[et_pb_section admin_label=”section”][et_pb_row admin_label=”row”][et_pb_column type=”4_4″][et_pb_post_title admin_label=”Título de publicación” title=”on” meta=”on” author=”on” date=”on” categories=”on” comments=”off” featured_image=”on” featured_placement=”background” parallax_effect=”on” parallax_method=”on” text_orientation=”center” text_color=”dark” text_background=”on” text_bg_color=”rgba(255,255,255,0.9)” module_bg_color=”rgba(255,255,255,0)” title_all_caps=”off” meta_font_size=”14″ use_border_color=”off” border_color=”#ffffff” border_style=”solid”] [/et_pb_post_title][et_pb_text admin_label=”Texto” background_layout=”light” text_orientation=”left” text_font_size=”14″ use_border_color=”off” border_color=”#ffffff” border_style=”solid”]

Una joven debe abordar el primer vuelo de la mañana. Su esposo la despide en el taxi que la llevará al aeropuerto. Un rumor en la sala de embarque despierta a la pasajera a un término dormido entre nosotros: “Golpe de Estado”, llevándola a tomar una decisión de última hora y a obedecer, sin pensarlo, al desconocido que se pone a la orden para devolverla a Caracas. Un aciago día de 1992 para la democracia venezolana es el marco de la memorable e inquietante historia de un “rescate” por  parte de un desconcertado esposo, que nos cuenta cómo nuestros pasos nos pueden llevar por caminos inéditos sin darnos tiempo de reaccionar. Ana Mata, su autora, es ingeniero. Héctor Torres.

 

A las 4:25 de la mañana sonó el intercomunicador. Agarré mi cartera y bajamos. Un apretón de manos entre mi esposo y el taxista que había venido a recogerme y un beso rápido en la frente para mí, fue la despedida.
El traslado hasta el aeropuerto nacional de Maiquetía nos tomó alrededor de 25 minutos. Había poca gente registrándose en el mostrador de Aeropostal. Entré al área de embarque sin contratiempo y caminé por los pasillos aún dormidos hacía la puerta de salida que me correspondía.
Cabeceaba arrullada por las voces de los otros pasajeros que también esperaban el llamado para abordar. Las palabras: “golpe de Estado” resonaron en mi oídos con como un eco lejano… Alguien aseguraba que en Maracay se habían alzado unos militares. Me despabilé. Era la conversación de una pareja sentada detrás de mí. No sabían mucho. Lo habían escuchado al momento de chequearse. «¿Viajaremos en medio de esta incertidumbre?». La voz del aeropuerto no titubeó en su invitación para abordar el vuelo de las 6:00 de la mañana con destino a Maracaibo.
La azafata que chequeaba los pases de abordar nos aseguró que todo estaba en orden. El vuelo seguía su itinerario. Ya en el túnel que nos llevaría a la puerta del avión, decidí que no viajaría. Debo haber expresado mis pensamientos en voz alta porque el caballero que venía justo detrás de mi, dijo que tenía razón.
Era mejor no abordar.
A paso rápido (al parecer juntos) el caballero en cuestión y yo, abandonamos el túnel. Atrás quedaron los murmullos del resto de los pasajeros. Casi sin aliento en la puerta del terminal me descubrí girando sobre mi misma como un trompo…
─Si quieres te llevo… bueno hasta mi casa. Que alguien te busque allá.
Ahí estaba el caballero, a mi lado. Paralizada, lo miré. Muda. Conscientemente hacía un esfuerzo para que mis atropellados pensamientos no se convirtieran en palabras… «No sé quién es usted… No hay taxis… ¿Hasta su casa?… ¿Qué le respondo?…»
─Oye, si quieres que te lleve, sígueme. Yo me voy. La cosa parece seria…
A partir de ese momento todo se proyectó ante mí como una película a alta velocidad. Fui protagonista y espectadora a la vez.
Voy detrás de él, casi corriendo. Abre la maleta de un carro, guarda su chaqueta, hurga en su maletín y saca un estuche. « ¿Será un arma?…». Giro, nos tropezamos. Me abre la puerta. Cuando está rodeando el carro pienso en bajarme y escapar…

El velocímetro marca 110 km/h. Me quedo sin aire cuando estira la mano y toma el estuche. Saca un ladrillo. Lo miraba por el rabillo del ojo. No cualquier persona tenía un Motorola en aquella época. Llama. Habla en un idioma que no entiendo. Se voltea y me entrega el teléfono móvil.
─Avisa a tu casa para que te busquen y quita esa cara de susto que no te voy a secuestrar.
Intento marcar pero el aparato se me cae una y otra vez. Me lo arranca de las manos y me pide el número. Marca él. Pienso que vamos a chocar.
─Toma, habla.
Mi esposo, que había vuelto a dormirse, no entendía nada. Casi en medio de un llanto trato de explicarle de nuevo que hay un golpe de Estado, que me estoy devolviendo del aeropuerto con un tipo… un señor… «No, no sé quien es. Me tienes que ir a buscar a… a Cumbres de Curumo».
Sótano, ascensor, puerta… Entramos y no veo a nadie. Me pide que lo siga y me lleva directamente a una habitación que parece un estudio.
─Puedes esperar aquí.
Sale y deja la puerta abierta. Se dirige a lo que aparenta ser la cocina y logro ver que saluda a dos mujeres con las cabezas tapadas por un velo hasta los hombros. No los escucho. Parece que miran la televisión. Él regresa y me dice que está por creer que mi esposo no está interesado en rescatarme. Entre… ¿risas? me entrega un teléfono inalámbrico y se va. Llamo a mi casa y nadie contesta. Marco a casa de mis suegros. Me dicen que Fran pasó por su papá hace un rato y que deben estar en camino. Escucho un timbre de intercomunicador. Bajamos. En la puerta del edificio están mi esposo y mi suegro. Los abrazo a ambos.
─Hermano, en mi tierra tu mujer ya no sería tu mujer sino la mía─ fue el saludo que dio el señor a mi esposo. No recuerdo el nombre, ni siquiera estoy segura de haberlo sabido.
Esa tarde del 27 de noviembre de 1992, el gobierno venezolano decretó el estado de emergencia, anunció el fracaso de los golpistas e impuso un toque de queda suspendiendo las garantías constitucionales.

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Originally posted 2016-02-29 10:22:22.

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