La gente tiene necesidad de creer en algo que la sostenga en las cuestas y la ilumine en los tramos oscuros. Creer en algo es una manera de paliar ese vértigo que le produce al ser humano andar a tientas. Lo curioso es cuando dos “creencias” colisionan sin que el creyente en cuestión llegue siquiera a notarlo. O, incluso, hasta se anime a explicar la coherencia de esa colisión. En ese caso, como si fuesen arenas movedizas, mientras más se agitan las explicaciones más se hunden en su contradicción. Este muy bien logrado relato ilustra con fino humor el asunto. Illiana Muñoz, su autora, es Gerente de sostenibilidad de una empresa de cosméticos. Héctor Torres

La religión tiene por padre la miseria y por madre la imaginación.

Ludwig Feuerbach

Durante un tiempo creí en el Niño Jesús, el ratón Pérez, los reyes magos y en uno que otro ex novio. En algunas ocasiones las creencias se contradecían hasta negarse, pero yo seguía creyendo. Y con el tiempo, así como creí, deje de creer.

Pero el caso de Lenin es insólito; nunca creyó en nada. Salvo en el Manifiesto Comunista, texto que no era raro que en medio de una borrachera con cocuy penca, justo después de compartir las razones del por qué esa bebida espirituosa debía tener denominación de origen, comenzara a recitar «Un fantasma recorre Europa: es el fantasma del comunismo».

En medio de mi racionalidad y conociendo a Lenin, intentaba entender lo que pasó ese enero cuando, nuevamente borracho, pero ahora con Etiqueta Negra, me dijo que estaba seguro, que él mismo vio como de la estatua brotaba aceite, que corrió entre la gente agrupada alrededor de la imagen, que gracias a que se sabía todas las canciones que comenzaron a entonar guitarra en mano los nuevos visitantes, como pudo se fue acercando hasta poder ver como efectivamente salía aceite, no solamente de los ojos, sino del busto entero. Que nuevamente entre canciones intentó acercarse más, y que extendió la mano para comprobarlo, pero que una “gorda de mierda” le golpeó el brazo a escasos centímetros del rostro aceitoso y que ahí termino su proeza.

Me enseñó el video que hizo, comprobé que la escena que él tanto se esforzó en describir no fue tal; los fieles, que no se sabían las canciones, no eran tantos como para que fuera tan difícil acercarse, la guitarra no se escuchaba muy entonada y en el busto no se veía un solo brillo de aceite.

Incrédula como soy, seguí escuchando los milagros del personaje; que imagínate que una señora que llegó tarde lloraba mientras le daba las gracias por la casa, que un hombre como de 50 años acompañado por su esposa, o su hija —nunca supo—, gritaba ¡graciaaas! por su carro y así, más historias se sumaban a la escena, una más insólita que la otra.

Ya para ese momento, con los tragos de Etiqueta Negra que me acompañaban, era inevitable no imaginar una cinematografía digna de Tarantino, con banda sonora incluida. En un segundo de lucidez recordé que Tarantino no incluye apariciones divinas en sus guiones, salvo que vengan acompañadas por un trance de alguna sustancia, posiblemente prohibida.

A pesar de todas las historias de milagros de los extraños, Lenin no supo hilar una sola historia propia. La casa no es suya, el carro tampoco, el celular es de la comisión y salvo uno que otro contrato de los que no habla —no importa la cantidad de tragos que tenga— no es mucho lo que le debe al santo. Sin embargo él sigue creyendo. Cree que del busto brotaba aceite, cree que la casa y el carro son suyos y hasta ha comenzado a creer en los santos, o al menos en ese.

Ya pasado el efecto de la Etiqueta Negra, que es nada en comparación con los efectos que hace 12 años nos dejaba el cocuy, no me resulta extraño que en un país donde es cada vez más difícil creer en los políticos, sea cada vez más fácil creer en un busto de bronce.

Quizá por eso no me resultó tan extraño leer los titulares al día siguiente donde se leía “Paul Gillman aseguró que busto de Chávez lloró aceite”, lo que si me sigue pareciendo insólito es que sea Paul Gillman el profeta del nuevo mesías.

Originally posted 2016-03-14 12:05:16.

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