El viejo oficio de escenógrafo ha perdido toda su inocencia”.

Sergei Dane.

Primer acto: la utopía escenificada

Incluso hoy para cientos de miles –tal vez millones- de personas en América Latina Venezuela sigue siendo el último reducto de la utopía: no importa cuánto degenere nuestra situación para ellos la crisis venezolana no es más que una ilusión mediática o el producto de las intrigas de algún demonio geopolítico, ay de nosotros si no cumplimos el papel que, en su telenovela privada, nos han asignado los admiradores del Chavismo en Argentina y Brasil, en España y México.

Venezuela entonces es el lugar de la utopía acorralada para las izquierdas y la  progresía latinoamericanas y también para la clase media de estado que el chavismo ha generado (que consiste en funcionarios, directivos, contratistas estatales y diversos tipos de trabajadores intelectuales y culturales ligados al gobierno)  y  a la que, básicamente, se le paga por crear el ambiente ideológico y estético en que opera el chavismo, o dicho más claramente: su publicidad y su propaganda.

Si entre estos sectores la crisis se considera más o menos ilusoria (todo lo que el chavista no pueda digerir o aceptar le considerará un engaño del demonio mediático) en contrapartida lo ilusorio se considera real: es lo que ocurre con todo el poder comunal y, en general, la idea de una “democracia participativa y protagónica”. Cuando hablamos de ilusión tratamos de ser muy estrictos: la ilusión no es meramente la fantasía o el engaño, viene del latín illudio, que significa, juego, burla, lo que implica que entre el ilusionista y el ilusionado hay un juego, que el ilusionado puede reproducir la ilusión, más para ello requiere de herramientas muy precisas, no solo elaborar fantasías sino desdibujar la diferencia entre estas  y lo real.

La más evidente de estas herramientas es toda la mediática de estado, sobre todo la televisión (el chavismo, es al fin y al cabo, la traducción de toda la propagandística del siglo XX al medio televisivo) pero también existen una gran variedad de lo que podríamos llamar juegos interactivos que permiten a la dirigencia chavista gobernar la manera como sus seguidores perciben y piensan.

Hugo Chávez era muy hábil en poner a funcionar esos juegos, por ejemplo, la llamada reserva, que no tiene grandes capacidades militares pero si sirve para que muchas personas (sobre todo gente en la tercera edad) sientan no solo que son parte del estado sino que lo personifican: la reserva entonces es menos un dispositivo militar que uno publicitario.

En este sentido el poder comunal es el más complejo y potente de los juegos interactivos del chavismo pues tiene dos caras: una publicitaria que vende a propios y extraños la imagen retro  de un país lleno de soviet, comunas, que resiste al cerco imperialista, pero tiene también otra donde el estado establece una serie de relaciones burocráticas y clientelares con la población más pobre.

Así, “frente a las cámaras” el poder comunal es un poster animado y en tres dimensiones que ofrece y cumple la promesa de un poder popular que rebasa a la democracia burguesa y encaja perfectamente en los conocidos clichés dejados por las revoluciones de los años sesenta y setentas. “Detrás de las cámaras” es otra cosa: montañas de papeleo, órdenes arbitrarias, burocracia  pero también transferencia de recursos, políticas sociales y beneficios que, en cierto momento, parecieron como maná caído del cielo a la población más empobrecida y precaria y hoy están reducidos a la angustiosa espera por la Caja del Clap.

Una cara del poder comunal, la publicitaria, mira hacia afuera de Venezuela y hacia el chavismo acomodado de clase media que puede ilusionarse con que, pase lo que pase, hay “miles de hombres y mujeres” cuya gesta revolucionaria justifica el apoyar al gobierno haga lo que haga,  mientras la otra cara mira hacia el chavismo de los pobres, el chavismo más precario y menos enchufado de todos recordándole que todo bien o beneficio recibido tiene que ser contrapartida de la lealtad absoluta y que el objetivo del chavismo de base no puede ser otro que hacerse parte del estado -el vocero del Consejo Comunal es el prototipo del ciudadano-funcionario que Chávez quiso crear.

Pero esto, aunque cierto, simplifica un poco la realidad: la clase media chavista, el funcionariado y los “enchufados” tienen sus propias dependencias clientelares, sus propios intereses creados y el chavismo pobre, precario, también está sujeto a la rueda de la ilusión estatal, que viene de la mano del amor a Hugo Chávez y esa devoción casi religiosa que todavía le tienen muchos.

