[et_pb_section admin_label=”section”][et_pb_row admin_label=”row”][et_pb_column type=”4_4″][et_pb_post_title admin_label=”Título de publicación” title=”on” meta=”on” author=”on” date=”on” categories=”on” comments=”off” featured_image=”on” featured_placement=”background” parallax_effect=”on” parallax_method=”on” text_orientation=”left” text_color=”dark” text_background=”on” text_bg_color=”rgba(255,255,255,0.9)” module_bg_color=”rgba(255,255,255,0)” title_all_caps=”off” meta_font_size=”14″ use_border_color=”off” border_color=”#ffffff” border_style=”solid” /][et_pb_text admin_label=”Texto”]

No por haberse convertido en un lugar común a fuerza de uso, ese hermoso título de  novela deja de expresar una verdad irrefutable: el mundo es ancho y ajeno. Fuera del ámbito de nuestra cotidianidad, hay un universo infinito lleno de sorpresas para la mirada virgen. Y si en eso ya la tierra es un terreno fértil, no es difícil imaginar cuánto misterio nos puede revelar la vida en el mar. Como una ballena acercándose a saludar a los tripulantes de un velero. Hay personas afortunadas que pueden contar una historia de esa naturaleza en primera persona. Como lo hace en este bello texto la viajera y cineasta María Inés Calderón. Héctor Torres

 

Mar adentro, en el Pacífico Oeste, el agua está como un espejo. La temperatura es de unos 32º C. No hay viento y el cielo está algo nublado. A unos 5ºNorte de la línea ecuatorial la presión atmosférica es como una plancha para hacer sanduches.

Es la hora de mi guardia, mientras el capitán duerme. Vamos a motor mientras la vela mayor reposa alzada, y el piloto automático lleva la nave en sentido oeste.

Aletargada por el calor y con la mirada perdida en el horizonte, escucho en mi nuca un sonido largamente esperado. Volteo y allí está: la cabeza de una bellísima ballena jorobada gris, fuera del agua, mirándome con un ojito curioso y dulce. Le hablo para tratar de retenerla y hacer menos fugaz el encuentro.

— ¡Hola! ¡Tan bonita!  ¡Tan cerca!

La ballena parece sonreír y disculparse por estar apurada, y se aleja del yate, dejando su gran estela en el agua. Mientras la veo desaparecer, salto excitada y grito:

— ¡Una ballena! ¡Una ballena! ¡Estaba en mi cuello y me miró cerquita!

Celtic Caper, nuestra casa flotante, apenas mide 12 metros de largo por 3 de ancho. La ballena puede haber sido del mismo tamaño. En los dos años que llevo navegando aprendí que no son peligrosas. Este tipo de encuentros es común entre los veleristas. De hecho, este es mi segundo encuentro con una ballena jorobada. El primero fue en Panamá. En aquella oportunidad nos saludaron una ballena y su bebé. David y yo las vimos venir hacia nosotros, así que estábamos en cubierta esperándolas emocionados. Yo tenía la cámara de video preparada pues sabia que veríamos una catarata, pero cuando la ballena y su cría se acercaron, de la emoción, bajé la cámara y me puse a hablarles mientras David me gritaba desesperado:

— ¡Graba! ¡Graba!¡Grabaaaaa!

Hay veleristas que se tiran al agua a nadar con ellas. Yo me quedé ahí, cautivada por su dulce mirada y su curiosidad, tan igual a la mía, y no grabé. No quería perderme de ese contacto tan esperado. O asustarla.

No podía tener nada entre ellas y yo. Sobretodo la madre que se irguió para verme, así, como cuando uno se acerca para ver mejor a alguien que le interesa, así. Casi nadie lo entiende cuando lo cuento. Es mas importante el registro, que el contacto directo; la memoria impresa, que la memoria sensorial, esa que se queda para siempre en nosotros. Esa mirada curiosa de la ballena, y la mirada tímida de su cría, a menos de dos metros de mi nariz, es sólo mía.

Esta vez no tengo cámara. Cuando la ballena desaparece totalmente de mi vista, me siento de nuevo en cubierta, y vienen a mi memoria las palabras de mi hijo Luís. Hace dos años estaba trabajando gratis como productora, directora, editora de un proyecto documental sobre ecología. Trabajaba duro pero nunca tenía dinero. Y un día Luís me preguntó preocupado:

— ¿Hasta cuándo vas a seguir haciendo filantropía? ¿Por qué no vuelves a la publicidad? Así, cuando tengas suficiente dinero, te compras un barco y te vas a lavarle la barriga a las ballenas en el Pacífico.

Entonces, yo ni remotamente imaginaba que algún día estaría, como hoy, sentada en un velero en el Océano Pacífico hablándole a una ballena. Creo que mi hijo me hizo un conjuro.

[/et_pb_text][/et_pb_column][/et_pb_row][/et_pb_section]

Originally posted 2016-02-15 07:00:20.

Menú de cierre