Bryan Barrios Grafe

Era de noche cuando llegaron a su choza, quizás la leña aún echaba humo, las cabras se encontraban durmiendo, los niños y las niñas yacían en el catre contiguo al lecho nupcial de la joven pareja. Durante el día, la familia había estado en su rutina diaria. Saludo matutino de los menores a los mayores, el desayuno servido en la estera de paja, el bebé de la choza pegado a la teta de su madre mientras ésta encendía el fogón, el hombre de la casa, afilando su  lanza para salir de caza para la comida de antes de las víspera, los niños atendiendo al deber, pastoreando las cabras, ordeñando a las chivas mientras espantaban las moscas del blanco líquido. Las niñas probablemente se encontraban haciéndose trenzas mutuamente.

Luego de la larga jornada bajo el sol quemando sus pieles, mejor dicho, bajo el sol haciendo fuerte sus pieles se habrían encontrado en el centro de la montuna vivienda para dar gracias a los dioses por lo vivido durante el día, tal vez estaban inmolando a alguna ave a alguna estatuilla para librarse de los malos espíritus que podrían estar acechando a la familia y es que, siempre hay algún mal espíritu rondando, rugiendo y buscando a quien devorar. Esa noche se refrescaron con hierba de sapo (Phyla strigillosa), hierba fina (Cynodon dactylon) y hierba mora (Solanum nigrum).

Mientras esto sucedía, unos espíritus ruines, malvados, blancos como la leche extraída de las chivas, apestando a malas intenciones que ni las moscas resistían aquel olor tenían el plan preparado: A media noche acecharían a la choza. Que importa aquel sacrificio del ave a dios alguno, que importa la apariencia humana de sus dioses, si ya el dios de aquellos espíritus les había dado su bendición, o tal vez su maldición en forma de permiso para llegar y llevar a cabo su malvado plan. Algo andaba mal, aquella familia lo presentía, el dios Oggun se los había advertido, la mañana previa de aquella  noche, el hombre de la choza, había ido a consultar el oráculo, el padre de los secretos de la tribu vaticinó: ¡Prepárate para la guerra!  El oráculo había hablado. Esa mañana el padre de los secretos aconsejó a aquel padre de familia, que afilara la lanza, prepara su hacha, invocara al dios Oggun y engrasara  los metales porque venía una guerra.

Al final del día al ver que todo transcurría con normalidad el padre de familia congregó a su grupo, invocó al dios Oggun cantando: “Ogun protege el hogar de los cazadores mientras cazan… Ogun protege el hogar de los cazadores mientras cazan… es a Ogun a quien adoraré, no adoraré a rey mortal, porque si el rey mortal me mata, Ogun lo matará en venganza…”[i] . Mientras cantaba, un frío sepulcral se apoderó de él y de su familia. Era el frío del miedo, se podía sentir la helada presencia de aquellos espíritus blancos. Con su blancura traerían la sombra, el caos. Nada es lo que parece. No pudo más que coger una manta, la echó sobre sus crías y su mujer y se inclinaron a la fogata para que el humo purificador alejara aquellos malos augurios. Todo entró en calma y entraron en sueño profundo.

Eran las tres de la mañana cuando llegaron los espíritus blancos, gritando, hablando en lenguas desconocidas e invocando el nombre de un Rey Mortal que había sido ungido por el dios de dioses. Apagaron el fuego, ahuyentaron a las cabras y a las chivas, les taparon los ojos, ataron sus manos, golpearon a aquel hombre hasta quebrarlo por dentro y por fuera, a la mujer le arrebataron su honra, a los niños y niñas los separaron, al bebé que estaba flaco  a pesar de lo mucho que mamaba de la teta de su madre e indefenso se lo echaron a los perros y de pronto, el silencio sepulcral reinó en aquella choza. Un detalle se le escapó al padre de los secretos que les había advertido; aquel vaticinio no era sólo para aquella familia, era para toda la tribu. Al alborear la aurora aquella familia (y toda la tribu) se encontró con fuertes cadenas en sus cuellos, manos y pies y los hombres más fuertes encerrados en jaulas cruzaban el mar hacia un destino desventurado, lleno de humillaciones, vejaciones, torturas, tratos crueles, inhumanos y degradantes. Muy a pesar de esto en sus corazones aún resonaba fuertemente el canto de aquella noche: “… si el rey mortal me mata, Ogun…”

La venganza tardó pero llegó en forma de Libertad. No para aquella familia, sino para sus descendientes. Sus espíritus negros, negros de profundidad y de existencia infinita se regocijan en el grito unísono de la humanidad: ¡Libertad! que retumba como el eco de un tambor cada 23 de agosto cuando se conmemora el Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de la Abolición de la Esclavitud por disposición de la Conferencia General de la UNESCO. ¡Prohibido olvidar!

[i] POESIA ANONIMA AFRICANA. Pag  51. Edit. El Perro y la Rana. 2007. Caracas

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