Redactar una Constitución es un “ejercicio retórico” que disimula la incidencia del autócrata de turno y sus comparsas en el utópico ordenamiento jurídico de la nación. Venezuela es un país que mueve en la mentira, en un vivir postizo. Lo dijo Cabrujas, maestro del teatro y la imaginación

Humberto Jaimes Q

“…redactar una Constitución fue siempre en Venezuela un ejercicio retórico, destinado a disimular las criadillas del gobernante. En lugar de escribir ‘me da la gana’, que era lo real, el legislador por orden del déspota, escribió siempre ‘en nombre del bien común’ y demás afrancesamientos por el estilo”.

Así lo advirtió José Ignacio Cabrujas (1987), hombre de teatro y de la televisión poseedor de una gran capacidad crítica para analizar la sociedad venezolana, sus personajes, sus virtudes y sus miserias.

Ciertamente esa es parte de nuestra realidad histórica. Desde el siglo 19 las constituciones muchas veces fueron redactadas desde la perspectiva del autócrata de turno y los allegados al poder, todos ellos inspirados en una razón filosófica muy simple: “¡porque nos da la gana!”.

Sin embargo, también es cierto que estos instrumentos legales siempre fueron tan utópicos y tan inútiles al momento de ser aplicados en la escurridiza realidad venezolana, que para el común denominador de las personas era “lo mismo” disponer o no de este instrumento legal, pues servía de poco. No en vano, Cabrujas concluyó que “durante siglos nos hemos acostumbrado a percibir que las leyes no tienen nada que ver con la vida”.

En la actual Constitución (1999), por ejemplo,  el Estado promete de todo. Promete que garantizará la salud pública gratuita, que los hospitales estarán bien dotados, que se preocupará por la salud de todos los venezolanos. Y ya sabemos que ninguno de esos centros hospitalarios ofrece condiciones deseables más allá de un quirófano medio desbaratado y unos baños que exhalan un incómodo hedor a urea. Allí quedaron las grandilocuentes promesas del Estado.

Fingiendo y disimulando

Los autócratas suelen argumentar que existe un “ordenamiento jurídico” que regula la vida venezolana, cuando en realidad sabemos que  cualquier funcionario y hombre de leyes con cierta formación y experiencia en lobby de Palacio, siempre encontrará por donde evadir la pretendida Carta Magna.

En el fondo no hay que engañarse, vivimos en un mundo de fingir y  disimular. Gran parte de la sociedad, con Carta Magna  y presidentes incluidos, no es otra cosa que un continuo disimulo. Así lo pensó Cabrujas, quien lo ejemplificó con su gran elocuencia:

“Vamos a fingir que el Presidente de la República es un ciudadano esclarecido. Vamos a fingir que la Corte Suprema de Justicia es un santuario de la legalidad. Pero en el fondo, no nos engañemos. En el fondo, todos sabemos cómo se ‘bate el cobre’, cuál es la verdad, de qué pie cojea el Contralor, o el Ministro de Energía, o el Secretario del Ministro de Educación. La ‘verdad’ no está escrita en ninguna parte. La verdad es mi compadre, la verdad es el resorte mediante el cual puedo burlar la apariencia legal, eso que en la jerga administrativa se denomina la ‘veredita’. Lo expresa muy bien el venezolano cuando decimos: ‘No, chico, no hables con el Secretario. Habla directamente con el Presidente, porque el Secretario es un pendejo. Vete a la cabeza’.

 Cabrujas, incluso, añadió más leña al fogón al sostener que la sociedad venezolana es un grupo humano que se apoya en un “vivir postizo”,  porque  vive de la mentira:

“Creo que la sociedad venezolana, y me refiero a la sociedad en el sentido de grupo humano que establece ciertos compromisos, ciertos objetivos comunes, está basada en una mentira general, en un vivir postizo. Lo que me gusta no es legal. Lo que me gusta no es moral. Lo que me gusta no es conveniente. Lo que me gusta es un error. Entonces, obligatoriamente tengo que mentir. No voy a renunciar a mis apetencias, a mi ‘verdad’. Voy a disimularla”.

 Esto en parte explica  las trágicas escenas de nuestros días y lo que posiblemente seguiremos viendo por más tiempo, porque en el fondo estamos ante un problema cultural que va más allá de quien ostenta el poder, llámese Nicolás Primero o Henrique Segundo, Cilia de Las Flores o María Corina de Austria.

A los venezolanos les cuesta seguir la ley, ese intento de “ordenamiento jurídico”. Es un problema que viene desde los tiempos coloniales, cuando los funcionarios de la estructura de gobierno enarbolaron una consigna histórica para evadir los compromisos con el Todopoderoso y su complejo sistema administrativo: “Se acata pero no se cumple”,  expresión que encubrió y encubre lo que en castellano vernáculo equivale a decir sencillamente “porque no nos da la gana”.

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 Fuentes:

José Ignacio Cabrujas, “El Estado del disimulo”, en El Nacional. Caracas, 03 de enero de 1988. Fragmento de la entrevista realizada a José Ignacio Cabrujas en 1987, por el equipo de la  revista Estado y Reforma. Luis García Mora, Víctor Suárez, Trino Márquez y Ramón Hernández. COPRE, Caracas, año 1, vol. I, N 2. Enero de 1987.

Originally posted 2017-06-05 04:05:49.

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