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Mientras en ciudades como Caracas no parece haber descanso del ruido y de la tensión que ponen a prueba la salud mental de sus habitantes, existen miles de kilómetros cuadrados que, en ese preciso momento, parecen detenidos en el tiempo. Este valle en el que se apilan millones de seres buscando el sustento cabría cientos de veces en ese mar de árboles milenarios en donde la vida sigue su ciclo inalterable desde tiempos inmemoriales. Pero su quietud no significa ausencia de vida. La misma se expresa, a su ritmo y con su lenguaje, en todo momento. Kumarakapay es el punto de partida de la travesía de Johanna Rojas, ingeniero mecánico, hasta la cima del Roraima. En este texto nos invita a acompañarla. Héctor Torres.

 

«Ku-ma-ra-ka-pay» Todos los músculos de mi boca se relajaban al pronunciar esta palabra. Me tomó 22 horas en bus llegar a ese pequeño poblado indígena de la Gran Sabana. Como mucho de los pueblitos de la zona, Kumarakapay tiene la fortuna de poder contemplar lugares tan antiguos como la tierra misma, tan majestuosos que de solo mirarlos formas parte de su misterio.

Los lugareños nos observaban curiosos, parecían niños. Sonreí. Me fui a buscar al guía, un muchacho del pueblo llamado Josué. Le pregunté si nos podía llevar al Roraima. Aceptó.

¿Mañana nos vemos a las 7?

Seguro —le dije.

Roraima 2Los pemones, indígenas de la zona, hablan un dialecto llamado Taurepán. Escucharlos hablar es como un susurro, un canto de tambor que proviene de la tierra, del viento, de la atemporalidad. Josué trataba de enseñarme con insistencia a decir waköperö, airö, wakupeme day, yesek mörö, pero yo no lograba pronunciar correctamente.

Cuando iniciamos la caminata, el día estaba un poco nublado. Cada paso traía incorporado separación y ruptura. La inmensidad permitía sentir lo indescifrable de la soledad, lo minúsculo de nuestros cuerpos. Josué y yo empezamos a charlar, teníamos larga Sabana por delante. Lo detallé, era un muchacho más bajo que yo, mi misma tez, mirada entre buen chico y montaraz, de contextura fuerte por naturaleza, algunas manchas de sol curtían su rostro.

¿Cómo está tu familia? —pregunté.

Bien, mi hermana va a traer un grupo de rusos en estos días, anda para Caracas. Me dijo que ustedes venían pero no sabía para cuándo. Mi papá y mi mamá están bien.

La última vez que vine a Roraima fue con tu hermano Rapero Pemón —dije, pero nos fue mal con él, me imagino que tu hermana te dijo.

Sí, mi hermano es mala conducta, ahorita anda en Guyana trabajando; tiene un hijo.

¿Tú también cantas como él?

Empezó a reír entre tímido y serio.

Nos topamos con un muchacho que llevaba a cuestas un wayare, una cesta tejida elaborada con fibra de moriche, era una carga altísima. Nos detuvimos. Intercambiaron palabras en taurepán. Noté que ninguno de los dos llevaba botas de montaña como yo. Josué usaba unas sandalias negras plásticas, de esas que tienen una suela lisa, sendos audífonos supraaurales, un cinturón muy grande con un cuchillo. «Para cazar tigres» me dijo.

…Pausa… La pesada cuesta requería mayor esfuerzo y más oxígeno. El guía continuó conversando. Nosotros somos 5 hermanos: mi hermana mayor, luego Jeremías, Merú, vengo yo y mi hermanita. Todos vienen y trabajan aquí en Roraima…

¿Y tu papá ya no sube?

No, él ya está muy viejo. Mi papá habla inglés, es de Guyana, «un criollo» y se casó con mi mamá, que es del pueblo. Él tiene sus favoritos, siempre tuvo su preferido, no me trata igual que a mi hermana menor. Con él no se puede hablar, uno creció así… él nunca buscó ayudarlo a uno, él tenía su favorito y a uno lo ponía pa’ otro lado.

Bajó la mirada entre rabioso, angustiado y despreciativo.

Mi papá también fue así —dije. Él nunca nos ayudó en nada ni a mí ni a mi hermano, ni a ninguno de sus otros hijos.

¿Qué hacen dos cerros tan antiguos al frente?

…Hijos que reclaman, padres que se olvidan, hijos que vivieron el rechazo, padres que son bocetos…

Cada espacio de la sabana gritaba una verdad. Entre suaves pendientes y descensos se nos iba la tarde. Una fila de bachacos en el suelo, como autopista en hora pico, llevaban su carga brava hacia el nido. Empecé a digerir sus palabras, también hacían eco en mí.

En la cumbre del tepuy nuestro grupo acampó en una cueva, las llamaban “hoteles”. Nos quedamos sentados conversando mientras desaparecía la tarde. Josué empezó a cantar las canciones de su autoría. Casi todas hablaban de un amor no correspondido, «tú me enamoraste baby, yo vi tu forma de ser, eres muy amable, ¿Amor dónde estás? sabes que te amo, ¿Amor dónde estás?, sabes que te quiero…»

Todo en él es tan simple. Por un momento quedamos en silencio viendo el cielo. Me dijo que a veces la cabeza se le quedaba en blanco cuando estaba en la cumbre. Que se subía a una piedra y ahí sucedía algo raro. “Los chamanes me hablan. a veces sueño con ellos, a veces están molestos, a veces me dicen lo que tengo que hacer y me dan permiso. Uno cree que nadie lo está viendo a uno, pero siempre están ahí y la montaña se pone brava, se nubla y no para de llover; eso depende mucho de la gente que suba al Tepuy y de lo que estén haciendo, de lo que estén hablando, la montaña se cierra y no deja que los turistas vean La Ventana, o que vean El Abismo. Una vez subí con un grupo y ningún día se despejó. No vieron nada. Me gustaría seguir subiendo, porque aquí me siento bien, aquí uno comparte, cocina, conoce gente, aprende.

Sus palabras me parecían nubes lejanas.

Me encontré con ese sentimiento ambiguo: la desmesura del ser humano, la depredación, la falta de calidez; en contraposición con la humildad, la sencillez, con la devoción que implicaba subir un cerro…

Que la voluntad de querer alcanzar una cumbre no provenía de la indumentaria más costosa, ni del bolso más grande. Que los caminos eran múltiples y los obstáculos de nuestras mentes, desmedidos. Que con suerte no se llegaba lejos, no, no era cuestión de azar… “que uno cree que nadie lo está mirando en la montaña” pero cuando observas bien, millones de ojos lo hacen a través de un cielo palpitante, de una roca, del agua fluyendo en nuestro cuerpo cuando tenemos sed, a través de la brisa que pasa y zarandea el alma.

¿Puedes sentir eso?

Originally posted 2015-11-09 20:43:00.

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