Las prendas de vertir forman parte de un complejo entramado de comunicación verbal que suele expresar una naturaleza, un modo de ver la vida y hasta una postura social. Este agudo texto recuerda un famoso episodio durante las olimpíadas de México de 1968, en el que dos medallistas olímpicos norteamericanos aprovecharon la visibilidad del podio para expresar una causa política, como marco para una historia de burocracia gubernamental. De la posición a la pose, termina siendo la línea que se dibuja cuando la demagogia pretende hacer bandera con causas justas. Denise Armitano, su autora, es publicista y traductor literario. Héctor Torres.[read more=” LEE MÁS ” less=”LEE MENOS”]

Con dos horas de retraso, luciendo camisa de estilo africano, sonreído y perfumado, llegó el jerarca de la cultura para dar inicio al acto protocolar. Ajeno al calor del mediodía, a la humedad de una lluvia tropical anunciada y a los rostros crispados de casi todos los asistentes cansados de tanto esperar, el funcionario se explayó sobre los temas de costumbre: el ahora verdadero reconocimiento del artista tal “que siempre fue excluido”, las formas populares de la cultura que son “la” cultura, la afrodescendencia y su reivindicación urgente como parte indisociable de nuestra herencia cultural… No le faltó decir, con fondo de truenos, que museos e instituciones culturales siempre habían sido templos del eurocentrismo invasor y que, a pesar de los años de lucha y de haberse abierto a auténticas expresiones de libertad creadora, aún faltaba mucho por hacer, ya que seguían siendo elitistas.

Debe ser por esa razón que su asignación presupuestaria anual era tan baja y que el sueldo de los trabajadores culturales seguía siendo uno de los más miserables de toda la nómina estatal. Lo cierto es que no hubo nada nuevo en ese discurso, acompañado por joropo y tambores, a tono con el exótico estampado en la camisa del orador, recordándome un episodio de la historia de los Juegos Olímpicos.

Fue en 1968, durante las olimpíadas de México, al momento de la entrega de medallas de los 200 metros planos: oro y bronce para los estadounidenses Tommie Smith y John Carlos respectivamente, plata para el australiano Peter Norman. Los atletas estadounidenses llegaron al podio sin zapatos pero con medias negras. Tommie Smith vestía una bufanda de color negro y John Carlos usaba un collar de cuentas debajo de la chaqueta –desabrochada– del uniforme deportivo. Ambos portaban una insignia del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos, organización que luchaba contra el racismo en el deporte. Por solidaridad, Peter Norman también lo hizo. Tommie Smith llevaba puesto un guante negro en su mano derecha y John Carlos otro en su mano izquierda. Al sonar el himno de los Estados Unidos, ambos agacharon la cabeza y alzaron el puño. El gesto produjo escándalo y abucheos, pero quedó inmortalizado en imágenes fotográficas como uno de los momentos más simbólicos de las olimpíadas modernas.

Las prendas de vestir y los accesorios que los atletas exhibieron, buscaban transmitir de manera contundente su inconformidad con el racismo en el deporte y a la vez hacerse eco de los postulados del “Black Power”, movimiento surgido a finales de los años sesenta en Estados Unidos para reivindicar los orígenes africanos y los valores de la población negra y a la vez hacer frente a la opresión: las medias negras simbolizaban su pobreza, la bufanda el orgullo de su raza, el collar de cuentas a quienes murieron por castigos siendo esclavos o en los barcos que los transportaron desde África. Los guantes representaban la fuerza y rebelión del Poder Negro concentradas en una mano cerrada.

A raíz de esa manifestación, Tommie Smith y John Carlos fueron expulsados de la villa olímpica y de su equipo. Al regresar a los Estados Unidos, recibieron amenazas de muerte. Durante mucho tiempo fueron despreciados e ignorados por las autoridades deportivas.

Del recuerdo de lo sucedido en 1968, surgieron diversas interrogantes mientras proseguía el acto protocolar y el discurso se encendía: ¿Qué opinión tendría el orador acerca del racismo, la segregación o el apartheid? Y, sobre todo, ¿cuál habría sido su intención al decidir vestirse ese día con una dashiki (camisa africana de estampado colorido)?

El poder y sus personeros pregonaban igualdad, solidaridad y rescate de la identidad autóctona y mestiza, al tiempo que se le aplicaba un apartheid presupuestario a los entes que, según su criterio, trabajaban “de espaldas a la comunidad”, o no eran lo suficientemente populares ni útiles a su causa. Era una muestra, a pequeña escala, de lo que padecían quienes no seguían esa línea.

En aquel 1968 de reivindicaciones que propiciaron numerosos cambios, Tommie Smith y John Carlos escogieron con plena intencionalidad cada una de sus prendas de vestir a fin de elevar una protesta ante el mundo. Cuarenta y seis años después, el funcionario de turno vestía una camisa africana: tal vez para solidarizarse e identificarse con la causa afrodescendiente, tal vez para congraciarse con el auditorio, con sus jefes y con los medios, o tan solo para llevar puesto algo a la moda.

Faltaba saber si su dashiki shirt provenía de los telares de una cooperativa africana perteneciente a alguna red de comercio justo, o de una de esas fábricas del sudeste asiático en las que se explota a los trabajadores y se utiliza tejido sintético para abaratar costos e inflar ganancias. Por el brillo de la tela y cierta rigidez que se intuía en su caída, podría apostarse a la segunda opción.

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Originally posted 2016-05-23 11:35:46.

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