Hay un amasijo de lecturas sobre los hechos del domingo 16 de julio. Estas líneas, al contrario de lo que podría suponerse, se centrarán en dos, que no son tanto las de los bandos polarizados, sino más bien otras, que se asoman entre los relatos noticiosos y las (a)venturas, cada vez más frecuentes, más necesarias, de analistas y voceros.

Montar un plebiscito (del latín plebiscitum: consulta popular) en quince días, con 14 mil puntos de recolección de manifestaciones de voluntad; obtener un volumen de votos igual o superior a los sufragios obtenidos por el Presidente para su elección, desde luego que era un objetivo político de la protesta: la búsqueda de una legitimidad legaliforme con la cual escalar el conflicto en todas las instancias, para forzar la voluntad de los mandones hacia una negociación que se sustraiga al todo o nada en que las cosas ahora se plantean, para evitarnos un baño de sangre que parece inevitable.

Haberlo conseguido luce ahora como toda una hazaña, ciertamente; pero ojo con las versiones, pues si bien se trata de una consulta convocada por la Asamblea Nacional, si no es porque la gente asumió como propio dicho compromiso, ella no hubiera sido posible.

Y es aquí donde surge la otra lectura del asunto: la del domingo es una expresión rebelde, pero quizás también la primera manifestación nacional, a gran escala, de una política hecha desde la convivialidad, esa a la que aluden, mutatis mutandi, Alejandro Moreno, Pedro Trigo y hace ya tiempo, Ivan Illich.

Sin militares que custodien los centros de votación; sin el intrincado y a ratos poco eficiente dispositivo tecnológico para la votación, registro en acta, totalización y auditoría; sin una costosa campaña electoral en medios masivos, intervenidos y conculcados por el régimen. La gente imprimió volantes, boletas y cuadernos, rayó cartulinas, llevó la voz de la protesta y sumó voluntades con su propio pecunio, compartió recursos, se autoorganizó a partir de directrices mínimas; inventó una logística a partir de los plantones sucesivos que dieron paso a los Comités de Rescate de la Democracia que ahora entregan testigo a los Comités de la Hora Cero.

El historiador se niega a buscar antecedentes históricos, que quizás no están tanto en la historia como si en la antropología de lo popular venezolano, que nos describen este tipo de acciones colectivas bajo un nombre genérico: cayapa (el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española lo registra en su acepción 5 como venezolanismo que alude a “grupo de personas que, conjuntamente, realizan un trabajo no remunerado”), y que han sido desde antiguo, el modo autóctono en que las comunidades plantean soluciones colectivas a problemas colectivos.

La cayapa tiene el volumen de la rebelión. Durante el plantón del miércoles 14 de junio, se contabilizaron en Caracas 262 puntos de protesta; si se multiplican por 73 municipios de las áreas urbanas y conurbanas de las 10 principales ciudades del país, se obtienen entre 14 y 19 mil puntos. Por otra parte, si se divide entre ese volumen, la estimación hecha por el estudio de la protesta hecho en mayo 2017 por el Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello, que indica que uno de cada cinco venezolanos está protestando (cerca de 4 millones), tendremos que se puede estimar una cantidad promedio cercana a 250 personas protestando por punto. Si cada una de ellas convocó a un compañero adicional a votar, se obtuvo la descomunal cifra del domingo.

Como se trata de una rebelión, y la cayapa opera para obtener resultados inmediatos, piense el lector que donde uno puede conseguir uno, también puede movilizarse uno más, y acaso otro más.

La cayapa, no obstante, se transforma en respuesta orgánica de la comunidad venezolana –aquí y en el exilio- a la consulta planteada por el Parlamento, lo dota de un argumento que ajustar a los términos de referencia institucionales tanto en el plano nacional como en el internacional. Y si bien el plebiscito no podía tener carácter vinculante, declarar su resultado como el que se hubiera obtenido de haberse hecho el referéndum revocatorio, cede a la tentación del contrafáctico, que en política no existe, aunque sí ilustra, con un sentido crítico del tiempo, el cálculo de costo/beneficio que tienen los aciertos y los errores cuando se toman decisiones que involucran a la gente.

La cayapa profundiza las contradicciones en uno y otro bando: a los gendarmes los confronta con la posibilidad de un orden caótico, a los prejuiciosos ilustrados –burócratas o tecnócratas- les recuerda que están sentados en la punta de un volcán; a la dirigencia política les confirma que hay brechas generacionales y paradigmáticas y que el extraordinario poder de las rebeliones es que aceleran los procesos de aprendizaje, basta con tener un poquito de ignorancia que les permita pensar fuera de la caja y un poquito, también, de valor que les permita la kenosis, el llenarse vaciándose que vuelve trascendente la voluntad.

@cardelf

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