El equilibrio

El equilibrio

A Daniel Pradilla
El ser humano tiene en la palabra “libertad” un concepto sagrado. Pero es más porque su búsqueda es un anhelo que tiene de ardoroso lo que tiene de utópico, que porque la posea y la ejerza a plenitud. Acatar los mandatos de la sociedad y de las religiones, vivir en un mundo en el que, en mayor o menor medida, los grupos de poder se reservan el derecho de decidir el destino de sus congéneres, las fronteras geográficas, las barreras idiomáticas… podríamos pasar la vida detectando todo aquello que nos tiene limitados, y concluiríamos que, aunque hay situaciones escandalosamente inhumanas, la vida en general no es demasiado libre.

Luego está el asunto de la justicia. Desde que nace el ser humano pelea contra injusticias. Y ya el verbo “pelear” supone una actividad condenada al fracaso. Lidiar sería más razonable. “Todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son”, señaló con pasmosa sabiduría Abraham Lincoln. Y tiene tanta razón que quien no lo entiende y no busca entre las hendiduras la oportunidad a favor, se añade un sufrimiento gratuito: el de no saber diferenciar entre los anhelos ideales y la mecánica de la puesta en escena de la vida, cuyas reglas nos empujan a cuidar nuestros intereses por sobre cualquier consideración acerca de las relaciones humanas.

El hombre es un animal tan complejo que en su naturaleza están presentes todos los elementos necesarios para que la vida del prójimo sea menos grata, más infeliz, más dura. Es un asunto de escalas. Del tamaño de esa capacidad dependerá el nivel del daño que pueda hacer, pero todos jugamos un rol. Y todos lo hacemos lo mejor que podemos. Es como esas empresas de servicios a las que vamos indignados a poner una queja, y descubrimos que la responsabilidad se diluye en una maraña de nombres, rostros y cargos que impiden determinarla. “Yo sé que no es su culpa”, terminamos diciéndole al que da la cara, que suele ser el eslabón con menos capacidad de resolver.

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Así, pero a escala gigantesca, funciona el asunto. Todo el mundo jura que está haciendo lo que debe. O, al menos, lo que le toca. Y de hacerlo bien depende su sobrevivencia. Creer que se puede dividir el asunto entre buenos y malos sirve, en todo caso, para calmar nuestra necesidad de poner orden en un juego que vino sin manual de instrucciones, y en el cual siempre nos apuran para que movamos nuestra pieza. Pero los matices siempre destruirán cualquier simplificación. El político que lucha por mis intereses está luchando por los suyos. El ladrón que espera en una esquina no odia a su víctima. El asunto es menos personal de lo que uno quisiera. Siempre.

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En un pasaje del soneto, a manera de prólogo, que hiciera Jorge Luis Borges a la versión en español del I Ching, se lee: “No te rindas. La ergástula es oscura, / la firme trama es de incesante hierro, / pero en algún recodo de tu encierro / puede haber un luz, una hendidura. // El camino es fatal como la flecha / pero en las grietas está Dios, que acecha”. A propósito de eso, Osvaldo Ferrari, quien le hiciera a Borges una larga entrevista recogida en “Borges en diálogo”, le hace notar que en ningún otro poema había empleado la palabra Dios de una manera tan concreta. A ello Borges respondió que sí, que era cierto, pero que había que cerrar el soneto de un modo eficaz, y “la palabra Dios es de indudable eficacia.

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Y si bien es cierto que esa respuesta es muy característica de ese juego de Borges de superponerle capas a las razones, para hacer de esta dimensión en la que nos movemos otra dimensión de la ficción, también lo es que las personas pretendemos explicar al mundo a partir de ideas, que están hechas de palabras. Libertad, justicia, bondad, igualdad… Son nociones inventadas por el hombre que se encarga, él mismo, de derribar a cada instante.

“Dios” es una noción universal, pero llena de particularidades.

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Al margen de las utopías y promesas de inalcanzables sociedades perfectas y de fundamentalismos y segregacionismos de todo tipo, siempre nos quedará el consuelo de entender que tenemos una vida personal e intransferible. Que mientras recordemos eso, tendremos una manera de atenuar el horror. Que el primer deber que tenemos para con la vida es hacerla lo menos mala posible. Que celebrar la belleza que ofrece es un acto de resistencia. Que hacer el menor daño posible, y hacer todo el bien que esté al alcance (tarea ambiciosa que exige un enorme esfuerzo), es una decisión personal que no se riñe con el hecho de entender que en esta cosa amorfa, de reglas invisibles, que es la vida, debemos llevar con hidalguía nuestro destino personal y, con lo que tenemos a mano, hacerle frente al momento que nos tocó. Que la solidaridad, la compasión y la comprensión del dolor ajeno son tan importantes como no desdeñar la pequeña y esquiva fortuna. Celebrar los pequeños logros, la belleza cotidiana, las modestas bendiciones personales, reproducir las formas de la belleza y el asombro, son operaciones que conforman, también, un deber para con la vida.

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No es poca cosa ni se trata de un hecho frívolo. Ese pequeño pero arduo gesto mantiene el equilibrio y hace llevadero el horror producido por el mismo hombre cuando incluso le da por querer dirigir la vida de los otros para, según su retorcida visión, querer implantar un mundo mejor en la tierra.

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Héctor Torres

Narrador y promotor literario. Autor de los libros de cuentos El amor en tres platos (2007) y El regalo de Pandora (2011), de la novela La huella del bisonte (2008) -finalista de la Bienal Adriano González León 2006-, del libro de crónicas Caracas muerde (PuntoCero, 2012) y de Objetos no declarados (PuntoCero 2014). Fundador y ex-editor del portal www.ficcionbreve.org.
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Roda Saab Ganam. Empresario parte del entramado de Samantha Gray.
Highfrancys Herrera. Empresaria parte del entramado de Smanatha Gray y Candidata a la Asamblea Nacional por el PSUV.
Mary Luz Gianetti. Empresaria parte del entramado de Samanta Gray.
Samantha GRay en la portada de la revista Caracas dónde confirmaba su relación con Graterón.

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