Venezuela: la eterna nación fingida

Venezuela: la eterna nación fingida

Las imágenes y representaciones de Venezuela construidas en infinidad de discursos  públicos  y oficiales siempre apuntaron a construir un país potencia, de vanguardia, que pretendía codearse con las últimas modalidades del primer mundo. Pero las miserias del subdesarrollo nacional han vuelto a emerger súbitamente y con más fuerza desde las profundidades

 

Humberto Jaimes Quero/@humbertojaimesq

Son varias las imágenes y representaciones de Venezuela construidas desde la literatura, la crónica, la prensa y  los discursos políticos. Todo ello, por supuesto, desde percepciones y visiones disímiles que a veces pueden aterrizar en insospechadas coincidencias u ocultar propósitos sorprendentes.  

Desde hace varias centurias, por ejemplo, hemos escuchado hablar de  Venezuela como “Tierra de Gracia”. La imagen la debemos nada menos que al legendario  Cristóbal Colón, quien con este juego de palabras pretendió establecer  la ubicación del bíblico “Paraíso Terrenal” en el oriente de Venezuela, en la radiante península de Paria,  ejercicio que dejó a la posteridad una definición de enormes implicaciones que fueron más allá de la exuberante naturaleza o el texto religioso.  

Otra célebre imagen ha sido la “Gran Venezuela”,  ese  país de proyectos faraónicos, cuantiosos ingresos petroleros y  una enorme disposición al gasto alegre en los años 70 del siglo pasado. Es una de las tantas construcciones que en su tiempo despertaron cierto optimismo en las plazas públicas y en los pasillos del Palacio de Gobierno, pese a que las mentes más lúcidas alertaron sobre el obvio contraste entre el ejercicio imaginativo, sus resultados concretos, y la incómoda vida de millones de mortales.

Esta es parte de la historia de América Latina, un  continente preñado de una gran imaginación al momento de elucubrar definiciones  y plantearse utopías. Es el caso también de Brasil, que desde principios del siglo XX  aspiró a codearse entre las potencias mundiales. Es cierto que el “Gigante del Sur” hoy día se mueve entre las primeras economías del orbe, que desplazó a Inglaterra en estas lides, pero la pobreza de sus tugurios ha retomado la senda del crecimiento impulsada por la reciente recesión económica.  El “Gigante con pies de barros”, pues, parece que ha vuelto a tambalearse entre las inmensas favelas y la incertidumbre generada por escándalos políticos de nuevo cuño.

Fingida y real

A propósito de estos imaginarios, nos viene al recuerdo  una vieja tesis de Arturo Uslar Pietri (1949) respecto a la existencia de dos naciones en Venezuela: una “nación fingida”, amenizada por la presencia del petróleo y las pretensiones de alcanzar la vida moderna de Nueva York en el siglo XX, y una “nación real”, agropecuaria, que según el escritor vivía como la Borburata del siglo XVI. (1)

Este planteamiento de Uslar propone, claro y raspado, la existencia de un país dividido entre una porción que logró modernizarse con los cuantiosos recursos del oro negro mientras el grueso de la sociedad permaneció al margen de estas bondades y continuó olvidado, en sus reductos suburbanos, rurales y agrícolas.

Pero ahí no termina este asunto. En recientes lustros se nos ha hablado de Venezuela como una “potencia energética” en ciernes, como una nación con “enorme potencial”, tesis entusiasta que encontramos en los manuales  y programas escolares de geografía dirigidos a adolescentes, en las discusiones de cafetín, en los discursos de líderes políticos y hasta en los pretenciosos planes de la nación.

Esta tesis de “grandeza” sigue apoyándose en un argumento harto conocido: el país dispone de “valiosos recursos naturales” que dan para alcanzar grandes cosas. Hablamos  de petróleo, oro, diamantes, hierro y enormes ríos cuyas caudalosas aguas se supone que dan para mantener el alumbrado de América del Sur.

A propósito de estas elucubraciones, recuerdo un texto del doctor Pedro Cunill Grau (1984) en el que sostenía que Venezuela era “un espacio geográfico con inmensas posibilidades” gracias a sus fantásticos recursos naturales.  Sin embargo, Grau advirtió que estas ventajas no durarían para siempre, que había que aprovecharlas en el momento porque las circunstancias mundiales podrían cambiar. (2)

Pensemos, por ejemplo, en el horizonte finito del petróleo frente a las energías alternas. A estas alturas de la civilización apostar casi exclusivamente al oro negro y otros recursos naturales tradicionales parece una torpeza por no decir una gran estupidez. El mundo anda en otras modalidades, en nanotecnología, inteligencia artificial, energías alternas. La extracción de diamantes y oro negro ya parece cosa del pasado.  