Si Hugo Chávez ha sido el gran publicista y locutor de nuestra historia reciente (realización tanto del  sueño perezjimenista de poner de nuevo a los militares en el poder como del  de Ottolina de poner a un hombre de la televisión en la presidencia) su entorno ha operado como un cuerpo de escenógrafos que han levantado sus parapetos en todos los lugares donde llega el estado: las grandes fábricas que nunca funcionaron, los edificios que nunca se terminaron, campos de batalla alrededor de los viejitos-soldado y de los innumerables hatos, gallineros y cultivos que siempre estaban atrás de Hugo Chávez y de los que no tenemos idea si salía comida de ellos alguna vez.  

Así, el poder comunal es una escenografía más que presenta una ilusión interactiva dentro y fuera del barrio, esa escenografía es inseparable de la entrada de la burocracia en todos los aspectos de la vida: es lo que tapa su desastre –o al menos eso se espera.

 

Segundo acto:  Contradicciones 

Desde que se habla de soberanía alimentaria Venezuela empezó a importar más comida, desde que se añadieron dos poderes públicos nuevos ha ido desapareciendo la división de poderes, a las proclamas de la lucha contra el rentismo petrolero les ha seguido la profundización del rentismo, y a la retórica de la superación de la democracia burguesa el colapso de la ya exigua democracia que teníamos en este país, de hecho, desde que se habla de una “Revolución Bolivariana” los poderes y potestades del viejo, corrupto y destartalado estado venezolano no han hecho sino incrementarse hasta el éxtasis.

Estas contradicciones entre la retórica y el imaginario con la situación real no son accidentales: son la esencia misma del chavismo cuyas representaciones de nuestra realidad siempre son claramente opuestas a lo que experimentamos todos los días.

En ese sentido el poder comunal, “La Comuna” no es una excepción: la contradicción entre la retórica inflada, hiperbólica, exagerada, con la que se habla de ellas no puede contrastar más con la modesta realidad de su existencia, es como un fantaseo político al que contradice cruelmente el día a día….veamos: ¿pueden pedirle cuentas a un alcalde o a un gobernador? ¿Pueden darle órdenes a la policía?…quien le da instrucciones a quien: ¿el gobierno a las “comunas” o las comunas al gobierno?

En la práctica lo  que los chavistas llaman “comunas” no son soviets ni nada parecido: son simplemente asambleas vecinales vinculadas al estado en una especie de “gremio vecinal”, es algo más parecido a organizaciones como la Federación Campesina o la  Central Única de Trabajadores de Acción Democrática, solo que en este caso completamente incorporadas al aparato de estado, subordinadas a él.

Las “comunas” no tienen poder político de ningún tipo, ni autonomía ni autoridad: están para ejecutar proyectos y políticas sociales y, últimamente, para hacer cualquier tarea que al gobierno le dé por asignarles. En los gobiernos de Chávez las comunas y consejos comunales tenían un carácter de “micro-gobierno” que aunque orientado a crear la ilusión de democracia, también dotaban a la comunidad de unas mínimas potestades para gestionar sus políticas sociales e incluso concebirlas: era una variante de lo que los empresarios llaman empoderamiento.

Pero estamos en la era del CLAP en la que el carácter claramente clientelista de estas organizaciones no se discute: solo hay tercerización de tareas, de tiempo y de esfuerzo en los funcionarios comunales que son una burocracia sumergida e impaga.  Cierto que los progres, los sifrinos de izquierda y los  leales siguen hablando como si este país fuera gobernado por Soviets, pero  detrás de las cámaras (y también delante de ellas) el gobierno habla cada vez más claro: el eje de la organización popular chavista es el CLAP; la caja llena con comida y productos de primera necesidad.

Papeleo interminable, gestiones infinitas, horas y horas de trabajo impago para mujeres que añaden a su jornada laboral y domestica una tercera en la burocracia comunal (en cierto momento registrar un consejo comunal llegó a ser una de las gestiones más trabajosas en este país), órdenes y contraordenes de la burocracia caprichosa, días perdidos en marchas y mítines,   resquemores en la comunidad ante los voceros, dominio del hampa, impunidad de la policía, pésimos servicios públicos, ruido constante y una población obligada a una continua actividad empresarial para poder sobrevivir, son el día a día de las comunidades que, en el fantaseo de la izquierda “nuestramericana” hacen todos los días una revolución de octubre.

