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[pullquote]Salir al encuentro de la calle es salir al encuentro de las vidas que están afuera, llevando sus batallas como puede o como decide. El otro es un enigma del cual nunca sabremos qué esperar, más allá de los prejuicios y etiquetas que le ponemos para intentar simplificar el mundo que nos rodea. Pero cada persona es la decisión que toma en cada momento del camino. O la suma de ellas. Nunca sabemos cuándo hemos llegado al límite de un momento ni qué forma toma en definitiva. De uno de esos momentos y de uno de esos inesperados encuentros va esta conmovedora historia que nos ofrece Gabbi Consuegra, quien ya habíamos conocido en estas páginas con su hermoso texto: “Hora Pico”. Héctor Torres [/pullquote]

El día había sido una mierda. Sí, hay días que no tienen otro nombre. Eran las 5:15 de la tarde y en ese momento pensé que no se podía poner peor. A mi papá le habían diagnosticado cáncer; un tumor estaba alojado en su cabeza; una cirugía de alto riesgo amenazaba, inminente, con cambiarnos la vida a todos; un tratamiento largo y sin garantías prometía poner a prueba la fortaleza de nuestro espíritu; esa noche le tenía que rapar la cabeza.

Llegué a la casa y, como de costumbre, sus cuatro patas salieron corriendo felices e ingenuas por el pasillo. Mi perro me veía, inocente, y me movía la cola. Saltaba de un lado al otro, luego veía su correa que colgaba del perchero. Desde hace 3 días estaba confinado en casa mientras todos los demás estábamos en la clínica. Decidí que un paseo nos vendría bien a los dos y salimos.

La tarde estaba nublada, húmeda y gris. Me dediqué a caminar en compañía de mi perro. Sólo me detuve para comprar una caja de cigarros. Continuamos andando durante 15 minutos hasta que llegamos a un parque. Eran las 5:35pm cuando le solté la correa y él comenzó a jugar entre hojas secas.

Revisé mi celular y encendí un cigarrillo. No tenía mensajes nuevos, la vida continuaba siendo como la conocía. El parque estaba solo. Dos abuelos conversaban en un banco, un chamo trotaba y a lo lejos, en otro banco, una pareja joven celebraba su amor con descaro. Continué caminando con un paso lento, tratando de no perder de vista a mi perro. La ciudad rugía al fondo con la fuerza de la hora pico. Algunas gotas se encontraron entonces con el cristal de mis lentes.

“Disculpa, ¿me puedes regalar un cigarro?”. La escena se interrumpe violentamente por el corazón sobresaltado. Al voltear me encuentro con un tipo que camina hacia mí. Lleva encima todos los prejuicios de una ciudad en la que si no eres sifrino, eres malandro. Aprieto mi cartera por instinto. Saco la caja del pantalón y se la extiendo. Luego le doy el encendedor. El me agradece y yo retomo el paso. El parque parece estar más solo y la tarde más oscura. Respiro profundo.

“¿Tu vives por aquí?”, escucho. “Más o menos cerca”, respondo evitando el contacto visual. “¿Y cómo te llamas?”, insiste. “Bien bello, me levanté a un mototaxista”, pienso con sarcasmo para ignorar el temor. Le digo mi nombre sin parar de caminar pero tratando de conservar una marcha pausada. “Esta vaina no me puede pasar ahora, coño”.

Siento una mano en mi hombro. “Gabriela, dame el teléfono”.

El miedo es capaz de despertar el cuerpo de cualquier hombre.  Un temblor involuntario me asalta. Me detengo. Me doy la vuelta. Un “no” contundente se me escapa de los labios. “No te lo voy a dar”, le digo temblando. “Dámelo o te entro a puñaladas aquí mismo”, me responde con una mano amenazante que se esconde en su pantalón. “No, no puedo dártelo”, lo enfrento sin saber por qué.

Entre negaciones, comienzo a buscar el teléfono en la cartera. Cuando lo tengo en mis manos insisto: “No puedo dártelo, lo necesito”. El me lo quita con brusquedad. A mí se me salen las lágrimas. “Que no te lo puedo dar, coño. Devuélveme mi celular”, le digo obstinada. El se aleja unos pasos pero se detiene. “¿Por qué, pues?”, me dice. “¿Me vas a dejar explicarte?”, le pregunto sin darle crédito a la incredulidad. “Explícame a ver”, me responde exasperado. “Mi papá tiene cáncer, tiene un tumor en la cabeza, lo van a operar mañana y no me puedo quedar sin celular. No puedo, no puedo, no puedo…”, repito perdiendo la calma.

El llanto se desborda. El cuerpo insiste con sus movimientos involuntarios. “¿Eso es verdad?”, me pregunta con seriedad. Apenas puedo responder. “Bueno, toma, chamita. Pero no llores. No te voy a hacer nada. Discúlpame”, me dice. Su mano extiende hacia mí mi celular. Lo tomo y lo guardo. Ni el llanto ni el temblor se detienen. Saco un cigarrillo. “Coño, por qué tienes que hacerme esta vaina. ¡Trabaja, pana, trabaja! ¿Yo qué coño te hice?”, le reclamo con desesperación, con angustia, con rabia, con cansancio. El me pide otro cigarro.

“Tú no eres la única que tiene problemas. A mí me botaron. No he comido hoy. No tengo plata y tengo una hija pequeña”. “¿Por qué te botaron? ¿Qué hiciste?”. “Falté al trabajo. Pero no porque quise. Tenía a mi hija enferma y la mamá es una loca. La tuve que cuidar yo”. Un silencio largo nos encuentra. “Yo ni siquiera hago esto. A mí no me gusta hacerle el mal a nadie. Yo lo que necesito es plata, por mi hija. No sabía qué más hacer”. Y así, de repente, parece que estamos juntos en esto de ser gente, o tratar.

“Toma”, le digo con 300 bolívares en la mano, “me podías haber dicho eso desde el principio y yo te iba a ayudar con lo que pudiera”. “Mentira, chamita. ¿A ti qué te importa mi vida? Tu ni siquiera me ibas a escuchar”, responde mientras toma el dinero. La escena es irreal y absurda, pero humana.

Comienzo a buscar a mi perro. Lo llamo pero no viene, indispuesto a regresar al mando de la correa. “¿Quieres que lo agarre?”, pregunta. Yo hago un movimiento con los hombros. Él toma la correa y luego a mi perro que, inocente, mueve la cola y vuelve a mi lado. “Bueno… gracias. ¿Cómo me dijiste que te llamabas?”. “Gabriela”. “Ah, como el ángel Gabriel”, dice antes de alejarse.

Originally posted 2015-07-06 09:19:13.

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