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[pullquote]Si algo garantiza la vida con toda certeza es su infinita capacidad de sorprendernos. Por eso, una de las reglas de oro para asomarnos a ella debería ser no dar nada por descontado, no intentar entendernos con el mundo a partir de nuestros prejuicios e ideas preconcebidas. Pero es precisamente lo que hacemos: reducimos el mundo circundante a nuestras visiones masticadas y anquilosadas. Es lo que le ocurre al personaje de este relato de Gala Gabriela, una publicista venezolana residenciada en Santiago de Chile, que un impensado día, la vida se encargó, en cuestión de minutos, de contrariarle muchas de las ideas que atesoró durante años acerca de los otros. Hèctor Torres[/pullquote]

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[C]uando se es hipocondriaco, cualquier excusa que te dé el cuerpo es buena razón para visitar el médico. Al pasar los años la enfermedad se convierte en un ventrílocuo capaz de hablar por ti y de movilizar tu cuerpo en función de la ingesta de drogas para curar el supuesto mal, además de llamar la atención de quienes te rodean.

Doña Manuela tenía 77 años y era hipocondriaca. Sin embargo, se esmeraba en lucir siempre bien encopetada y de punta en blanco. Cuando se presentaba decía su nombre seguido del menú de malestares.

Su esposo, Patricio, era un hombre muy huraño, fastidiado ya de la situación de su mujer. Por eso no la acompañó ese martes a visitar el médico. Estaba harto de hacer ese viaje innecesario a la clínica Santiago de León. Ella a pesar de no conseguir animarlo para que la llevase, decidió tomar un taxi hacia su destino.

En su recorrido por La Libertador, se sentía asqueada de ver mujeres y hombres vendiendo su cuerpo. Pensaba que la pérdida de valores era tan grande, que ya ni siquiera esperaban que fuera de noche para mostrar sus “vergüenzas” en la calle. La ciudad se había convertido, según ella, en un “Sodoma y Gomorra” de la actualidad. Lo único que la motivaba a salir, a pesar del miedo, era esa necesidad de ver al doctor.

Como casi siempre, la consulta duró 5 minutos, pues todo el mal estaba alojado en su mente y no en su cuerpo. Por lo que salió a la avenida tan pronto como llegó. Sacó la mano al primer taxi que pasó, sin percatarse si pertenecía a una línea confiable.

No tenía idea de lo que le esperaba.

El taxista era un ladrón dedicado al secuestro express. Era un principiante en estas artes, por eso no hacia una investigación previa de sus víctimas sino que se dejaba llevar por la apariencia. Esta Doña con ese copete, esas perlas en el cuello, saliendo de esa clínica de ricos, tenía que tener billete. A la esquina siguiente se subió su compañero de fechorías, quien también carecía de experiencia en estos temas.

Doña Manuela estaba petrificada y hacia todo lo que los malhechores le pedían. Entregó todas sus pertenencias sin decir una palabra, además del número de teléfono de su marido, a quien llamaron de inmediato para pedir el rescate.

Mil llamadas hicieron pidiéndole al viejito que le entregara cien millones de bolívares a cambio de la vida de su mujer. Este escuchó al detalle en la primera llamada, pero sentía que era una burla, por lo que no dio crédito a los ladrones y trancó las veces siguientes. Los malandros dieron tiempo con la viejita en el carro, sin saber qué hacer. Hasta que anocheció y, sin piedad, la dejaron en la Libertador, sin un medio con qué tomar otro taxi o teléfono para pedir que la buscaran.

Doña Manuela estaba desecha y asustada. Se sentía nuevamente a merced de cualquier malandro o prostituta de la avenida Libertador. No sabía a quién pedir ayuda y se quedó rato largo llorando en la esquina donde la dejaron. Obviamente no paró de escuchar barbaridades de todos los carros que pasaban “Abuela, usted ya no está pa´ hacer de puta. Vaya a cuidar nietos”.

Un policía, que iba en moto, se detuvo a ayudar a la señora. Le dijo que se montara con él para llevarla a un “lugar más seguro”, pero Manuela le tenía mucho miedo a esos artefactos de dos ruedas y le dijo que no podía subirse, por lo que el policía, sin más, la dejó en el mismo lugar sin ofrecer otra solución.

Al rato, un hombre vestido de mujer se dio cuenta de la anormalidad. Esa señora no pertenecía a ese lugar y pasaba por un mal rato, pensó. Se le acerco:

  • Doña, ¿qué hace usted aquí? ¿qué le pasó? —preguntó el hombre con tono de fémina, pecho talla 40 y una malla completa que dejaba ver sus protuberancias inferiores.

Manuela, se sintió angustiada en principio, no sabía si responderle o no, pero en vista de lo indefensa que estaba, decidió contarle la historia. De inmediato Loló —el caballero que se dedicaba a la prostitución— se reunió con sus colegas para hacer una colecta y ayudar para el taxi de la señora. Le entregaron el dinero y, además, pararon un taxi que se veía confiable, para enviar con bien a la viejita.

El taxista le dijo que se paró porque se dio cuenta de que estaba en apuros. Una señora con ese copete no debía estar hablando con esos bichos de La Libertador.

Originally posted 2015-06-08 10:50:28.

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