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Días de rabia, inocencia, dolor y juventud que atravesaron, en particular, cada uno de los días de ese fatídico 2014. Días que fueron como una larga noche. Muchachos que siguen presos. Muchachos contra muchachos. Muchachos recibiendo trato cuartelario que salieron a desquitarse con otros de su edad. Un cínico ajedrez con puros peones. Los días de protestas estudiantiles dejaron un hueco en el corazón de nuestra historia. Uno de esos huecos que cargaremos a cuestas y del que saldrá, como de una mina, la materia prima de muchas historias que comenzarán con un “yo estuve ahí”. Como este breve relato del publicista Enrique Peña, rítmico y elegante como un reloj de cuerda. Héctor Torres

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Debe ser la euforia, la demencia o la impotencia, que te hacen hacer cosas que no pensaste que podrías hacer. Porque eso de meterse en el distribuidor Altamira a protestar con más de 600 guardias nacionales armados con tanquetas y demás chucherías, normal, así normal, no es.

Sobre todo, considerando que estabas en tu oficina y veías cómo unos 30 estudiantes cerraban el paso y cómo llegaban tanquetas, motos, cowboys, y hasta la famosísima ballena mientras tú, en tu puesto de trabajo, pensabas en la mejor manera de vender ropa interior sin costuras. Una ropa ideal para aquellos que les molestan la unión de dos telas en las partes más íntimas.

Y es así como sientes que el edificio de tu trabajo se inclina de tanta gente asomada por la ventana y oyes un grito: ¡Van a joder a los chamos en Altamiraaaaa! Y tú, volviéndote parte del tumulto, te asomas. Y tú, entregándote a la manada, bajas y te paras al borde de la autopista y ves a una masa verde de hombrecitos con cascos, petos, coderas, escudos y botas pesadas. Y gritas. Y maldices. Y te conviertes, en un dos por tres, en líder. Y con la mirada llena de rabia por todo lo que ha sucedido, te das cuentas de que uno de los grandes beneficios de la ropa interior sin costuras es que no hay liguita que se venza.

El calor se une a la impotencia de ver a unos  muchachitos sentados en la autopista de manera inocente tratando de hacer sentir la única manera que tienen de expresarse: la irreverencia. Y es allí, en ese instante, no sabes si por un afán de protegerlos o por esa rabia que tienes tanto tiempo guardada que, por corte, sin caminar porque ese instante no existió, te ves ahora sentado en plena autopista al lado de ellos. Nunca en tu vida te habías percatado de que jamás te habías sentado en el canal rápido de una autopista, que las piedritas del asfalto se pegan en las manos y que, de un instante a otro, te convertiste en ElSeñorPanaQueNosEstaAyudando, a lo que sólo puedes responder más señor serás tú, para tratar de sacar una sonrisa del muchacho que tienes al lado, que repite como un mantra mi mamá me va a matar mi mamá me va a matar…

En ese instante, los guardias empiezan avanzar en una coreografía digna de película de guerra. Paso, arrastra bota, paso, arrastra bota y los que estamos sentados no nos paramos. Pero el aire, el espacio, el apretuje, el desenfreno nos hacen levantarnos. Y veo por fin de frente a la masa verde. Con cascos, peto, coderas, escudo y botas pesadas. La única diferencia es que ahora lo puedo ver a los ojos. Es un muchacho. Tan muchacho como los que están de mi lado. Él está negro de tanto sol. De tanto plantón. De tanta guardia. Y le pregunto si tiene hijos. Y lo veo. Y él me ve. Y si tanto le molestan las costuras de la ropa interior, pues fácil, no la uses.  Y lo veo. Y él me ve. Y se le sale una lágrima. Y a mí se me sale una lágrima por él.

Originally posted 2015-09-28 06:30:58.

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