Algunos corruptos, algunos abnegados, unos sectarios y otros democráticos, a veces aliados con el crimen a veces asesinados por el (sin que el gobierno mueva un dedo) los voceros -o tal vez deberíamos decir las voceras pues la mayoría son mujeres- cumplen una función compleja de la que nunca sabremos nada por los medios estatales.

Aunque el antichavismo (con su desprecio característico por todos los que no se encuentra en la cola del Excélsior Gama) les odia o les desprecia, los miembros de las comunas son como la gente que se movilizó en Abril y Mayo de este año en las marchas contra el gobierno: los protagonistas de una revolución frustrada, abortada en la cuna por la dirigencia política, y luego instrumentalizada, en el caso del antichavismo por las franquicias políticas que componen la MUD, en el del chavismo por el mismo aparato de Estado que en cierto sentido, ha nacionalizado, estatizado, a sus bases sociales quitándoles toda autonomía y programando rigurosamente su libertad.

Pero en el caso de los más pobres, de los sectores “subalternos” hay algo más a tener en cuenta: que  la temática de la política social y de la deuda social ha sido utilizada para despolitizar la relación de los sectores populares con el gobierno, que son convertidos o en una extensión del estado, el gobierno y el PSUV,  o en receptores de beneficios que están claramente condicionados a la lealtad al gobierno.

Tercer acto: la ilusión está desnuda

 

Si  la llamada “democracia participativa y protagónica” fue algo más que un slogan publicitario, el momento de su fallecimiento es muy preciso: la liquidación de los Consejos Locales de Planificación y el nacimiento de los Consejos Comunales.  

Los primeros, aunque con atribuciones muy modestas, eran asambleas ciudadanas autónomas que podían pedirle cuentas al gobierno municipal, es decir, su relación con el estado era política,  los segundos (debajo de toda la inflación retórica y la exageraciones) asociaciones vecinales, registradas ante el estado, y sin más potestades que presentar proyectos ante el poder ejecutivo, es decir, su relación con el estado es administrativa: completamente subordinado al ministerio de las comunas, las alcaldías y el PSUV el poder comunal no tiene otra potestad que la de participar en la gestión de políticas sociales que sirven de paliativo a una realidad que el estado nunca se ha planteado cambiar: si pasamos de la satanización de los pobres en los noventas (Luces contra el Hampa) a su beatificación y luego, a la glorificación de la pobreza en sí, si el chavista fue definido por una pobreza que no era accidente o circunstancia sino identidad, es porque así se estaba expresando una resignación fundamental.

Es que en un país tan deteriorado y precarizado como Venezuela el establecer nuevos parámetros, niveles y modos de vida habría requerido tareas que están muy por encima de las fuerzas del chavismo, de nuestra clase política y del desvencijado aparato de estado: una transformación completa del medio urbano, una vasta reforma de la educación a todo nivel, el desarrollo de fuerzas productivas, una acción continua contra las causas y los efectos de la violencia urbana, el desmantelamiento del estado-mafia implicado en cada nivel con la pobreza, la precariedad y la violencia…una revolución propiamente dicha y no solo su publicidad, su propaganda o su retórica.  

Incapaz de “cambiar la vida” de los venezolanos, y más aún, de interrumpir un proceso de colapso y deterioro que ya era muy avanzado en 1999, el chavismo recurrió a los poderes mágicos del petrodólar para crear la ilusión de que la vida estaba cambiando y de que el país no se agrietaba  cada vez más bajo las llantas de los carros último modelo.

Lo logró tomando los discursos de la deuda y la inclusión sociales, exagerándolos hacia el paroxismo y usando el dinero del petróleo para  organizar la deuda y el consumo.  En realidad el estado “compra la deuda social” y la convierte en deuda política de la población para con él, por eso es que de los centenares de empresas, cooperativas y todo tipo de emprendimientos productivos solo funcionó una pequeña fracción y los demás cumplieron lo que llegó a ser su función real: distribuir dinero ya entre la corrupta burocracia, ya entre las bases sociales del chavismo (o,  las estafas con dólares en el caso de la clase media,)

Como pagar la “deuda social” suponía una verdadera revolución que no podía ni estaba dispuesto a hacer el chavismo lo que se hizo fue pagar esa deuda incentivando el consumo.  Pero era un consumo que excedía a la producción, que pasaba por mercados estatales o estatizados, inflado por una moneda enormemente sobrevaluada, e incrementado por una políticas sociales  que, en la práctica, más que resolver problemas profundos (pobreza, improductividad, embarazo adolescente, violencia urbana, etc.) solo hacen circular bienes o servicios por todo el tejido social: habían médicos en el barrio pero traídos de Cuba pues no había como formar profesionales con ese perfil en el país, había carne en los mercales pero importada de Uruguay…

