De todo cuanto nos sucede, los hechos más inolvidables parecen ocurrirnos en la infancia. Esa etapa de la vida en la que tratamos de entender las reglas del juego, donde todo nos resulta tan inédito y tenemos que suplantar las certezas con nuestra imaginación, es una fuente inagotable de situaciones que marcan nuestras más arraigadas concepciones. Y más aún si se trata de esos grandes temas que cada tanto aparecen a lo largo de nuestra vida. Como la muerte, por ejemplo. En torno a un recuerdo de la infancia y las percepciones sobre ese tema, se desarrolla esta simpática historia. Su autora, Deyanira Puche, es médico.Héctor Torres

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Era una noche de junio. El abuelo, que vivia en la parte alta de nuestra casa, había muerto. Era la última noche de esos interminables rosarios que solían rezar en los llamados novenarios.

Como éramos muy pequeños nos quedamos en casa: mi hermano mayor de 12 años, Susana, hija de una señora que habia criado mi abuela materna, y yo, teníamos ocho, y mi hermano menor, de seis.

Esta casa, la casa de mi infancia, pertenecía a mis abuelos paternos, quienes vivieron ahí juntos hasta el año 1953, cuando decidieron separarse y la dividieron en dos plantas. La abuela se mudó y nosotros nos fuimos a vivir en la planta baja. Llegué con solo 3 años de edad. Recuerdo cada rincón de ella y lo que la rodeaba. Al entrar, la sala, a la derecha la habitación de mis hermanos. Desde la entrada se veía claramente la puerta de mi habitación, luego el comedor y se continuaba un largo pasillo que tenía a la derecha la cocina. Al final la habitación de nuestros padres, y atrás un gran patio, lugar lleno de recuerdos de nuestros juegos.

Jugábamos, nos estábamos riendo, ajenos a aquel momento y acontecimiento en los que estaban los mayores. Salimos corriendo del cuarto de mamá por el largo pasillo hacia el comedor, cuando vi a un señor parado en frente de la puerta de mi habitación: alto, delgado, con un sombrero sobre su cabeza. No vi su rostro.

Comencé a gritar y a llorar, aferrada a mi hermano mayor, quien quería ir a ver quien podía estar allí. Yo no se lo permitía.

Susana gritaba que también lo habia visto. Leonardo, quien iba de primero en la corta fila que seguíamos cuando jugábamos, habia llegado a la sala, y con mis gritos quedó petrificado en el sofá. Él no vio nada.

Todos los que estaban en casa del abuelo, familiares y vecinos, interrumpieron su rezo y bajaron atemorizados por lo que podía haber ocurrido.

Yo solo lloraba y gritaba…

Revisaron la casa. Todos. No hubo lugar que no revisaran, debajo de las camas, las gavetas…

Comprobaron que no habia nadie en la casa.

Para calmarme me llevaron por toda la casa, para convencerme que no habia nadie aparte de nosotros…

Era imposible que hubiera salido sin ser visto por uno de nosotros, ya que teníamos visión para verlo salir por la puerta de la casa.

¿Cómo entró? ¿Cómo salió?

Comenzaron los comentarios de los mayores:

— Ese era el señor Puche (el abuelo).

— ¡Es lógico! Esta era su casa y su oficina el cuarto donde duerme Deyanira.

Hubiera no deseado oír esos comentarios.

¡Los muertos salen! Y yo lo vi.

Nació y creció tanto en mi ese miedo a la oscuridad, a los ruidos extraños, a estar sola, que a pesar del paso del tiempo, de crecer, de estar en lugares solos, pasillos oscuros donde circunda y esta presente dia a dia la muerte, persiste el temor a lo desconocido o extrasensorial.

Mi padre, durante años, trató de convencerme de que los muertos no salen. ¡No lo logró!

De eso hace mucho tiempo. Incluso papá se ha ido. Mi madre, fiel creyente de que los espíritus se comunican con los terrenales, me pregunta: ¿No has sentido a tu papá?

— No, papá nunca me haría algo así, le respondo.

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Originally posted 2016-04-25 10:11:05.

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