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[pullquote]Con un tono íntimo y cálido, Hora pico nos sumerge en la curiosa escena de una mujer joven, y su pequeño hijo, llevando un arreglo fúnebre en un vagón del Metro, la cual sirve de excusa a la autora para conectarse con un recuerdo de la infancia y reflexionar acerca de sus percepciones en torno a la vida y la muerte. Con este muy bien temperado texto arrancamos nuestras Vidas cruzadas. Gabbi Consuegra, su autora, es estudiante de periodismo en la Universidad Santiago de Compostela. Héctor Torres [/pullquote]

 

 

[N]o tengo experiencia en funerales. Para mi suerte sólo he ido a uno y sucedió cuando tenía 9 años. Lo recuerdo con dificultad. También con algo de disgusto. Recuerdo que había mucha gente, muchos extraños. Recuerdo que me cargaron sobre la urna para ver la cara de un primo lejano con el que nunca compartí mucho. Recuerdo que me avergonzó verlo, como si sintiera culpa de estar ahí, de abrazar a su mamá, a su papá, a sus hermanas, de verlos llorar y consolarlos, o tratar. Me sentía incómoda, como si estuviera en un lugar sin permiso. Desde entonces no me gustan los funerales, siento que mi presencia invade la intimidad de alguien indefenso que ya no puede decir: “váyanse, no quiero que me vean así”.

Por algún motivo, desde entonces, la muerte me remite a la intimidad. No a la soledad, pues no es lo mismo. Cualquier otra concepción continúa haciéndome sentir como cuando era niña: avergonzada e impertinente. Y puede que sea esa la razón de que cuando mis ojos encontraron ese arreglo fúnebre en mitad del vagón del metro, en hora pico, sentí que me desplomaba de tristeza, que todo se enlentecía. Pero no fue así, para todos en ese vagón del metro la vida continuaba: risas, amarguras, retraso, calor, tacones, música, Chacaito, Sabana Grande, Plaza Venezuela. La vida continuaba para todos, incluso para la señora y el niño que llevaban en las piernas ese arreglo floral.

Era pequeño, sencillo. Resaltaban unas flores amarillas y otras blancas que adornaban el borde. En un listón azul marino se dejaban leer las palabras: “… de su mujer y su familia.”, en letras escarchadas, plateadas. La tristeza es así: honesta, simple. Yo sólo me atreví a mirar las manos que sostenían aquellas flores. Manos morenas; dos de ellas grandes, de uñas blancas nacaradas, y una pequeña, tímida, que apenas asomaba cuatro deditos del lado izquierdo del arreglo. Mis ojos se quedaron ahí por un momento, fijos en las manos, con temor a ser descubiertos hurgando en la tristeza ajena.

Cuando por fin alcé la vista me encontré con una mujer joven, de gestos amables y mirada lejana, que lloraba con la resignación y el silencio de quien entiende la inevitabilidad de la tragedia. Esa mujer y sus ojos y su llanto y su respiración pausada eran el retrato de la desesperanza bien aprendida. Se secaba ocasionalmente las lágrimas, con lentitud, con torpeza y siempre en silencio, como quien ya se ha ido. A su lado estaba sentado el niño que sostenía con una mano el arreglo floral y con la otra un muñeco de acción. Era pequeño: cuatro o cinco años, quizás. Jugaba, aunque distraído y observando cada tanto a su mamá. Balanceaba su muñeco de un lado a otro, dibujando un número ocho en el aire. A diferencia de ella, que vestía completamente de negro, él tenía un jean, una camisa azul de superhéroe y unos zapatos deportivos blancos.

Al lado de ellos va sentado un señor que lee el periódico con mala cara. ¿Qué noticia estará leyendo? Una crónica roja, quizás; nuestros problemas económicos o culturales o políticos que a veces nos asfixian. ¿Qué puede estar leyendo que sea tan importante? El niño juega a su lado, se entretiene con sonidos voladores. Mueve la manito. Arriba, abajo, círculos, arriba, abajo. El señor del periódico mira al niño de reojo, respira, tuerce la cara, sigue leyendo. Y el niño arriba, abajo, círculos, arriba, abajo, arriba, círculos. El señor respira, se aclara la garganta, respira, mira de reojo al niño, sigue con la vista el muñeco. Y arriba, abajo, arriba, abajo, círculos. Entonces cierra el periódico, convencido de que no puede aguantar un segundo más junto a ese niño y su muñeco; se levanta del asiento; se retira y suelta una bala al aire: “Qué falta de padres”.

El niño se cansa de mecer su muñeco por el aire y lo apoya en sus piernas. Yo me doy cuenta de que pasé hace varias estaciones la mía. El vagón se detiene, pienso en bajarme pero no me muevo. Entonces el niño me hala la camisa y me señala con timidez el asiento de al lado que ahora está desocupado. Le sonrío, le agradezco con amabilidad y me siento. Ya no existe ni el calor, ni el retraso, ni la estación Plaza Venezuela, ni el camino a la universidad, ni la clase de periodismo y la profesora que no soporto, las tareas, los amigos… Ahora existe la sonrisa del niño que me mira aún con timidez; una sonrisa grande, sencilla y bonita, a la que le falta un diente.

Ilustración: Génesis Quintero
Ilustración: Génesis Quintero

El niño vuelve a jugar con su muñeco y me mira de reojo. Yo comienzo a buscar en mi cartera algo que me sepa a infancia, a felicidad, a esperanza. Encuentro algo. Interrumpo el vuelo de la figura de acción. “¿Será que hay algún superhéroe en este vagón que quiera una chupeta?”. El niño se sobresalta, mira mi mano, luego ve a su mamá, le hala la camisa, la despierta. Ella encuentra la sonrisa de su hijo, mira la chupeta, me mira, sonríe y le dice que sí. Él me quita la chupeta de la mano, mostrándome de nuevo su sonrisa desdentada, “¿Cómo se dice?”, le pregunta la mujer. “Gracias”, responde el niño mirándome. “¡Chócala!”, le digo. Él me corresponde, infantil, contento. Me despido. Me pongo de pié y me acerco a la puerta. Antes de salir del vagón escucho la voz de la mujer: “Dile chao a la muchacha”. El niño se despide con la mano.

La vida es más grande que cualquier cosa, incluso que la muerte, sólo que es menos escandalosa.

Originally posted 2015-03-09 06:30:38.

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