[pullquote]Uno vive consigo a cuestas, conversa con frecuencia, se acompaña en todo momento, pero ese “otro yo” con el que convivimos siempre será capaz de sorprendernos cuando menos lo esperamos. De allí que dicen que uno no se conoce sino hasta que la situación precisa obliga a aparecer a ese extraño que nos hace compañía. Y es cuando sabemos de qué estamos hechos. Basta un parpadeo para que “el otro” tome el control. Es lo que nos cuenta este relato en el que una apacible madre y esposa terminó siendo una Lara Croft tropical, un día cualquiera, en medio del “trágico” caraqueño. Su autora es Tibisay Guerra Morantes, una activa emprendedora cultural. Héctor Torres[/pullquote]

Desde que tengo memoria, tiemblo. Para casi todo, tiemblo. Hay algo en mi sistema neurológico que me cuesta controlar cuando me encuentro ante situaciones que impliquen estrés, pero generalmente mi tono muscular está plagado de excesos.

A los 27 años, y consciente de mis limitaciones, decidí aprender a manejar. Pero manejar en una ciudad como Caracas no es fácil. Hay que lidiar con calles en mal estado y, de paso, con los motorizados que creen que la  vía se hizo exclusivamente para sus máquinas. Pasa también con algunos colegas conductores.

Mi primer encontronazo con esta versión odiosa del  conductor caraqueño, ocurrió en enero de 2004. El “trágico”, (así le llamo, por cariño, al caos vehicular. Al tráfico, pues) recibe la noche en los alrededores de la Plaza Madariaga del Paraíso. Cornetazos, mentadas de madre, militares de adorno. Eso percibía desde mi carro. Iba con mi hijo de 10 años, pero era mi esposo quien manejaba.  A sólo  tres cuadras de llegar a casa, sentimos un golpe leve que nos da una camioneta. Mi esposo se detiene, pero la camioneta nos esquiva y sigue, mi esposo trata de alcanzarla pero el tráfico es tan inclemente que apenas podemos movernos unos centímetros. En un descuido la alcanza y la camioneta nos vuelve a chocar, esta vez, con toda la saña posible.  Coño de su madre, grito molesta. Me resisto a creer que pueda darse a la fuga sin responder por su impericia, pero el tráfico no la deja escapar. Los nervios hacen de las suyas conmigo y comienzo a temblar más de lo normal.

La frustración y la rabia me empujan a bajarme del carro. No sé cómo, de pronto aparezco montada en el estribo de la puerta del copiloto de la camioneta agresora, que tenía el vidrio abajo. Una Cherokee dorada, recuerdo. Miro a quien conduce y es una joven, 24 años como máximo. La miro desafiante y  le reclamo: ¿es que tú no te piensas parar?

Lamentaré toda la vida ese arrebato.

No había terminado el reclamo cuando se despejó el tráfico y nuestra joven conductora arrancó la camioneta conmigo guindada en la puerta. Me sentí Bruce Willis en Duro de Matar, me sentí una Lara Croft cuya única arma era un budare que había dejado en casa. Recordé que, siendo niña, defendí a puños a mi hermano de un muchacho que lo acosaba. Me vino a la mente el día en que, molestísima, le lancé un anillo de “tú y yo” a un pretendiente porque me enteré de que también le gustaba Karina, la vecina de al lado. Pero, por último, pensé en mi hijo viendo la escena desde el carro y en el zaperoco que me iba a armar mi esposo. Si sobrevivía.

Esos segundos se hicieron eternos. Como pude, me aferré a esa puerta que se me hacía resbaladiza, rogando a Dios que a la conductora no se le ocurriera subir el vidrio.

Luego, pasó. No lo vi venir. Nuestra conductora “estrella” frenó bruscamente y salí disparada como una bala humana rasando el asfalto hasta enterrarme en él. Quedé aturdida, sorda, muda. Mi cuerpo inmóvil no reaccionaba, pero estaba consciente. Escuchaba gritos y patrullas. “La mató”, dijo una señora. Eso bastó para que comenzara a moverme. Leonardo, dueño de” Cachaperros”, un local de comida cercano, vino a mi auxilio y logró levantarme del asfalto. Sufrí quemaduras y mi prominente quijada era una perfecta berenjena.

Mientras trataba de reponerme, la conductora se dio a la fuga, sin percatarse de que mi aterrizaje fue a dar justo frente al CICPC del Paraíso, donde había dos motorizados de la Unidad de Respuesta Inmediata observándolo  todo. Salieron en su búsqueda y gracias al tráfico de la Avenida Páez, pudieron alcanzarla justo antes de entrar a su residencia.

Lo que vino después fue tan o más traumático que la caída. Hasta cierto punto podía entender que los nervios y la paranoia caraqueña nos hayan hecho reaccionar a ambas de maneras tan vehementes y peligrosas. Trataba de retomar mi cordura, enrevesada entre tanta angustia y expectativa, cuando la joven conductora llegó escoltada y esposada a la sede del CICPC.

Según su versión, yo intentaba robarla, por eso actuó de la manera que lo hizo.

Originally posted 2015-09-14 11:52:49.

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