Si había necesidad de una declaratoria legal de la rebelión, esta fue formulada esta semana por el Presidente de la Asamblea Nacional, al activar las acciones de protesta –luego de 83 días- en nombre de los artículos 333° y 350° de la Constitución, encausándola hacia un objetivo superior: evitar a toda costa la realización de la supuesta Asamblea Nacional Constituyente convocada por el régimen para preservarse, en lo que denominan los juristas un fraude constitucional. En estos casi tres meses se han producido más de 2.600 protestas a nivel nacional, según datos del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, con una tasa promedio de 75 protestas diarias; los estados con mayor cantidad son el Distrito Capital (11%), Miranda (8%), Táchira (8%), Carabobo (8%) y Mérida (7%); los demás estados representan 58% del total. Un análisis estadístico para indagar en la probable relación entre las protestas y la conectividad a Internet indica fuerte correlación positiva (coeficiente de 0.80 como resultado general nacional), sin embargo, los estados con conectividad media (38% de penetración promedio) presentan una correlación de 0.65 entre ambos rubros, lo que hace suponer que buena parte de la protesta que se realiza en el país es autoconvocada por la comunidad. Expertos afirman que actualmente solo 5% de la población está presente en las protestas, lo cual si bien resulta bajo frente al promedio empírico de 7,5% señalado por expertos en movimientos sociales, como necesario para provocar los cambios políticos, ahora se está mucho más cerca que hace tres años, aunque los riesgos también se han elevado sustancialmente.

 

De allí que tenga mucho sentido preguntarse por la forma en que se va a operacionalizar la aplicación del 350, habida cuenta de los haberes y considerando los faltantes. Este escribidor ha expresado en otros textos su preocupación por la curva de aprendizaje social que demanda la hora, presumiéndola como poco acentuada; pero confía en que la cooperación experimentalista que el filosofo Roberto Mangabeira Unger prescribe como método de cambio social, rinda frutos con la urgencia en que se le solicitan.

 

Sostiene Mangabeira que “la sociedad y el pensamiento pueden organizarse para aumentar la distancia entre los movimientos ordinarios que hacemos dentro de los límites establecidos y los movimientos excepcionales por medio de los cuales redefinimos esos límites. Cuando aumentamos esa distancia, la transformación dependerá de un trauma: la ruina se vuelve la condición del cambio. Otra posibilidad es que la sociedad y el pensamiento puedan acortar esa distancia. Acortamos esa distancia organizando nuestras prácticas sociales y discursivas de modo que la transformación de las estructuras sea una permanente extensión de la manera en que cumplimos con nuestras obligaciones ordinarias. La transformación dependerá menos de la calamidad. Se volverá habitual, absorbida por nuestras experiencias cotidianas”. Visto está que tomamos la primera opción.

 

“La disminución de la distancia –prosigue Mangabeira- entre las actividades de preservación y las de transformación del contexto es el precio del progreso práctico, incluidos el crecimiento económico y las innovaciones tecnológicas. Crea un escenario en el cual puede prosperar la cooperación experimentalista. Acrecienta nuestra libertad para volver a combinar personas, máquinas y prácticas a la luz de la oportunidad emergente. Es un requisito para la liberación del individuo de las jerarquías y las divisiones fuertemente arraigadas: cualquier esquema de categorías sociales rígidas depende para perpetuarse de la naturalización y sacralización de los ordenamientos que lo reproducen. Y le da una oportunidad para una experiencia fundamental de libertad y empoderamiento: la experiencia de no tener que elegir entre la fidelidad a nuestro yo que trasciende el contexto y el compromiso con un mundo en particular”. Suena bien, incluso para sociedades que eligieron el aprendizaje traumático.

 

Llegado este punto, volver a mirar al artículo 350° como la declaratoria oficial de rebelión frente a una tiranía contraria a los valores, principios y garantías democráticos y que menoscaba los derechos humanos, implica entender que para darle contenido, estructura y operacionalidad se apela a la tradición republicana del pueblo de Venezuela, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, esto es: a la cultura, a la historia, a las costumbres, a los significados compartidos, a las identidades, a las generaciones y a los proyectos de vida coaligados en un proyecto de futuro que debe surgir a partir del cese de este presente; a eso que los juristas llaman nación sociológica. Frente a esto surgen preguntas que pueden resultar incómodas, pero que es necesario hacer: ¿para luchar por la libertad debo sujetarme a la misma forma institucional que emplearon los opresores para arrebatármela? ¿Para luchar por la libertad debo obedecer o cooperar con el liderazgo? ¿Cómo se evita, en el conflicto agonal, terminar parecido a aquello que se adversa? ¿Cómo voy a construir fraternidad para luchar si no confío en aquellos que integran mi bando, o en aquellos que se suman, desde la trinchera enemiga? Y las implicaciones éticas de cada respuesta que se dé a cada una de estas preguntas, entre otras, configuran nuevos modos de hacer política, surgidos en la coyuntura, pero generados a partir de las continuidades de una crisis histórica, cuyo examen mostrará más antecedentes que los que el historiador se atreve a señalar.

 

 

Y una clave adicional, para remontar la cuesta de lo ideológico: “un pragmatismo radicalizado –Mangabeira sostiene- es la ideología operacional de la disminución de la distancia entre las actividades de preservación y transformación del contexto. Es por lo tanto un programa de revolución permanente. Sin embargo, es también un programa concebido de tal manera que la palabra ‘revolución’ queda privada de toda su aura romántica y reconciliada con la cotidianeidad de la vida tal como es”. Esto, para tomar en consideración que el “gran Acuerdo Nacional para la Gobernabilidad y Rescate de Venezuela” que anunció la MUD en su comunicado del 20 de junio, requiere ir más allá de la mera instrumentación de un plan de gobierno: demanda la construcción de consensos de cara al proyecto histórico nacional, para poder reunir a los diversos en un marco donde el legado de Chávez y la democracia liberal tengan sentido y abran el futuro.

@cardelf

 

 

 

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