Vivir en ciudad exige hacerse de mecanismos para ir llevándola antes de que ella lo lleve a uno. Esta ciudad, este país, este momento, producen una conjunción de certezas destinadas a demoler el ánimo. Es tanto lo que opera en contra (es tanta la percepción generalizada de derrota) que la única manera de atravesar la ciudad y de atravesar el día, es haciéndose de rutinas que neutralicen la contagiosa pesadumbre reinante. Este “ritual de la rutina” obliga a la autora a ejercitarse en un modo distinto de ver la ciudad y de ver la vida en torno, “hasta que salga natural”, para evitar propagar lo que Camus denominó La peste. Su autora, Oriana Mejías, es una fotógrafa egresada de la Escuela de idiomas de la UCV. Héctor Torres

Anoche estuviste en vilo. La madrugada transcurrió entre errores ortográficos y poca coherencia entre párrafos; como esa etapa de la vida en la que las erratas abundan. Despiertas por el sonido tranquilizante del despertador, sabes que es momento y te levantas… esa rutina de todas las mañanas. La ducha, el vestidor, el desayuno. Tener todo lo que necesitas para la aventura de vivir en la metrópoli. Esa que dicen que estresa, carcome, araña. Ella, la insufrible.

Sabes que ella existe, por fortuna la presencias -en esas fachas-menos que los demás. Vives tu ilusión, dicen unos. Ignoras el entorno, también oíste decir una vez. Piensas que ya todo está dentro del morral, agarras las llaves.

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Caminas bajo el sol, sientes la calidez que siempre extrañas de tu hogar. La caminata matutina tiene una magia indescriptible, porque si algo trajo la mudanza fue que el verde volvió a ti, inmenso, frondoso. Respirar profundo, seis veces. Sonreír porque hace un día lindo.

Llegar a la parada del autobús, siguiendo con la rutina. Esperar cinco minutos, decir buenos días y obtener respuestas en voz alta. Es la mañana- piensas-, es como debe ser. Música a los oídos y es el grupo de siempre. El que cantas cuando estás contento y cuando estás desanimado también. Ese, el infalible. Aún no coincides con el zarpazo que te vaticina la mayoría, a pesar de estar esperándolo siempre, más por costumbre, por el estado de alerta. Porque vivir aquí “es así”.

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Las ventanas y los árboles te acompañan el ritmo, la letra. Esa frase que de nuevo pescas entre la canción. Otra que no habías entendido a profundidad anteriormente. Sigues alerta, pero ruedas. Ruedas con muchas personas a tu alrededor. Ellos hablan y no sabes de qué, pero sí sabes que dos asientos más allá el señor de camisa usada –más por el tiempo que por él- te mira y te mira. La pregunta es siempre: ¿qué mira?

Llegaste al lugar de destino, el primero de varios como reza la cotidianidad de cualquier habitante de la Gran Caracas. Caminar, descender, caminar, el boleto, caminar, descender nuevamente. El subterráneo, que llaman.

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No escuchar a tu alrededor en el transporte público tiene una ventaja, lo que ves carece de contexto y también de tus prejuicios. Por eso, ves al señor que llevas al lado y se balancea con un saco lleno de mangos, al otro muchacho que habla mientras se mece en los pasillos del metro cuyo aspecto –si te contextualizas- te habría asustado a priori. No estereotipar en tu día a día es el ejercicio férreo que decidiste tomar hasta que salga natural. Porque la tolerancia es también un músculo, te dijiste una vez hace dos años.
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Segundo lugar de destino, la misma escalera que no sirve hace meses te sirve para pensar que ya no te duelen las piernas al subir, que respiras con ritmo. Hay mejorías notables en tu rutina, hay avance. ¿Cómo decidir no ver el avance? ¿Cómo cegarte a tus hechos cuando danzan en frente de ti? Sigues sin entender eso en los demás, en lo que te rodea. Mas, estás alerta, porque el zarpazo siempre está, te dicen. Aunque cada vez crees menos en eso.

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El día empezó temprano. Lo afrontaste con lo mejor de ti. Las alegrías estuvieron, el apuro también. La caminata frenética por querer llegar a tiempo y no tarde como todos los de tu gentilicio. Esas son tus batallas cotidianas, esas que te hacen ponerte la armadura cual caballero de la Edad Media. Y la magia. Tu creencia inexorable e irremplazable en ella, la inexistente, según los otros. Esa que todos los días viene a ti y te ve sonreír. La cómplice de tu certeza porque existe y es real, aunque sigas alerta a la mordida. Más por mal hábito que por convicción.

Originally posted 2016-07-25 13:26:33.

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