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[pullquote]La noche caraqueña es un lienzo en blanco que se llena con la paleta de las paranoias de sus habitantes. De su silencio, de su soledad, de sus quietudes brotan los monstruos que se agazapan en el pánico de los que presienten el peligro, ante el temor a perder lo único que les queda: la vida. Nuestras calles han estado produciendo toda una literatura negra como una forma de transmutar esos miedos, ordenando palabras que permitan fijarlos, hacerlos menos terribles. Este texto a dos personajes, con banda sonora, acude a esa necesidad de fijar el horror para hacerlo más llevadero. Su autor, Sergio Marcano, es estudiante de la UCAB.[/pullquote]

Luego de tantas vueltas al lugar de cacería, acechando poco cauteloso sobre la moto vibrante, al fin encuentra a la próxima víctima. Era de noche, debido a que estas acciones tienen mejores resultados cuando la luna está arriba. Una vez localizado el caminante apresurado, era hora de apagar las luces.

Apagar las luces como si fuese un concierto por comenzar, esperando el show. Está culminando la penúltima canción del álbum que retumba en los auriculares y mantiene distraído al peatón. Quizás lo distrae del miedo que producen las visitadas calles caraqueñas cuando no son visitadas y están poco iluminadas. Cualquiera que sea admirador de las noches capitalinas en Venezuela, sabe que este mismo deseo provoca miedo, ansiedad.

Siente ansiedad por estar a punto de enfrentar el último trabajo del día. El verdadero trabajo, no el camuflaje como mototaxista, u obrero tal vez. El trabajo que le da beneficios que son arrancados a las víctimas, pero que a veces puede complicarse, cuando se trata de un transeúnte histérico o con problemas de nerviosismo. Aunque los prefiere así, por encima de aquellos que parecen no valorar sus pertenencias y se despojan de ellas tan fácilmente cuando les pega el quieto. Eso le molesta. Cree que la vida le ha tocado difícil y así ha aprendido a valorar lo poco que tiene. Espera que este último del día, con ese caminar sereno, no sea de esos que no saben valorar, de esos tranquilos.

Va tranquilo sin escuchar más que el disco que actualmente lo tiene pensando. Reflexiona sobre cómo va a ser la vida mejor. A veces piensa en vociferar sobre su descontento con el país que le tocó enfrentar, pero se da cuenta de que más allá del pensamiento egocéntrico de creer que esta patria le queda pequeña, se sabe esperanzado y con ganas de progresar de la mano con la sociedad que lo rodea. Aunque está consciente de que estas calles que transita no lo verán crecer como persona, así como no verán desarrollarse a sus amigos que ya hace tiempo decidieron trasladar sus sueños a otros países, a otros continentes. Mientras siga aquí –en Caracas o en el laberinto—, seguirá creyendo que, a pesar de las desventuras, no hay peores males por venir y algo mejor se acerca. Mantiene la esperanza.

Se acerca desde lo oscuro, con las luces apagadas y en baja velocidad, casi apagada la moto. Habilidad que desarrolló a los catorce años. A pocos metros del caminante, suelta la voz estridente de “párate ahí, mamagüevo”. No obtiene respuesta ni percibe reacción alguna. El estómago le rechina y no tiene tiempo para perder, así que suelta una de sus frases favoritas. De nuevo, no hay respuesta ante el “que te pares, maldito. Dame todo y ni me veas que te quiebro”. Del otro lado, ojos al frente y comienza la última canción del disco, que con la melodía pausada y serena permite al transeúnte caer en cuenta de la situación que ahora lo rodea, por lo que decide voltearse como reacción al rumor tenue que suelta el motor que se aproxima. Justo el último trabajo y le tocó uno de esos carajitos tranquilos —piensa el motorizado—, que para colmo ni se alarma ante el aullido del hampa, ante la furia del segundo llamado. Le dijo que no se volteara a verlo y lo hizo, como si su amenaza no fuese real. Al mismo tiempo de explotar de ira sobre su moto, la víctima estallaba de miedo sobre la acera. Saca el celular con una mano, mientras con la otra, más temblorosa que la anterior, se agarra el pecho como si resguardase su vida. Le quita el teléfono y lo arranca de los auriculares, al mismo tiempo que da a respetar su palabra y cumple su amenaza, haciendo gritar el arma para escupir una bala que se aloja en la cabeza de la última víctima del día. Ve caer el cuerpo y arranca enseguida, a toda velocidad, ignorando el sonido que ahora deja escapar el teléfono.

La última canción del disco comienza, el vocalista recita: “Tanto que iba a hacer y me quedé en un canto. Y no sé si moriré esperando tu volver o viviré para recibirte con un café. Llanto, vete a roer a otro porque yo no me pienso mover. Que me entierren en asfalto, aquí estaré, el día que este canto sea más que fe. ¿Cómo no voy a esperar? ¿Cómo no voy a esperarte, esperanza? ¿Cómo no voy a esperar si tú te vas?”

Originally posted 2015-09-07 07:11:48.

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