Lo paradójico es que esta tesis del país “potencia” con grandes posibilidades, tesis que sigue reverberando  en espacios televisivos, eventos políticos, tascas y recintos universitarios, pudiera encubrir  una  idea subyacente de igual o mayor peso: lo importante es mantener el enunciado, la promesa, y no tanto la materialización del sueño anunciado.

Nos recuerda, además, otras variantes del discurso político irresponsable que  toma trozos de la historia nacional como fórmula para saldar las heridas del presente. El historiador Tomás Straka lo comenta: “La vida venezolana está llena de pobreza, de violencia, de inconsecuencia, de debilidades, pero ganamos, por ejemplo, la Batalla de Junin y ahí tenemos un consuelo”. (3)

Los planes de la nación, los programas de los partidos políticos de distinto signo ideológico, los discursos de los medios de comunicación y los manuales escolares siempre nos hablaron y nos siguen hablando de Venezuela como una “potencia energética”, de un país con grandes posibilidades a futuro, aunque sin detenerse en signos evidentes de lo contrario: un país con menos electricidad, menos producción de petróleo, menos calidad de vida. Parece que la realidad terrenal importa poco, que lo relevante ha sido y será el predominio del discurso como tal, la representación verbal de una utopía que no termina de cuajar. Lo trascendente no es que Venezuela realmente sea una potencia, sino que pueda serlo.

Admirables palabras

En los últimos tiempos también se nos insistió en una “Patria Grande” latinoamericana donde Venezuela lleva la delantera. Se trata de una terminología derivada del pensamiento de José Martí  y amarrada a una  idea de integración que se supone dibujó Simón Simón Bolívar. El experimento lingüístico tiene como finalidad evidente resistir las embestidas del malvado imperialismo y unir naciones  que presentan una historia común, una lengua común y unos intereses similares.

En 2013, apareció una  “Patria admirable” en el ámbito local, que tuvo como referente la exitosa campaña militar emprendida por el Libertador en 1813. Lo paradójico es que doscientos años después de aquella jornada de armas, en el país escaseaban la seguridad personal, el bienestar, la calidad de vida y el poder adquisitivo. Pero éramos una “Patria admirable”.  

La manía no termina allí, pica y se extiende. Ahora se anuncia la irrupción de Venezuela como “país indestructible”, cuando toda la población anda recogiendo los vidrios del mediano edificio destruido con  discursos,  hachazos y golpes caprichosos.   

En el discurso de la comunidad internacional apareció en días pasados la incómoda comparación de Venezuela con Somalia debido a la de crisis alimentaria que padece esta “Tierra de Gracia”, esta nación de “libertadores”. Perspectiva que seguramente perturba a los soñadores y a los propagandistas del orgullo patrio. Tener al país africano como sinónimo y referente dice mucho de cómo se construye y destruye la imagen de un país, la “marca-país”,  nos pone al tanto de cómo se desinflan los sueños más delirantes.

Es inevitable que sobre el país existan variados imaginarios y distintas formas de representarlo tanto en el plano utópico como en el que pretende alcanzar la dimensión material. Quizás Uslar Pietri acertó al establecer el contraste entre la “nación  fingida” y la “nación real”, ese eterno dilema entre las aspiraciones casi meramente utópicas y el mundo terrenal.  

Las imágenes y representaciones de Venezuela construidas en infinidad de discursos  públicos  y oficiales siempre apuntaron a construir un país potencia, de vanguardia, que pretendía codearse con las últimas modalidades del primer mundo. Pero las miserias y la barbarie del subdesarrollo han vuelto a emerger súbitamente desde las profundidades para borrar la nación fingida.

Fuentes

(1) Arturo Uslar Pietri, “De una a otra Venezuela” (1949), pp. 285-306.  Reproducido en: Rafael Arráiz Lucca/ Edgardo Mondolfi Gudat (Selección y Notas) (2001): Textos Fundamentales de Venezuela, Fundación para la Cultura Urbana, Caracas.

(2) Pedro Cunill Grau, “Un espacio geográfico de inmensas posibilidades”, pp. 198-227. En: Moisés Naím/Ramón Piñango. El caso Venezuela, una ilusión de armonía. Ediciones IESA, Caracas, 1999.  Sexta Edición.

(3)  Opinión de Tomás Straka en: Maye Primera, La República Alucinada. Editorial Alfadil, Caracas,  2010, p. 43.

Humberto Jaimes

@humbertojaimesq Comunicador Social (UCV)/Magíster Historias de la Américas (UCAB) Profesor de posgrado Comunicación para el Desarrollo (UCAB)
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