Rebelión (en varios tableros)

Rebelión (en varios tableros)
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Una idea quedó pendiente de otro texto: “¿Por qué el régimen sacrifica la ventaja estratégica de tener un contrato social progresista expresado en la Constitución de 1999 y propone un ‘barajo completo’ resultante de la aprobación de una nueva constitución? ¿Por qué el gobierno en lugar de bajar los costos de negociación los eleva al punto de volver irrisorios los costos de represión, solo cambiando de contexto el problema? Si están actuando por la adecuación de los medios a los fines, cabe esperar que lo hagan por un fin mayor. ¿Y cuál puede ser? Este escribidor es de la opinión de que este fin lo encontraremos en el nivel supranacional, como actor en el juego geopolítico global: así lo están entendiendo en la comunidad internacional, aquí todavía no, y si lo entienden y no lo dicen, hacen parte del problema”.

Afuera, la opinión pública de otras naciones contemplan la rebelión venezolana con el temor de un escenario similar al de Siria: una rebelión dominada a sangre y fuego que dé paso luego a una guerra civil de alta intensidad. Más allá de la bondad, como estrategia, o la maldad replicada del escrache, habrá quien piense de los pacíficos venezolanos de la diáspora, reclamando a los enchufados o a sus parientes: “menos mal que no son terroristas fundamentalistas, porque están regados por todo el mundo” y tamaña visibilidad ya genera un marco global para el conflicto.

La protesta global vincula corrupciones y privilegios con la máquina de muerte y la indignación, y desde ese marco se mira el proyecto bolivariano como parte de una alianza de subalternidades que amenaza a Occidente y a la globalización liberal y ante la cual, las tecnocracias nacionalistas no surgen como alternativas, porque se han copiado los modos hegemónicos con los cuales se intenta sustituir el poder por la dominación. Un proyecto pretendidamente subalterno que alía insurgencia y narcotráfico con terrorismo islámico, para construir un actor geopolítico de gran alcance que modifique las reglas de juego; en ese marco, la dictadura venezolana hace continuación del conflicto colombiano y de los conflictos brasileños –el político, el social, el económico y el judicial- que avanzan hacia un encuentro, en momentos en que la guerra fría parece reeditarse, ya no en modo competitivo sino colaborativo, en un tablero sistémico donde los intereses de las potencias se organizan en bloques regionales que se integran paulatinamente, tanto en lo político como en lo económico, y que quizás están más dispuestos a metabolizar el capitalismo de estado chino que la logística del narcotráfico internacional.

Con tanto en juego, resulta lógico que el gobierno decida avanzar en simultáneo en el tablero nacional, cambie el contexto del problema y suba la apuesta: no elecciones generales sino una constituyente corporativista para convertir en ¿pacto social? el Plan de la Patria; un esquema bélico para la represión de la protesta ciudadana que además es criminalizada; la realización, acaso sistemática, de asesinatos seleccionados según perfiles específicos para infundir miedo y desmovilizar la rebelión. Y en el ínterin escalar el juego, subirlo de instancia, bloquear la presión externa ofreciendo, acaso, una alternativa para la falta de garantías de una retirada, que resulte de interés para alguna de las grandes potencias, quizás a costa de la integridad territorial de la nación.

Claro que el problema se soluciona con elecciones generales, como ha dicho el Cardenal Parolin, Secretario de Estado de la Santa Sede: el problema es que hacerlas representa para el régimen un problema existencial. El pueblo venezolano está dando la pelea en todas las calles, para que esas elecciones permitan abrir la puerta a un futuro distinto al que el presente del régimen ofrece, y para que esta rebelión triunfe son necesarias otras, en varios tableros, ahora mismo.

Carlos Delgado Flores

Periodista. Profesor universitario padre de familia.
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