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[pullquote]El devenir del lenguaje parece signar el devenir de las relaciones humanas. Esa cotidiana pero no por eso menos ardua tarea de comunicarnos con el otro, debe pasar por el complicado tamiz de los significados y sus interpretaciones. De que llegue al receptor la misma intención de cuanto se emitió. Aunque no siempre se entienda la magnitud del asunto, esa tara del ser humano de no poder comunicar adecuadamente lo que siente ha sido materia de la gran literatura. Y es el tema de este texto que, con fino humor, expresa esas ambigüedades del idioma y de lo que cada palabra, en su contexto, significan para cada quien. Su autora, Denise Armitano, es publicista y traductor literario.[/pullquote]

 

En Venezuela la cotidianidad transcurre en medio de innumerables maltratos: a la vida, al bolsillo, a las normas de convivencia, a la paciencia, al lenguaje… Éste, por lo general, sufre tergiversaciones del sentido original de las palabras o de la imposición de nuevos vocablos de reciente –e inútil– invención. En el banco, se “aperturan” cuentas. Al salir de una tienda se “visualizan” los bolsos. Las cárceles están repletas de “privados de libertad” que, sin embargo, aún siguen privados de justicia y de condiciones más humanas. El “Mami”, “Chica”, “Papi”, o el lapidario “Doñita” han sepultado por siempre al decoroso “Señora” y “Señor”.

La aspereza y la falta de sensibilidad parecen haberse instalado en el trato cotidiano entre conocidos y desconocidos. Las relaciones afectivas se empobrecen y hasta la amistad también se torna algo fatuo. Ya nadie tiene tiempo de (casi) nada. Felizmente nos quedan los verdaderos amigos, ésos que el afecto cobija con la misma certeza con la que podríamos “poner la mano en el fuego por ellos”. No de esos que ahora abundan por doquier, en abastos, farmacias, panaderías, cafés, tiendas y hasta oficinas públicas: “Amiga esto…”, “amigo aquello…”. “Mire, amigo”. “¿Qué tal, amigo?”… Simples desconocidos que se abordan mutuamente con el rango otorgado por algo que, normalmente, tarda años –o al menos una profunda comunicación– para desarrollarse y dar frutos.

En estos días, me rencontré con una amiga a la que me unen más de veinte años de profunda y cercana empatía. “La Chichi” –así la llamo por el cariño especial que le tengo– es agraciada física y espiritualmente. De buen carácter, muy apegada a su familia, tiene aires de muñeca de porcelana. Es trabajadora, con instrucción universitaria, buenas maneras y “don de gentes”.

Separada de su esposo desde hace cuatro años, La Chichi aún no ha logrado lo que comúnmente se llama “rehacer su vida”. Todos sus intentos por entablar relaciones sentimentales serias han sido sólo tropiezos y, decepción tras decepción, apilados como platos desechables o consumibles con fecha de caducidad alarmantemente cercana, incluyendo un infructuoso retorno afectivo con su ex. La Chichi ha llegado a pensar que es víctima de un “hechizo” por lo que “nunca-nunca encontraré al hombre de mi vida, ni a mi media naranja”, sentencia con amargura.

Siempre le recomiendo que haga un curso o taller que motive su interés y quizás le permita encontrarse con alguien en similar sintonía y con sus mismas inquietudes. No me hace caso, pareciera que prefiere conocer personas en fiestas, playas y discotecas, o a través de amigos. También le sugiero que intente relacionarse con hombres que, por su experiencia de vida, estén menos inquietos que aquellos en la brecha de los 35 a 45 años.
– Ay, un viejo…, dice arrugando el rostro con mueca de aburrimiento.
– Sí, Chichi, un señor mayor que tú. Más tranquilo, más sabio, más fiel y que te aprecie por lo que eres, una bella mujer con deseos de vivir bien y ser querida.

 

Al cabo de un tiempo, La Chichi me llama y comenta entre risas:
– Eres una bruja, llevo semanas saliendo con un “señor mayor”. ¡Tiene como sesenta!

Me cuenta que el “profesor”, como lo llama, es muy culto y educado. Le habla con palabras dulces, la trata con delicadeza:
– Todos los días un poema, todos los días una flor. Dice que soy su “dama”, me hace sentir única y especial. Me enseña a ver la vida de manera diferente, ohhhhh…, se explaya La Chichi en un suspiro enamorado. Me alegro por ella y le deseo mucha suerte.

 

Un mes después de esa conversación, recibo un mensaje perturbador:

“Llámame cuando puedas, me quiero como morir”. Ese “como morir”, viniendo de La Chichi, anuncia que no se trata de cualquier cosa…

Con la voz entrecortada por una mezcla de lágrimas y rabia, La Chichi sentencia que “todos los hombres son iguales” y que “son unos perros”. Me cuenta cómo, desde hace dos semanas, el “profesor” empezó a distanciarse:

– Al comienzo pensé que se trataba de algo normal, que necesitaba su espacio. No lo quise presionar. Pero luego caí en cuenta que me esquivaba, ya no me llamaba, no me contestaba los mensajes, ni me atendía el teléfono… Cuando por fin decidió “dar la cara” y explicarme lo que le pasaba, sólo me mandó un mensaje que decía:
“Ay, amiga, lo que pasa es que estoy muy ocupado”.

– ¿Tú entiendes algo? De ser la rosa, la dama, la reina, la única y la especial, ¿sabes?, la soberana de su corazón, de pronto “el tipo” se pierde y luego aparece y me dice “amiga”. “Amiga” es cualquiera… ¿Quién se cree ese señor que es para tratarme así como si yo fuera nadie?, pregunta La Chichi por el auricular con tono avinagrado por la desazón.

Ante tal desasosiego, salvo un lacónico “lo siento mucho”, no supe qué responderle. Preferí callar y dejarla expresar su indignada incomprensión de una sociedad que, en sus palabras, “no sirve” y cuya gente es “buena para nada”.

Mientras la escucho debatirse entre la indecisión de ir a ver qué tan ocupado está el “señor ese”, devolverle todas sus cartas y flores marchitas o ingerir unas “pepas” para dormir durante dos meses, me tomo, a sorbos, la tristeza de un café que de tibio pasó a frío. De pronto, alguien se acerca y me susurra al oído:
– ¿Amiga, va a querer algo más o le traigo la cuenta?

Originally posted 2015-07-13 09:25:17.

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