la preferida de mi papá… ¿Qué haces tú escuchando eso, pe´azo e´loca?… Estás de suerte mami, te voy a perdonar porque me recordaste mi “pure”.

Y de esta manera, quedando yo atónita y temblorosa con el celular en la mano, solo alcancé a verlo irse, zigzagueando entre los carros. Creo que hasta hizo un “caballito” de alegría. Mis perros comenzaron a ladrar y de inmediato, rompí a llorar. Lloraba y escuchaba “Yo soy Maelo, el incomprendido…” Destrozada de los nervios, traté de reponerme y llegué, manejando como podía, hasta la clínica veterinaria donde me atendieron a mí en vez de a los perros.

Cuando cuento esta anécdota, que para muchos es inverosímil, me quedo pensando: ¿Qué más compartían el papá de este hombre y mi papá? ¿Cuántas cosas comparte, en consecuencia, una profesional clase media, sin hijos, un divorcio, 3 perros y un montón de deudas, con un tipo que se rebusca robando celulares en la cola

La frase de mi padre tiene sentido: “La música salva” y quizás nos puede salvar de muchos abismos.

Originally posted 2016-02-02 09:45:49.

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