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[pullquote]En esta Venezuela que nos tocó vivir, dos medios de transporte acaparan el imaginario urbano como instrumentos, escenarios y hasta protagonistas de nuestra inabarcable industria de historias alucinantes, con un nivel que en no pocos casos raya en leyenda e, incluso, en pesadilla distópica: motos y taxis. Por eso no extraña que taxistas y motorizados redimensionen no sólo los límites de la realidad en nuestras calles, sino las distintas formas de expresión de adaptación y los valores con los que la gente común se enfrenta al día a día. Mauricio Velez, narrador y motorizado, ofrece en este texto una de las tantas estampas “cotidianas” que tropieza en su tránsito caraqueño Héctor Torres.[/pullquote]

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[S]é que no me van a creer lo que les voy a contar, pero les juro que ocurrió así. Compré, finalmente, un caucho que necesitaba para la moto a un precio que no pienso repetir, para evitar que mis lágrimas nublen mi visión mientras escribo. Con el caucho en mano y sin encontrar quien lo montase por menos de mil bolos, peregriné un buen rato por la ciudad hasta que al fin llegué a una taguara sin nombre, del lado de allá de la Casanova.

El sitio estaba repleto de motorizados que, aunque la mitad vistiese uniformes de “mototaxistas” con eslóganes bordados: “Los Serios de Chacaíto”, “Rápidos y Cariñosos” y “Honestos de la UD5”; tenían pinta de ganarse la vida con el sudor de sus glocks.

El cauchero era un muchacho amable, divertido y trabajador, de esos que nos hacen añorar a la Caracas pre-cataclismo. Solo tenía un defecto: pasaba más tiempo piropeando (justificadamente) a las transeúntes, que pegando parches, inflando cauchos y montándolos de nuevo. Así que la media hora que me prometió para que saliera zumbando con mi moto y su nuevo zapato se convirtió en una hora y cincuenta minutos.

De pronto aparecieron dos motorizados en una Arsen. Me llamó la atención que la mayoría de los tipos que estaban en la cauchera dejaron a un lado sus conversaciones y  se les acercaron.
—¿Qué pasó por fin, güevón? —preguntó un gordo de bigotes y lentes oscuros.
—No, vale. Le pusieron candado. ¿Puedes creer esa vaina? Siempre la paran bandera en el mismo sitio y hoy le pusieron un candado. ¡Qué mala leche! —respondió, con desilusión el parrillero que era un flaco con casco negro, lentes oscuros, una mochila terciada en el pecho y una franela con los ojos del difunto.
—La mala leche no existe —replicó un tipo alto con casco rosado—. Uno mismo es el que hace que las cosas pasen o no. ¿Sí me entiendes? Yo creo que debes darte otra pasadita, pero con mente positiva y ya tú vas a ver.
—Bueno, yasabes lo que tienes que hacer —acotó el gordo de bigotes.
—Dale, pues —respondió el parrillero y salieron embalados.

En el camino casi chocan con una camionetica por puesto y el parrillero apuntó al chofer con el dedo como si fuera a dispararle.
En vez de tener todas sus herramientas consigo, el cauchero entraba y salía de la taguara para buscar la llave indicada cada vez que se daba cuenta que había calculado mal las pulgadas. Mientras iba y venía, pasó una morena pícara, consciente de sus atributos e inevitablemente la seguimos con la mirada. Ella sonrió sin mirarnos, mientras empujaba un coche con un bebé y arreaba a una niña y a un varoncito que caminaba con pasitos cortos, embarrado de chocolate.
—¡Yo sí me echo esa vaina! —comentó el cauchero mientras ajustaba el freno trasero de mi moto.
—¡Estás loco! —lo interrumpió un “tuki” con las mechas pintadas de amarillo—. Con tanta mujer buena que anda por ahí, tú te vas a meter en un peo de tres carajitos.
—¡Ah, pues! ¿Qué tiene eso de malo? Además, antes uno salía de gratis con una jeva, pero eso ya se acabó. Ahora uno tiene que darle aunque sea una bombita si va a estar con ella.

—Mira, está bien que tenga un chamo, máximo dos, pero tres ya es un gentío y la vaina está “bulda e´ pelúa”.
—¿Cuál es el peo? Mi jeva actual tiene dos carajitos y la anterior tiene tres, que creo que al menos dos son míos. ¿Me vas a decir que ésta morenaza no vale la pena? Tiene pinta de que lo deja a uno como un cuero seco. ¿Le viste las piernas? Además, donde comen cinco, comen ocho. Yo le paso su bombita a mis dos jevas pa´ mantener a los carajitos y podría arrimarle algo a ella, si me lo pidiera. Esta vaina de los cauchos da si uno se sabe administrar y si no te bebes los reales. ¿Usted qué dice, jefe?
Justo cuando le iba a contestar, todos corrieron hacia la calle. Volteé para ver de qué se trataban las hurras y aplausos de los motorizados. Era el flaco de la camisa con los ojos del difunto que pasó frente a la cauchera a toda velocidad, tocando la corneta de un TX nuevo, como de paquete.

Antes de perderse de vista, hizo un caballito.

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Originally posted 2015-06-15 07:59:01.

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