Decir que la vida se parece a un rio no es, precisamente, la metáfora más novedosa a la que se pueda acudir. Pero lo que no tiene de novedosa lo tiene en cambio de acertada. Y si algo tiene la vida de rio es que por momentos transcurre lenta y apacible y, sin darnos cuenta, volverse rápida e inesperada. De un instante de esos que la vida cambia para siempre en un abrir y cerrar de ojos se refiere esta historia. El personaje cuenta cómo, siendo niño, una mañana despertó y en pocas horas se estaba despidiendo de la vida tal como la había conocido hasta entonces. Sergio Santaella, su autor, estudia en la Unimet. Héctor Torres.

No sé cómo describir lo que sentí el día del anuncio oficial. Sin duda lo veía venir pero nunca me sentí preparado. Para aquel entonces no era más que un chamo de doce años que había disfrutado vivir en la misma calle desde siempre. Avenida Principal de San Luis, Residencias Mary Carmen, piso tres, apartamento 32.

Mi mamá me despertaba todos los días a las 6:55 en punto. Los cinco minutos exactos para vestirme y correr hasta la entrada del colegio. Allí, bromeaba con mis amigos de siempre. Los mismos que jugaban al escondite conmigo desde preescolar. Esos que asistieron a cada una de las piñatas que mi mamá organizó para mí. La mayoría vivíamos cerca, por no decir al lado. Nuestro grupito (que en algún momento tuvo un nombre ridículamente tonto) se reunía todas las tardes en el parquecito de la esquina. Allí nos sentíamos libres de hacer lo que quisiéramos. Miércoles, astronauta. Jueves, jugador profesional de pelotica de goma. Viernes, apostador fracasado de metras.

Mi mundo giraba en torno a dejar el alma en la cancha para intentar ganar partidas de fútbol con arquerías improvisadas y, huir hábilmente de las viejitas del Cafetal que se molestaban cuando, sin querer, las atropellaba en mi intento de escapar de la ere. Llevar del brazo a mi abuela todos los domingos a misa estaba dentro de mis responsabilidades como ‘próximo hombrecito de la casa’. Lo único molesto de eso era tener que soportar los mismos comentarios, domingo tras domingo: “¡Que tremendo estás, chico!”

Nunca entendí el porqué de esa frase si lo único que hacía en misa era intentar no quedarme dormido. O el que nunca falla: “¡Sergioooo, cómo has crecido!” como si en una semana me hubiese convertido en jugador de la NBA.

Mi memoria es bastante mala por lo que no suelo recordar muy bien las cosas. Sin embargo, recuerdo cada de detalle de aquel día. Sábado por la mañana, al despertar lo primero que veo es un montón de maletas apiladas en la puerta del cuarto. Salgo y todos en la casa están muy agitados. Me da miedo preguntar, intento convencerme a mí mismo de que todo esto no es más que un viaje sorpresa por el cumpleaños de mi mamá. Mi abuelo me saluda con un abrazo tan estruendoso que solo refleja un exceso descarado de cariño.

Mala señal, muy mala. No pasa ni media hora cuando mi padre nos manda a mi hermano y a mí a despedirnos de nuestros abuelos y montarnos en el auto. La cara de mi hermano lucia lúgubre. Ni siquiera tuve la oportunidad de despedirme de mis amigos, los que de ahora en adelante llamaría ‘viejos amigos’.

Mi vida como la conocía se va desvaneciendo desde la ventana del carro. Primera vez que observaba cada detalle del camino. Cada metro que avanzaba era un metro que mi memoria retrocedía en el tiempo. Intentaba grabar en mi mente hasta el árbol más insignificante. Lo más duro fue ver todo por última vez. El colegio, los edificios de mis amigos, el parquecito. Al final de la calle lo último que recuerdo fue a la señora Rebeca paseando a Lucas (su perro). ¿Quién diría que iba a extrañar a la viejita que siempre me fastidiaba tanto como extrañaba a mis mejores amigos?

Supongo que nunca estuve preparado para el anuncio oficial porque nunca hubo uno. Solo sucedió. En un abrir y cerrar de ojos ya estaba a miles de kilómetros de mi hogar.

Si, aun lo llamo mi hogar.

Originally posted 2016-05-30 13:04:44.

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