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Nuestros modestos retos personales, con sus triunfos y derrotas, van acerando nuestro carácter. La vida consumada, vista desde el retrovisor, está llena de situaciones que, en su momento, conformaban el centro de nuestras vidas. Este emotivo texto da cuenta de una de esas situaciones. En este caso, el momento en que se abandona el hogar materno para asumir el riesgo de sus propias decisiones. Vanessa Arenas, su autora, es periodista egresada de la Universidad Fermín Toro, (Barquisimeto). Héctor Torres

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“¿Cómo que te vas para Caracas, muchacha loca?”. “Allá el sueldo no te va a durar nada”. “Apenas te toque entrar al metro te vas a devolver corriendo”. “Pero si no quisiste irte a Valencia, menos aguantarás allá”. Todas esas advertencias que me hacían mis tías y mi mamá parecían válidas. Una muchacha de 24 años que estaba acostumbrada a los mimos de una madre que no tenía nadie más a quien cuidar, que ganaba un sueldo añorado por muchos (alcanzaba para el mercado, por así decirlo), y que estaba lo suficientemente cómoda en su vida en una ciudad “tranquila” como Barquisimeto, tenía muchas consideraciones razonables en la cabeza para no moverse de allí. Pero la cabeza nunca le gana al impulso del corazón.

Siempre pensé que era una locura vivir en Caracas. Era una especie de leyenda que me asustaba. Tanta gente. Tanto ruido. Tantas balas perdidas que terminaban siendo reseñadas en los periódicos y que leía con ese respeto absoluto pensando: “¿Yo en Caracas?, ni loca”. Pero, paradójicamente, así fue. Sentía un frío extraño recorriendo mi cuerpo cuando ya los días estaban cerca. Muy tarde para arrepentirse. Había renunciado a mi trabajo en la fuente que me mantuvo extasiada durante un año y medio, esa que me hacía sentir viva, llena de adrenalina y capaz de enfrentarme a todo, pero también la que me llenaba de impotencia, de dolores de cabeza, de hambre al no poder comer a las horas, de una rabia incontrolable y de pesadillas interminables a la hora que se suponía debía descansar: Sucesos.

“El que se acostumbra a Caracas puede vivir en cualquier parte”, me dijo una vez un amigo. Esta era mi oportunidad de demostrar lo guerrera que podía ser a pesar de mis subestimaciones. Irme sin tener un trabajo, familia y ni siquiera un lugar a donde llegar. Pero mi mente, invadida por las más crueles pitonisas, las enmudecía a todas cuando se preguntaba: ¿Tienes mucho que perder o mucho que ganar?

El nudo en la garganta se hacía más grande que mis tres pesadas maletas cuando llegué a Caracas. Recordaba ese abrazo de mi madre, el beso de mi abuela y la carta de mi prima que amaba como a la hermana que siempre quise tener. El cielo de “la ciudad de la furia”, como me gustaba llamarla, me recibió triste y también con ganas de llorar. Por suerte me acompañaba Alimié, una amiga capaz de animar a las personas de un velorio a pesar de que ella también sufría. Me abrió las puertas de la casa de su tía, de su cuarto y me dio un espacio de su cama para que pasara los primeros días de la tormenta. Ese martes de febrero, en esa cama, conocí a otra Vanessa. La que estaba dormida, la que valoraba, la que era capaz, la tolerante, la que no podía controlar al mundo con sus caprichos, la que siguió llorando por casi un año hasta sentirse un poco más habituada en una ciudad prestada, la que le toca aguantar y echarle un camión de ganas. Esa Vanessa que sabe que así las cosas estén mal, se sigue luchando, porque sí, porque no hay de otra, porque toca. Esa que jamás pensé que también estaba dentro de mí. 

Y así la descubrí

Caracas para mi es mágica. Todavía me inspira un respeto absoluto. Me quita y me da confianza. Me enamora, me desenamora y me vuelve a enamorar. Sus calles las fui descubriendo cuando tuve que amarrarme bien los cordones de esas boticas marrones que tanto me gustan, para empezar a buscar trabajo. Puerta por puerta, rincón por rincón, con lluvia y sin lluvia, con esperanza y sin ella, me iba todos los días con carpetas llenas de ganas, de sueños y de ingenuidad, a recorrer Caracas y sus encantos. Y pensaba: Si en Barquisimeto, que era más pequeño, no sabías de direcciones, ¿cómo podrás vivir aquí sin perderte?

Y me perdí. Me daban esos retorcijones de estómago cuando agarraba la camionetica que no era, o no me fijaba cual era la salida del metro que me tocaba, ¿Propatria o Palo Verde?, ¿me bajaré en esta?, y esas preguntas me las hacía una vez que logré superar el terrible miedo al Metro.

Ilustración: Génesis Quintero
Ilustración: Génesis Quintero

7:00 de la mañana de un lunes. “Bueno aquí tienes que dar golpes si es necesario pero hay que entrar”, con esas palabras me preparaba Jesús para estrenarme en el Metro. “¿Golpes?, ¿por qué hay que dar golpes?”. Cuando recibí los primeros y quedé aplastada por las personas que se apilaban dentro por los empujones de los que entraban, entendí de qué se trataba. Todo es control mental para no desmayarse y ahora entro a los vagones compartiendo codazos y empujones para ganarme un lugar en él. Sin miedo, porque el que duda un segundo en lanzársele a la masa de gente que espera del otro lado del andén, pierde.

También aprendí a tener cuatro ojos y varias piernas a la hora de correr, así me fallen en el intento y termine con un esguince. Desarrollé el talento de enrollarme la cartera como una culebra al cuerpo y de sellar el cierre con mis dedos, claro, después de quedarme sin monedero y celular un par de veces, y aprendí hasta a saltar de acera casi acrobáticamente para pegármele a una señora del brazo cuando se me activa la señal del peligro. Pero cuando veo esa sonrisa permanente de El Ávila, cuando se me cae el dinero del bolsillo y siento cómo se estaciona una moto a mi lado y al borde del llanto y pánico oigo que el del casco me dice “Mira lo que se te cayó, flaca” y cuando me levanto todas las mañanas con un motivo para seguir guerreando, sólo puedo decir: Gracias, Caracas…

Originally posted 2015-04-06 06:32:54.

Esta entrada tiene un comentario

  1. Excelente artículo Vanessa. Su lectura lo atrapa a uno y lo deja con ganas de leer mas acerca de tus vivencias en Caracas. Que Dios te continúe bendiciendo y acompañando en cada una de las facetas que emprendas, y que puedas ver coronado con éxito todo tu esfuerzo y dedicación a tan ardua y loable labor… Un abrazo

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