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[pullquote]El amor es uno de esos universos infinitos que, una y otra vez, busca recrear el ser humano. Por ser una experiencia tan fundamental, todos sentimos que nuestra versión no sólo es la más original sino que jamás había sido contada. La infancia es otro universo infinito en el que recuerdos y fantasías bailan en un campo abierto sin frontera establecida. Es por eso que del cruce de esas líneas, la del amor y la de la infancia, obtenemos infinitas versiones de la misma maravillosa experiencia humana. Cero coma ocho Seg., es una hermosa recreación de ese encuentro. Víctor Valerio, su autor, es un joven creador que se pasea entre la música, la escritura y el audiovisual.[/pullquote]

 

Entre el montón de colores, figuras geométricas, potes de pega blanca, cartulinas, foami, serpentinas, lápices, libros para pintar, sacapuntas rotos, uniformes manchados y tijeras punta roma; a él solo parecía interesarle el amarillo. No era un amarillo cualquiera. Nada de pollito, limón, verdoso, naranjoso, sol ni mostaza. Era un color amarillo indescriptible, un tono cuyo nombre aún no le habían enseñado. De hecho, él no lo veía como parte de la familia Amarillo. Era Ese Color.

 

Ese Color se le aparecía en los sueños: cuando volaba sobre Torres de Oreo, cuando un dinosaurio morado se hacía grande, cuando era una estrella de la música, cuando se clavaba del aro jugando basket; y también se le aparecía en la televisión, en las películas, en los libros con dibujos (los que ya vienen pintados, claro), y sobre todo en lo que los grandes llaman Vida Real, que en pocas palabras es lo que está entre nuestra imaginación y nuestros sueños cuando estamos despiertos.

 

Aunque Ese Color parecía ser imitado por el resto del mundo, y el resto de su imaginación, solo tenía un amo, un dueño. En realidad era una dueña. Ella era la portadora original de Ese Color. Tan así que si él escuchaba el nombre de Ella, imaginaba Ese Color; y si él escuchaba el nombre de Ese Color, Ella se le venía a la mente.

 

La parte interesante de este cuento es que él escuchaba el nombre de Ella bastante; todos parecían mencionarla. Él nunca tuvo claro si era su imaginación quien tanto la nombraba o si eran el resto de sus compañeros de clase. Si este cuento hubiese sucedido en estos años recientes entonces probablemente el nombre de Ella hubiera sido trending topic. Que si ella es muy linda; que si me encanta como se ríe; que si su morral de pokemon es el mejor; que si yo le he robado 3 besos; que si yo le he robado 10; que si yo le robé 50, ayer.

 

Él no sabía cómo sentirse con los relatos de las hazañas de sus amigos. No sabía si eran un reto, una señal de que él era muy lento y penoso, o si le estaban mintiendo descaradamente. Las reacciones de “¡Guao!” del resto no mejoraba las cosas.

 

“¿Chamo, Gabriel, es verdad que tú le agarraste la mano y le diste 10 besos?”

“¡Claro que sí! Yo nunca digo mentiras, y creo que le gusto” le respondió Gabriel, con su enorme mancha de café con leche en la chemise ya-no-tan-blanca.

“Guaooo, ¿y no te daba miedo que le dijera a la maestra?”

“Claro que no, tonto. A mí nunca me atrapan”

“¡Yo también quiero robarle un beso!”

 

Él lo planeó todo y, después de una prolongada ausencia de Ella debido a la lechina, consiguió la oportunidad. Así fue como lo vi:

Patio interno de la escuela; baño de niños a la izquierda; baño de niñas a la derecha; mural de ratoncitos al fondo separando los baños; Bebedero de setenta centímetros al lado de la puerta, estilo cantina del oeste, del baño de niñas; Bandera de Venezuela izada en su asta al lado de Bebedero, Ella tomando agua en Bebedero, él frente a la Bandera.

 

Los diálogos no los recuerdo, pero él se aproxima a Bebedero habiendo notado que Ella tenía sed; Ella se recoge su cabello de Ese Color, deja de apretar el botón que deja pasar el agua, lo mira y lo saluda; él le responde, da un paso hacia Ella mirando al piso e intenta esconder su pequeña sonrisa; Ella se ríe, él sube la mirada, paralizado; Ella se aproxima hacia él pero se pone detrás de Bandera, jugando con una de las puntas; él gira el cuerpo noventa grados hasta quedar frente a ella y le dice algo; Ella le responde colocándose a su lado y de frente, suelta una risa; él gira nuevamente, se paraliza de nuevo y, como un reloj de cucú, se aproxima a Ella muy rápido encontrando sus finas líneas rosadas y, luego de un tiempo prudencial, se separa de su breve amor y sale corriendo al patio externo sin voltear a ver el rostro de Ella.

 

El piquito, como lo llamarían los Grandes, duró 8 décimas de segundo en la Vida Real; pero recuerden que en la corta vida de un niño los segundos pueden ser eternos. Él, en su gloria, se lo comentó, o más bien gritó, a todos. “¡La besé, la besé, la besé!” Y pudo ver la sorpresa en las caras de sus amigos antes de toparse con el ceño autoritario de la Profe, quien se lo llevó de la oreja hasta la notación citatoria para sus padres.

Originally posted 2015-07-27 15:36:24.

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