Se creó un sistema circulatorio para que los petrodólares y los bolívares sobrevaluados llegaran a todos lados y en esto fueron decisivos instancias como las cooperativas, las “empresas de producción social” y, sobre todo, las misiones y los consejos comunales. Las primeras, que son uno de los aciertos indiscutibles del chavismo, no son un problema en sí mismas sino por su carácter paliativo: se introduce la salud primaria en las comunidades pero el desastre hospitalario y del seguro social persiste, la salud privada crece y engorda nutrida por el financiamiento estatal vía los seguros…

Se trataba de tejer una enorme red de consumo y circulación de bienes y servicios gracias a la cual la población podía acceder a sus objetos de deseo o satisfacer sus necesidades: es la “bioeconomía” de un estado importador que extrae riquezas del enclave petrolero y no de la productividad social: incluso las misiones son, en gran medida, servicios importados. Esto genera una deuda enorme, pero no económica sino político-clientelar: a la deuda infinita corresponde una lealtad infinita con el gobierno “gracias a la revolución”.

Se trata de una profunda  mutación del clientelismo en que el Consejo Comunal y la “Comuna” son esenciales pues establecen una relación completamente vertical con el estado, relación definida por el intercambio de bienes y servicios a cambio de lealtad: sin poder alguno sobre el gobierno de su ciudad o sobre el estado, sin derecho a protestar, a disidir, y últimamente, reducidos a repartidores de alimentos y otros productos, a paliar los males de comunidades cada vez más pobres y precarias,  los consejos comunales y comunas son la prueba clara de que, en contra de lo que dice la retórica oficial,  para el chavismo, la población más pobre no es un sujeto político de pleno derecho, autónomo frente al gobierno y el aparato de estado, libre de participar en todos los espacios y niveles de la vida política, sino un conjunto de comunidades cautivas a las que se pretende relegar al campo asistencialista de lo social y al proselitismo político (a “hacer bulto en las marchas”).

Pero esta gran ilusión en que se justicaba la lealtad del sifrinato de estado y   la complicidad de las izquierdas latinoamericanas ya aparece, desnuda, en la repartición de la Caja del Clap…por eso Alfredo Serrano ha tenido que vendérselas, a ilusos como los de La Jornada, como un mecanismo innovador y revolucionario, por eso algunos tratan, también de atribuirles poderes mágicos a los Clap como, en su momento, lo hicieron con las comunas, no pueden hacer otra cosa: tan elitista y oligárquica es la dirigencia chavista que hace falta la ilusión de un “chavismo popular” o “no oficial” en que se pueda poner la esperanza de una redención futura.  Pero es inútil: día a día esa misma dirigencia le deja claro a todos que no hay más pueblo el constituido y organizado por el estado y que no hay más chavismo que el leal, es decir, el oficial, el que obedece, el que hace caso, el que sigue la línea, o dicho en su jerga, el que  “no se rinde”

Así, entre tragos de Cocuy y fiestas que cuestán más que la comida de meses para una familia de un barrio, el  chavismo progre puede ilusionarse con que hay espacio para la pluralidad en el chavismo, o que vivimos en medio de un gran experimento democrático con bases efervescentes: los demás solo vemos una delirante mutación del clientelismo y el corporativismo y una aversión cada vez más furibunda a toda pluralidad o autonomía.

Ni siquiera la jerarquía chavista tiene ya mucho tiempo y o ganas para gastar en la ilusión: los candidatos son “candidatos Claps” y todo lo que es “popular” gira en torno a esas cajas milagrosas.  Como el PSUV el Poder Comunal es heredero de una larga tradición de comando vertical y centralizado al que tan afecta fue la izquierda como Acción Democrática.

Este nuevo corporativismo vecinal  ha cumplido maravillosamente su función y no cabe ilusionarse con que tenga otra. Lo importante, lo esencial es otra cosa: si la gente que ha tenido que vivir en medio de la aparatosa escenografía de la burocracia encontrará, en algún momento, una forma autónoma y libre para movilizarse, si la encontraremos todos, dejando atrás  a los ilusos con sus ilusiones.  

 

 

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