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[pullquote]El olfato, como bien lo afirma este texto en su primera línea, es un poderoso disparador de la memoria. Curiosamente, aunque los recuerdos sean materia prima de la literatura, este suele tener poca cabida en sus territorios. Su eficaz uso ya sería suficiente mérito de este relato, al que se le agregaría la brevedad con la cual, con pocas pinceladas, muestra una arista más de la temida y misteriosa muerte, esa que tanto se deja ver en nuestra ciudad. Jennifer Peralta, su autora, cursa una maestría en Psicologia Social (UCV).Héctor Torres[/pullquote]

Dicen que el olfato es el sentido que activa más rápido la memoria debido a su relación directa con el cerebro. Ese planteamiento científico, que se ha convertido en un saber común, lo pude corroborar en primera persona cuando me tocó ir a la Morgue de Bello Monte por una evaluación médico forense. Esto, gracias a que un motorizado esmirriado y esquivo, sin casco ni licencia, se comió la luz del semáforo y fue a parar en el parachoques de mi carro, primero, y en el asfalto, después.
Eran las ocho de la mañana cuando llegué al lugar. Sin haber entrado aún, percibí un tufo que de inmediato asocié con una pechuga de pollo que una vez mi mamá dejó olvidada en el carro toda una noche. Ya adentro, me ubiqué en la cola para ser atendida, sin dejar de pensar en ese curioso olor. ¿Cómo era posible que fuese tan agudo?
De repente una voz me interrumpió.

—No entiendo cómo esas mujeres pueden comer como si nada. ¡Qué asco!

Era el tipo que tenía adelante, señalando con el clásico gesto de la trompita a unas enfermeras que disfrutaban de unas arepas en un escritorio cercano. Asentí con un ligero movimiento de cabeza. No quería darle cuerda.

—Uno sale hediondo de aquí —insistió— , apenas llegue a casa pongo la ropa en agua caliente.

—¿Está seguro de que es eso?—, no aguanté.

Ambos sabíamos qué era “eso” a lo que me refería.

—¡Claro, hija! ¿Qué pensabas tú? —replicó.

La conversación murió ahí. Cada quien continuó en lo suyo.
Por si me quedaban dudas sobre la naturaleza de aquél olor, mi memoria dio la estocada final. Me vino a la mente los comentarios y las noticias de las que se habla en la redacción. “En la Morgue de Bello Monte los cadáveres están apilados porque no hay espacio”; “En 2013 se recibieron 5.722 cuerpos”.

Cuando uno no está acostumbrado a tener un contacto palpable con la muerte (aunque viva en Caracas) cualquier cosa que le haga referencia directa se convierte en un elemento perturbador. Así comencé a sentirme: perturbada. Recordé que el cuerpo de un pana había ido a parar a ese lugar, después de que un accidente de tránsito le cegara la vida a él y a su esposa, que era una de mis buenas amigas. La niebla de putrefacción había tomado, entonces, otras dimensiones. Quise llorar. Quise huir. “Faltan cinco personas, sé paciente”, me repetía a cada rato.

El miedo a la muerte se convirtió en un demonio desatado. Esa pestilencia, luego de esos pensamientos, había tocado fibras que no alcanzarían a ser tocadas por cien pechugas de pollo olvidadas. Nunca.

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Originally posted 2015-05-04 08:10:48.

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