Caracas, Caracas como me gusta esta ciudad

Caracas, Caracas como me gusta esta ciudad
Caracas vista desde el Àvila por Gloria Rodríguez. Licenciada CC =

No hay una sola Caracas.

Caracas se expande y se achica.

Está la Caracas del cuadrilátero histórico, originaria y original que mencionaba Arístides Rojas en sus célebres crónicas.

Está la Caracas de Petare a La Pastora coronada por el cerro Ávila en la canción de Ilán Chéster. Pero también mucho antes en los cuadros de su pintor Manuel Cabré.

Está la furiosa Caracas, que es una ladilla de ciudad de la que hay que escapar como cantaba con descarga Cayayo Troconis, con unos riffs de guitarra que hay que escuchar en la Cota mil conduciendo de manera irresponsable.

También es Caracas la de los Peces del Guaire de Desorden Público y cómo no, también somos, nos guste o no, Un Valle de balas.

La Caracas de los techos rojos, la del cochero Isidoro ya no existe más, pero está aun en la memoria de algunos viejos y en la referencia lejana de una ciudad primaveral, que pocos ya conocieron.

Pocos recuerdan quizás que antes del hipódromo de la Rinconada existió el de El Paraíso.

O que en la barbería de la esquina de La Palmita empezó su entrenamiento en los golpes del boxeo Simón Chávez.

Que Caricuao, Antímano y El Junquito llevaban hasta hace no mucho el mote de parroquias foráneas.

Está la Caracas que llega hasta Chacaíto y la que ya está alcanzando a Guarenas y Guatire.

Y la del Limonero del señor de Andrés Eloy Blanco, José Gregorio Hernández  y La Corte Malandra.

La calle Real de Sabana Grande convertida en boulevar, en sitio de encuentros para los intelectuales de la República del Este, en mercado intransitable de buhoneros, en zona de ambiente, trasnocho y after party. O en el mejor lugar para echar un pie con buena salsa en El Asunción o en El Maní, que sigue siendo Así, a pesar de todo.

 

Caracas son los barrios y las urbanizaciones.

Está la Caracas de Viillanueva,  la de Chataing y la de Sanabria. Y sí, la de Farruco Sesto y la de Haiman El Troudi.

Pero también la de Jesús que llegó  un día cargado de sueños y empezó a construir su casa con sus propias manos.

Está la Caracas de los poetas siempre en tránsito,  la que muerde  y la que es un Zoológico de personas.

Está la Caracas de El Torero en Catia, Norte Seis en la Baralt y El Basurero en la Zona Rental.

Está la Caracas de los perrocalientes,  de los shawarmas, y de los carritos de arepa, empanada y pastelitos.

Y está la Caracas de la restauración  de la cocina venezolana, la de restaurantes internacionales extraordinarios y la de los chef que cocinan en su casa cobrando en dólares el cubierto.

Y están los caraqueños.

Lo que solo conocen la ciudad entre una estación del metro y otra.

O los que se conducen sólo por las autopistas  y se pierden en sus calles si les toca pisarlas.

Están los que patean la ciudad de un lado a otro.

Y también los que con su terquedad se conducen en bicicleta en una ciudad que fue re hecha para favorecer a los carros.

Están los caraqueños que te hablan en el carrito cuando se sientan a tu lado. Y los que miran para todos lados desconfiados.

Están los caraqueños que siempre están ladillados, los que sueñan con una ciudad diferente y los que resuelven en la que tienen.

A sus 448 años Caracas sigue siendo Caracas…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rodolfo A. Rico

Editor en jefe de El Cambur.A mi lo que me gusta es echar el cuento. Yo escribo.Como periodista, creativo, en negro, publicista y lo que haga falta. Soy autor del libro: "Cómo acabar con los libros de autoayuda".
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