[et_pb_section admin_label=”section”][et_pb_row admin_label=”row”][et_pb_column type=”4_4″][et_pb_post_title admin_label=”Título de publicación” title=”on” meta=”on” author=”on” date=”on” categories=”on” comments=”off” featured_image=”on” featured_placement=”background” parallax_effect=”off” parallax_method=”on” text_orientation=”left” text_color=”light” text_background=”off” text_bg_color=”rgba(255,255,255,0.9)” module_bg_color=”rgba(255,255,255,0)” title_all_caps=”off” meta_font_size=”14″ use_border_color=”off” border_color=”#ffffff” border_style=”solid”] [/et_pb_post_title][et_pb_text admin_label=”Texto” background_layout=”light” text_orientation=”left” text_font_size=”14″ use_border_color=”off” border_color=”#ffffff” border_style=”solid”]

 

Llegar a casa todas las noches y que alguien te espere y te reciba, parece algo tan cotidiano para tanta gente, que no puede verlo como una de las pequeñas felicidades domésticas que tiene su vida. El personaje de esta historia tenía mucha gente en su comunidad que podía echarlo de menos. Y sin embargo eso no pudo evitar que la muerte, que siempre acecha, lo pillara en un descuido. El hombre que velaba por la normalidad en la cotidianidad de toda una comunidad, paradójicamente la puso en peligro con su muerte. Una de las tantas historias en las que Caracas suele ser tan pródiga. Su autora, Jennifer Peralta, cursa una maestría en Psicologia Social (UCV). Héctor Torres

Era seguro que en unos minutos las puntas de sus dedos se llenarían de cantidades de surcos en todas direcciones. Y así quedarían. Él mismo ya no estaba en la capacidad de decir “hasta aquí” e ir a resguardar su cuerpo en lo seco, debajo de la tibieza de una toalla, ni de intentar frotar sus manos para procurarse calorcito. Ya ni siquiera podría darse cuenta de su estado. Le sería imposible entender que, conforme pasaba el tiempo, una proliferación de microbios le pudriría por dentro, le hincharía hasta agrietarlo y deformarlo, como ocurre con los cadáveres de animales que vemos apartados a un lado de la vía, cuyos cuerpos nos producen una compasión fugaz.

Pero la compasión hacia el señor Mario sería distinta, nada fugaz, porque sus cinco años como presidente de la junta de condominio, su actitud diligente y amable, le hicieron merecedor de la gratitud, y el cariño de sus vecinos, a pesar de que su ausencia tardó en sentirse. También sucede que las tragedias humanas nos mueven fibras que no lo hacen las de los animales.

Cuando comenzaron a surgir los problemas típicos de las grandes residencias: fallas en el ascensor, bombillos quemados, etcétera, la ausencia del señor Mario empezó a notarse, incluso en su casa, en donde se encontraba una esposa acostumbrada a las desapariciones de tres y cuatro días de un hombre mujeriego, que a veces ni llamaba para reportarse.  Los primeros seis días, ella no podía sospechar que se trataba de algo menos lejos de la fruición y más cerca del horror. Pero luego comenzó a inquietarse, sobre todo porque estaba cansada de no saber qué responder cada vez que a un vecino se le ocurría ir a preguntar por Mario. Las quejas se acrecentaron cuando, pasados tres o cuatro días más, la gente hablaba de un olor nauseabundo que nacía en la azotea, donde se hallaba el tanque de agua, y poco a poco se iba propagando hacia los pasillos. Sucedió entonces que, a falta del responsable de la junta, un vecino que probablemente hizo una suma rápida, decidió llamar a los bomberos para la inspección del lugar.

El tanque fue revisado sin hallar nada extraño. Pero el señor, inconforme con esa revisión, tomó una linterna y metió la cabeza lo más que pudo en el espacio que hay entre la tapa del tanque y el agua. Mientras con una mano se sostenía, con la otra direccionaba la luz, pero no pasó mucho tiempo antes de que su mirada chocara con un brazo, y de su boca saliera huyendo un grito despavorido.

Ocurrió todo lo que amerita burocràticamente el levantamiento de un cadaver: policia, bomberos, chismosos, dolientes, todos allí circundando el lugar. Se hizo un esfuerzo por sacarlo entero, pero su carne estaba tan blanda que al primer intento se partió un pedazo, y luego otro, y otro.

Ya han pasado dos años de esa tragedia y hasta ahora no se han conocido los detalles. La autopsia que se le hizo arrojó que se había tratado de un infarto fulminante lo que le hizo caer al agua. Los trozos de su cuerpo no presentaba ninguna herida propiciada antes de morir. Todo esto fue argumento “suficiente” para cerrar el caso y obviar las llaves y el koala desaparecido que contenía el dinero de la administración. Pero eso solo le sirvió a la policia, porque para muchos de sus vecinos, algo había quedado en el limbo, en lo inexplicable, como muchas cosas en el país.

 

***

El terror de ese momento trascendió el cuerpo etéreo: la ansiedad que produce la muerte, lo incierto, y tomó la forma tangible de un monstruo: un cadáver que estuvo diez días suministrando bacterias a través del agua. Por diez días, aproximadamente cuatrociento cincuenta personas estuvieron usando el líquido vital cotidianamente. Inocentemente. Hay quienes no creen en aguas filtradas y beben del chorro, por ejemplo… Ahondar en la sencillez de esa cotidianidad hace que el estómago se sienta apretado en un puño. ¿Qué hacen la gente a diario?: cepillarse, lavar los platos, la ropa, bañarse (el agua entrando por cada intersticio del cuerpo). Co-ci-nar.

Es posible que de esa cantidad de personas probablemente hubo alguno recién operado, o tal vez con una pequeña herida típica como la que nos hacemos con el cuchillo mientras picamos aliños y frente a las cuales corremos a meter el dedo un rato bajo la presión del agua para calmar el sangrado y el dolor.

La corporeidad del terror cesó una vez realizada con urgencia la jornada de salud que duró varios días y que certificó que nadie enfermó, lo cual es más inverosímil que el cadáver mismo flotando en el tanque. Doblemente la ficción fue superada por la realidad, y esta vez el premio se lo llevó Caracas y su gente. Y la última cosa aterradora de la historia fue la cuota especial de cinco mil bolivares por apartamento para hacer las limpiezas correspondientes. Aterradora pero necesaria.

 

 

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Originally posted 2016-01-12 09:30:42.

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