Razones para no votar hay muchas. Y el gobierno se encarga de darle más fortaleza a esas razones. Es lógico, a un gobierno autoritario le conviene que menos gente vote, pero que su gente afín si vote. La votación de su gente les da una patina democrática que les sirve de argumento y la no participación opositora no hace otra cosa que fortalecerlos. Y los fortalece porque da la casualidad que todo indica que quienes están en contra de la acción gubernamental son una mayoría en el país.  Que el gobierno robe una elección como hizo con Andrés Velasquez, que persiga a diputados como Freddy Guevara o detenga a alcaldes electos como Alfredo Ramos tiene un costo político para el chavismo, nacional e internacionalmente. Y también puede tener un beneficio. El beneficio de desmoralizar a parte de la oposición para que no participe. Hasta ahora el beneficio ha sido mayor que el costo. Por eso el gobierno insiste en esa vía. Porque parte de la oposición no entiende que para poder confrontar al gobierno hay que subirle más y más el costo político. Y se le sube el costo político votando.

Votar no solo es apretar un botón e introducir la boleta en la caja. Votar es también levantarse temprano, ir con la familia que también vota, cuadrar con los vecinos con los que se comparte centro electoral. Votar es conversar en la cola, hacerle sentir a la gente que no está sola en su disconformidad.

Luis Miquilena y José Vicente Rangel fueron los responsables de encausar al chavismo por la via electoral, porque es bueno recordarlo las primeras convocatorias de Chávez luego de salir de la prisión fueron para llamar a la abstención. Pero esos dos viejos zorros de la política venezolana ya habían pasado por allí, un lugar en el que habían visto quedarse sólo al  brillante Domingo Alberto Rangel. No repetirian ese error con el carismático militar nacionalista de izquierda que era Chávez. Hackaearon la democracia con sus propias reglas electorales, para después transformarla. Ese fue, por cierto, el principal aporte”revolucionario” del chavismo, copiado primero por partidos de izquierda y luego también por partidos de derecha.

Pero regresemos a las elecciones que nos competen. Votar y conversar son la mejor manera de confrontar el autoritarismo, la imposición, las líneas del partido que baja el PSUV. Cuando hablo de conversar, me refiero a eso que ocurre antes de la elección, de camino al centro de votación, a la discusión que se arma en la cola. Por que es allí en ese camino al centro de votación dónde todos somos iguales y sin distinción, dónde a pesar de los abusos de la campaña cada voto contara igual.

Y no, no se trata siquiera de confiar en el Consejo Nacional Electoral. Se trata de ejercer la democracia conversando, convenciendo y reconociéndose incluso con el otro, con el que no se comparte políticamente, pero se comparte la cola. El chavismo sabe muy bien del poder del reconocimiento del otro. Fue de sus primeras estrategias políticas que le rindió amplios frutos y es por esa razón, para romper el poder de la conversación y el del reconocimiento que el CNE realiza las estrategias de reubicación de votantes. Es más fácil conversar con el otro cuando son caras conocidas, vecinos de toda la vida, que ves en una y otra elección que  en un espacio nuevo y diferente, que no conoces tanto, que no confías.  Por eso votar y conversar es la irreverencia política que puede marcar la diferencia en Venezuela.

 

 

 

 

 

 

 

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